Con licencia poética

Cuando nací un ángel esbelto,

de esos que tocan la trompeta, anunció:

vas a llevar la bandera.

Cargo muy pesado para una mujer,

esta especie aún avergonzada.

Acepto los subterfugios que puedo,

sin tener que mentir.

No soy tan fea que no me pueda casar,

encuentro a Rio de Janeiro una belleza y

ora sí, ora no, creo en el parto sin dolor.

Pero lo que siento escribo. Cumplo la señal.

Inauguro linajes, fundo reinos

—dolor no es amargura.

Mi tristeza no tiene pedigree,

ya mi voluntad de alegría,

su raíz va hasta mi abuelo mil.

Vas a ser cojo en la vida es maldición para el hombre.

La mujer es plegable. Yo soy.



Tregua

Hoy estoy vieja como quiero estar.

Sin ninguna estridencia.

Cambié todos los deseos por recuerdos

y una tacita de té.



Pelea en el callejón

Encontré a mi marido a las tres de la tarde

con una rubia oxigenada.

Tomaban guaraná y reían, los sinvergüenzas.

Los ataqué por detrás con manos y palabras

que nunca creí conocer.

Volaron tres dientes y grité, les pegué y grité,

grité mi rugido, un torrente de improperios.

La gente se juntó, el sol oscureció,

la polvareda se adensó como una cortina.

Él me cogía por los brazos, por las piernas, por la cintura,

sin detenerme, pez-piraña, mal bicho, hembra-ofendida,

aullaba.

Grité, grité, grité, hasta que el cráter se agotó.

Cuando no pude más quedé rígida,

mis manos en su garganta, los dos petrificados,

sin tocar el suelo. Cuando abrí los ojos,

las mujeres hacían fila, tocándome, pidiéndome favores.

Desde entonces hago milagros.

Casamiento

Hay mujeres que dicen:

Mi marido, si quiere pescar, que pesque,

pero que limpie los pescados.

Yo no. A cualquier hora de la noche me levanto,

le ayudo a descamar, abrir, filetear y salar.

Es tan bonito, los dos solos en la cocina,

de vez en cuando los codos se rozan,

él dice cosas como «este fue difícil»,


« plateó en el aire dando coletazos»

y hace el gesto con la mano.

El silencio de cuando nos vimos por vez primera

atraviesa la cocina como un río profundo.

Al final, los peces en la nevera,

nos vamos a dormir.

Cosas plateadas destellan:

somos novio y novia.


Ficha del autor
Adélia Prado nació el 13 de diciembre de 1935 en Divinópolis, Minas Gerais, Brasil. Es una de las voces fundamentales de la poesía brasileña del siglo xx. La crítica la relaciona con Guimarães Rosa y Carlos Drummond de Andrade. También podríamos ubicarla dentro de una tradición de la lírica brasileña cuyos cimientos descansan en Jorge de Lima y Murilo Mendes. Su voz, inconfundible y esencial, se nos presenta no como un parteaguas, sino como un faro que nos guía con su luz (JJV).