Como quien oye llover

Andrea Chapela

Dicen que la ciudad fue alguna vez la más grande del mundo, que sus edificios se extendían por el valle, se alzaban sobre las colinas y montañas, hasta cubrir la tierra con concreto de una cordillera a otra. Dicen que el cielo era gris durante el día y que por la noche no se podían ver las estrellas, pero la ciudad no necesitaba estrellas porque era una alfombra de luz que cortaba la oscuridad.

Dicen que la ciudad se construyó sobre un lago, del que solo quedó un murmullo cuando se evaporó toda el agua y se entubaron todos los ríos. Pero la tierra recordaba el agua y llamaba a su fantasma.

La tormenta llegó un verano. Llovió todos los días y todas las noches. Llovió por meses y meses, años y años y, cuando por fin se detuvo, donde estuvo la ciudad, había un lago; donde hubo luces, quedaba oscuridad y la gente se había ido.

Algunos creen que la lluvia vino a purificar la ciudad; algunos dicen que fue un castigo para sus habitantes; otros dicen que las razones no importan: el agua no puede detener al ser humano. La gente en las orillas construyó chinampas y botes para reconquistar el lago. Ahora, cuando hay un día seco, la buena fortuna se celebra con comida y música. Las noches secas son aún más raras y se dice que en ellas se esconden todas las posibilidades.

Axóchitl ha esperado tres meses por una, y esta noche, por fin, llevará a Nesmi al corazón del lago.

*

Nesmi y Axóchitl se conocen en una fiesta de día seco. Es mediodía, pero se han cancelado las clases porque el pronóstico anuncia que la lluvia no volverá hasta las cinco. Los estudiantes no desperdician la oportunidad: la música retumba desde una bocina que flota sobre sus cabezas, hay tacos de canasta de los que se venden de mil en mil y se sirven aguas locas, chelas y pulque a montón. Se ha corrido la voz y más adolescentes aparecen entre el pasto alto de la orilla porque ya no hay espacio para estacionar más lanchas en el muelle de la chinampa. Axóchitl se encuentra bajo la palapa comiendo tacos de chicharrón y oyendo a medias la conversación de sus compañeros, que están hablando de sus planes para el próximo año. Con solo un semestre más en la preparatoria, ha escuchado la discusión sobre las ventajas de estudiar en el extranjero hasta cansarse.

―Las universidades en la Ciudad de México no son lo que eran, ni siquiera la Nacional. Solo queda irse ―dice Richo García, que es guapo, inteligente y arrogante, el tipo de hombre que Axóchitl le encanta irritar, pero aunque podría comenzar una discusión sobre la importancia de quedarse a reconstruir la ciudad, prefiere evitarla. Está cansada de defender sus planes: entrar a la Facultad de Ingeniería, seguir viviendo en la Ciudad de México porque sus compañeros no lo tienen tan claro y discuten las ventajas de irse al extranjero.

Toma una cerveza fría y sale de la palapa hacia el jardín. El Sol le calienta la piel y el tatuaje de enredadera en su espalda se mueve desde su columna, por sus omóplatos, y baja por su hombro derecho hacia su muñeca como si fuera una planta de verdad que busca la luz. El jardín huele a pasto recién cortado porque los días secos son los únicos en los que se puede usar una podadora. La bocina pasa zumbando sobre su cabeza y Axóchitl la sigue, pensando cómo será el algoritmo. ¿Podría programarse para flotar sobre el agua del lago?

La bocina se aleja, da vueltas por la fiesta esparciendo a su paso varios acordes de salsa y se detiene sobre el primer grupo que ha comenzado a bailar. Axóchitl pierde interés y vuelve a observar el jardín. Una chica cerca de la orilla de la chinampa llama su atención porque nunca la ha visto antes, probablemente no van en la misma escuela. Está sentada observando los nenúfares.

Con curiosidad se acerca. La chica tiene el cabello castaño hasta el mentón y se ve más finita que Axóchitl; sin embargo, lo que llama su atención es que está absorta dibujando una rana sentada en una de las estacas alrededor de la chinampa. ¿Por qué vino a la fiesta si va a dibujar?

―¿Te puedo ayudar? ―pregunta la chica con una voz profunda que contrasta con su cuerpo. Levanta la mirada, tiene los ojos cafés y pequeñitos.

―Perdón. No quería interrumpir, solo estaba viendo tu dibujo.

Axóchitl siente el sonrojo y cómo la enredadera se retrae con vergüenza. Se la hizo hace algunos meses, al cumplir dieciocho años, por lo que todavía sabe todo el tiempo dónde se encuentra en su cuerpo. La otra muchacha sigue el movimiento del tatuaje.

―Había oído hablar de los tatuajes móviles ―dice―, pero no había visto uno. ¡Oh, no!

Axóchitl mira hacia el canal. La rana ha desaparecido.

―Ya aparecerá otra. Siempre salen a tomar el Sol durante los días secos. Me llamo Axóchitl, ¿y tú?

Antes de contestar, la muchacha cierra el cuaderno y coloca el lapicero detrás de su oreja.

―Nesmi. ¿Vas en el colegio con Richo?

―En el mismo salón. ¿Tú cómo lo conoces?

―Es mi primo, pero vivo en las orillas. Solo vengo a las chinampas de vez en cuando.

 Ese detalle es interesante para Axóchitl, quien vive en una pequeña chinampa en el sector sur. Al vivir rodeada de agua no puede entender que alguien no tenga curiosidad de explorar, pero aquí hay una chica de las orillas, cuyos padres probablemente creen que el futuro está en construir una nueva ciudad en tierra firme. Axóchitl piensa que esas personas no saben nada.

La reutilización de chinampas es el avance más importante de las últimas décadas y representan el futuro que ella defiende: tomar un diseño azteca y a través de nueva tecnología mejorarlo para integrarlo al ambiente. Las islas flotantes son extensiones de diverso tamaño sobre plataformas móviles que se construyen con capas de tierra y roca, sobre las que se siembra y se vive. La familia de Axóchitl, como muchas otras, siembra verduras que alimentan a la gente en tierra firme.

―¿Y te gustan? ―una pausa incómoda―. Las chinampas, me refiero.

―Supongo. Aprovecho para hacer bocetos cuando vengo a visitar a Richo porque no paso mucho tiempo en el lago. 

―Entonces deberías ir al corazón del lago ―dice Axóchitl, que no quiere que su conversación con Nesmi termine.

Detrás de ella, la música ha cambiado y algunas personas están cantando karaoke.

―¿Qué es eso?

―Es donde antes estaba el Zócalo. Quedan varios edificios a medio sumergir y puedes ir hasta el Palacio de Bellas Artes.

―Pensé que no era seguro ir al Zócalo. ¿No hay remolinos?

―Solo si llueve muy fuerte y son más un cuento para espantar que un peligro. El truco está en ir en una noche seca, pero si solo está chispeando tampoco hay problema ―dice Axóchitl―. Yo voy a ir en la próxima, quiero hacer unas mediciones para un proyecto final. ¿Te gustaría venir?

Axóchitl no entiende por qué se lo ha propuesto, el corazón del lago es su lugar especial. Lo descubrió varios años atrás cuando una tormenta la sorprendió cerca del Centro y al amainar se encontró con el Palacio. A pesar de la invitación, no le dice a Nesmi que la mejor vista es cuando amanece.

―Solo si te da curiosidad.

La enredadera se mueve por su brazo hacia sus omóplatos con un cosquilleo. Axóchitl sabe que Nesmi está perdiéndose algo importante, pero no sabe por qué quiere hacerle cambiar de opinión. Dejar a Richo discutiendo solo es fácil; no insistir en este caso le parece imposible.

―Pues… ―Nesmi hace una pausa que será su perdición―. ¿Realmente es hermoso?

―Es más que hermoso, es una experiencia trascendental.

Nesmi sonríe y su rostro cambia, todos sus rasgos se vuelven más vívidos, más presentes, como si su rostro hubiera sido creado para sonreír. Algo en el estómago de Axóchitl se estremece.

―¿También estás en último año? ―pregunta, lo único que quiere es seguir la conversación.

Pasa la siguiente hora hablando con Nesmi sobre sus viajes al lago, sus sueños de estudiar ingeniería y los de ella de estudiar arte. Le pregunta sobre la vida en las orillas e intercambian historias sobre la escuela. Cuando ya no sabe qué más decir, Axóchitl le pregunta lo primero que se le pasa por la cabeza:

―¿Qué estabas usando para dibujar?

Nesmi parece sorprendida, pero después toma el lapicero y se lo pasa. Axóchitl nota que parece más un puntero para pantalla. Es de metal, en una punta tiene un plástico alargado y en el otro lado un pequeño LED.

―Es un coloreador. Tiene un sensor que puede guardar cualquier color que quieras, pero también puedes pintar con él.

­―¿Cómo funciona?―pregunta Axóchitl dándole vueltas tratando de entender el mecanismo.

Nesmi guía su mano para apuntar hacia el pasto. Hay un pequeño zumbido y la goma se torna verde. Axóchitl sonríe. Toma la mano de Nesmi y escribe en ella su número de usuario. Nesmi se sonroja, pero recibe el coloreador con una sonrisa.

Richo las interrumpe, entonces, para decirle a Nesmi que sus padres han llegado a buscarla. Axóchitl piensa en ofrecerle un aventón, pero algo la detiene, no sabe si es la presencia de Richo, que le lanza miradas curiosas, u otra cosa.

Un abrazo rápido, un beso en la mejilla, el murmullo de un «te escribo luego» al oído y Nesmi se aleja. Más tarde, cuando la tormenta regresa y Axóchitl se encuentra en casa, recibe un mensaje nuevo. Aguanta la respiración al abrirlo porque es de Nesmi y reescribe su contestación varias veces antes de enviarla.

Hablan todas las noches durante los siguientes tres meses, sin tocar nunca el tema del corazón del lago hasta finales de marzo, cuando se anuncia que habrá una noche seca.

*

La lancha de Axóchitl no es un modelo nuevo, pero su forma de cuña redondeada es suficientemente cómoda para dos personas y está hecha para asegurar estabilidad más que velocidad. En este momento, a Axóchitl no le habría importado que fuera más pequeña, porque hubiera podido sentarse más cerca de Nesmi, quien está frente a ella en la proa. Nota que está nerviosa porque de cuando en cuando revisa su reloj para ver el pronóstico del clima.

A Axóchitl le gustaría tranquilizarla, decirle que el pronóstico es poco confiable, pero ella también está preocupada. No porque la posibilidad de lluvia haya aumentado, sino porque el aire se siente frío y húmedo. No está segura si debería ofrecerle a Nesmi dar media vuelta y llevarla a casa cuando salgan de los canales. Si le ofrece llevarla a casa, pueden beber un chocolate en la plaza cercana, no tienen que llegar al corazón del lago.

Es la una de la mañana y las dos les mintieron a sus padres para estar aquí. Axóchitl dijo que tenía una fiesta en casa de una amiga y se quedaría a dormir. No sabe qué dijo Nesmi, pero sospecha que esta es su única oportunidad y no quiere arruinarla.

Van a baja velocidad y el motor es apenas un zumbido mientras zigzaguean por el camino amurallado por pasto alto y juncos. Nesmi no ha hablado mucho desde que la recogió y Axóchitl pensaba que estaba nerviosa por el pronóstico del clima, pero con cada momento que pasa está menos segura.  Durante los últimos tres meses, son los momentos de silencio como este los que Axóchitl no puede interpretar o controlar, la llenan de dudas y no sabe si esto que siente está en su cabeza o es una realidad. La primera vez que se vieron para tomar un café después del colegio, quiso tomar su mano varias veces, pero cada vez Nesmi comenzaba a garabatear en una servilleta con su coloreador. Se prometió a sí misma que esta noche arriesgaría todo, porque no puede ignorar más que nada la hace tan feliz como recibir un mensaje de Nesmi.

―Estás muy callada. ¿Estás nerviosa? ¿Quieres que regresemos? ―pregunta Axóchitl deseando que la respuesta sea negativa. Después de todas las conversaciones de medianoche y los paseos después del colegio, no quiere perder esta oportunidad para estar a solas. 

Nesmi mira otra vez su reloj. A diferencia de Axóchitl, que lleva su cabello rosa recogido en una corona de trenzas, ella lleva el suyo suelto y el viento hace que le golpee la cara cuando voltea a hablarle.

―No. Dije que iría al corazón del lago. No voy a echarme para atrás.

Algo dentro de Axóchitl se afloja y sonríe. No va a llover, todo va a salir bien. Está aquí con ella de madrugada, ¿qué otra señal necesita? Dirige la lancha hacia otro canal, más ancho, y de repente no hay nada alrededor de ellas. Son la única luz en la oscuridad.

―También es padre durante el día ―dice menos nerviosa―. Se ven los edificios y las calles en el fondo del lago. Todo está bien conservado. ¿Has visto fotos de cómo se veía la ciudad por la noche?

―Sí. Mis padres tienen un libro en la sala. Me cuesta trabajo creerlo. Todas esas luces.

―Eso es lo que siempre me imagino ―cuando Axóchitl se emociona su voz se acelera, cada palabra sale pegada a la siguiente―. Mi primer proyecto es hacer unas luces que puedan encenderse bajo el agua para que se pueda ver la ciudad.

No es solo la imagen lo que emociona a Axóchitl, que creció escuchando historias sobre la antigua metrópoli, sino el reto que puede suponer construir algo así.

―¿Sabes por dónde vamos? ―pregunta Nesmi girándose hacia la oscuridad.

Axóchitl aumenta la velocidad poco a poco para no asustarla, la salida de los canales que estaba buscando se acerca.

―No te desesperes.

Cambian el curso, el borde de la lancha ilumina la entrada de otro canal hacia su derecha. Axóchitl cuenta en voz baja hasta la tercera salida y da una vuelta abrupta. Lo ha hecho antes, puede calcular el momento exacto en el que han librado la boca del canal y entonces acelera, sin aviso, de a una. El grito de Nesmi, entre susto y emoción, le da ánimos. Axóchitl se ríe y hace que la lancha dibuje curvas mientras se acercan a los primeros edificios altos. El lago cubre las antiguas avenidas y calles, pero los edificios con más de cinco pisos se asoman por encima del agua. Cerca de la orilla son figuras oscuras, abandonadas y silenciosas.

―¿Estás viendo? ―pregunta cuando Nesmi no ha dicho nada.

Axóchitl no logra oír una respuesta, pero baja un poco la velocidad. Espera que su compañera tenga los ojos abiertos para el momento en que los edificios se iluminan. Aquí y allá algunas ventanas están encendidas y pueden distinguir las siluetas que las rodean y adivinar qué tan altas son.

―¿Cómo…? ―dice Nesmi quien se gira a verla, sus pequeños ojos cafés abiertos de par en par. El viento frío arrastra su cabello hasta tapar su cara, pero ella no lo acomoda.

Axóchitl se sintió igual la primera vez que llegó hasta allí, años atrás, con su hermano mayor. Un mundo nuevo se abrió frente a ella, un mundo que necesitaba conocer íntimamente hasta que le perteneciera. El corazón le late al pensar que ahora lo está compartiendo con Nesmi.

―Hay gente que no puede pagar por vivir en las orillas, así que vive aquí, en los pisos que el lago no cubrió. Es un montón de gente, aunque la mayoría vive aquí por Insurgentes. Esa era la calle más larga del mundo. Justo estamos navegando por encima.

Las luces se reflejan en el agua, iluminando las ondas que crea la lancha al pasar. Nesmi toma su coloreador y lo dirige para capturar el brillo amarillo. Axóchitl baja un poco la velocidad para escuchar, sobre el ruido del motor, el sonido de música y conversaciones cuando pasan debajo de algunas ventanas.

―¿Qué te parece?

Axóchitl siente dudas de nuevo. No está acostumbrada a este nerviosismo, a no poder leer a Nesmi como a las demás personas. Los últimos días, desde que Nesmi aceptó, ha recorrido mentalmente el camino muchas veces, pensando por dónde llegar al corazón del lago, qué lugares mostrarle. Cuando Nesmi se gira, una sonrisa emocionada en su rostro y los ojos brillantes, Axóchitl casi está segura de que lo entiende, sabe que mostrarle los secretos del lago es un paso importante entre ellas. 

―Tienes razón. Valía la pena venir.

Axóchitl siente cómo la enredadera repta por su espalda y florece de la satisfacción sobre su columna. ¿Se dará cuenta Nesmi de que Axóchitl se cambió de ropa tres veces y le pidió a su madre que le trenzara el cabello porque quería verse guapa para ella? Tal vez no ha sido suficientemente obvia en sus avances, pero la sonrisa de Nesmi le da seguridad y toma valor.

―Me alegro. Me sorprendió mucho cuando aceptaste venir.

Nesmi ha vuelto a mirar hacia los edificios y no contesta. Axóchitl se contiene para no hacerle las preguntas que le queman en el estómago. ¿Significa este viaje lo mismo para ella? ¿Por qué de vez en cuando guarda silencio y deja de sonreír? Axóchitl tiene de nuevo la sensación de que hay cosas de Nesmi que no sabe o no entiende.

―Pero me alegra que aceptaras, no lo tomes a mal.

―A mí también. Me ibas a volver loca, el lago esto o lo otro, esta era la única manera de callarte.

La risa de Axóchitl se alza sobre el ruido del motor.

―Esa no es la única manera ―contesta con voz risueña y agradece que la oscuridad oculte el sonrojo que alcanza sus orejas.

Entre la conversación y el paisaje, Nesmi se olvida de seguir el porcentaje de lluvia y el pitido de la alarma de tormenta las sorprende a ambas.

―Mierda. ¿Cuánto tenemos? ―pregunta Axóchitl.

―Dice quince minutos.

―Entonces son como diez. No se puede confiar en el pronóstico. ¿Quieres que intentemos volver? Nos tocará algo de lluvia, pero he navegado con mal clima. La otra es refugiarnos en algún lado y esperar a que pase.

El corazón de Axóchitl se acelera. ¿Qué querrá Nesmi? Axóchitl sabe lo que quiere: su compañía, tanto tiempo como sea posible, incluso pasar la noche entera por el lago hasta llegar al Palacio cuando amanezca. Pero si Nesmi le pide que regresen, dará media vuelta sin pensarlo, por mucho que algo se le rompa dentro.

―No quiero regresar. 

Axóchitl siente cómo la enredadera en flor se asoma por su cuello y cambia el curso sin pensarlo. Van más rápido que antes, tanto que Nesmi tiene que sostenerse del borde de la lancha. Axóchitl no le dice que varias veces siente miedo, la corriente se aviva cuando se alza el viento antes de la lluvia y varias veces puede sentir el jalón de algún remolino. Guarda silencio y se concentra en navegar, imaginando las fuerzas centrífugas a su alrededor, reaccionando en cuanto siente que la lancha se le sale de control. El corazón le late en los oídos cuando por fin se detiene frente a uno de los edificios abandonados. Algunos de los paneles de vidrio están rotos y eso les facilita la entrada.

Axóchitl le indica a Nesmi que salte hacia el piso seco y, ya allí, le ayude a guiar la lancha. Le pasa la serie de luces y dos cobijas. Entre ambas jalan la lancha hacia las profundidades de lo que alguna vez fue una oficina. Ya está lloviendo para cuando se acurrucan lejos de las ventanas sobre una mesa de conferencia que quedó pegada a la pared, donde el oleaje del lago no las alcanza. Se secan con una de las cobijas y desde el pequeño nido observan el agua lamer el piso. La tormenta llega con fuerza, como hace siempre después de un periodo seco. El viento ruge y de vez en cuando un relámpago ilumina el espacio abandonado. Axóchitl mira su reloj, la luz verde ilumina su nariz.

―Vamos a estar aquí un rato ―dice―. Espero que estés cómoda.

Están sentadas una junto a la otra, compartiendo una cobija, rodeadas por la serie de luces.

―Vamos a tener que hablar una con la otra, ¡qué horror! ―bromea Nesmi.

―Es verdad. ¿Te conté lo que mi mamá hizo el otro día? ―Axóchitl se sorprende de lo cómoda que se siente.

Axóchitl se acomoda, su hombro contra el brazo de Nesmi. Nunca han estado tan cerca. Enfrascada en la anécdota se traga sus preguntas: ¿qué significa esto para ti? ¿Qué pasa por tu cabeza en esos momentos de silencio? ¿Sientes el mismo cosquilleo que yo? En lugar de eso, se acurruca y, por primera vez, la perspectiva de horas de lluvia parece un regalo.

*

Cuando recuerde este momento, Axóchitl no podrá decidir en qué segundo el aire cambia alrededor de ellas. Es cómodo estar tan cerca, en silencio. La cabeza de Nesmi en su hombro, acurrucadas entre las cobijas para guardar calor. Axóchitl toma su mano y puede sentir la enredadera reptar hacia su muñeca. Por un segundo piensa que el tallo continuará su camino sobre su mano, hacia los dedos de Nesmi, hasta conectarlas, pero, en su lugar, siente el dibujo caliente entre las palmas. Levanta la mirada.

Por un instante, son solo ojos cálidos que se encuentran. Después el aire se electrifica como si entre ellas hubieran chocado una corriente fría y otra caliente, como en los primeros segundos antes de una tormenta, la tensión, como una ola, les rompe sobre la piel.

Se besan.

El silencio alrededor de ellas se quiebra. Se inundan, el agua empuja desde el vientre de la ciudad, borbotea llenando todos los edificios, cubriendo las calles, colmando cada resquicio. ¿Puede Tláloc crear tormentas dentro de dos personas, entre ellas?

Nesmi es la primera en alejarse, solo lo suficiente para respirar, sus ojos están cerrados, su frente apoyada en la de Axóchitl. No quiere abrir los ojos, moverse, romper el momento. Quiere quedarse así, inhalando el aire que Axóchitl expira por unos segundos más, pero sabe que no durará. Ha guardado un secreto todos estos meses, evitado el tema del futuro, diciéndose que son amigas, que no necesita decirle, pero ahora, después de esto, no puede seguir ocultándolo.

―Hay algo que no te he contado ―sus ojos están todavía cerrados, su voz tiembla―. Me voy a estudiar a Estados Unidos en septiembre.

Axóchitl suelta su mano, en un movimiento se aleja y, cuando Nesmi abre los ojos, se encuentra con su semblante herido y confundido. Siente frío. Nunca había cambiado de temperatura con tanta rapidez.

*

Cuando deja de llover queda poco tiempo para que amanezca. Nesmi ha tratado de explicarle todos los detalles sobre la escuela de arte en Colorado, la gran oportunidad que es, cómo piensa regresar algún día. Recibió la aceptación apenas una semana antes y no quería decirle nada hasta que fuera seguro. Axóchitl la escucha, pero después se levanta y comienza a acomodar todas las cosas dentro de la lancha.

―Creo que podemos salir pronto.

Nesmi temía contarle de la solicitud por esta razón. Sabía que Axóchitl no entendería sus planes de irse, o más bien, los planes de sus padres, que quieren que vaya a buscar un mejor futuro lejos de la ciudad moribunda. Antes de conocer a Axóchitl, la idea de estudiar fuera la emocionaba, pero Nesmi no sabe cómo explicarle que, después de pasar los últimos meses escuchando historias sobre el lago, el deseo de conocer la ciudad donde nació ha crecido hasta que la perspectiva de irse sin visitarlo ya no es una posibilidad.

―¿Tenemos que volver? ―la voz de Nesmi es muy suave.

Puede ver las primeras hojas de la enredadera aparecer por el borde del cuello del suéter de Axóchitl. Tal vez es una tontería, pero no es la primera vez esta noche que Nesmi trata de leer el estado de ánimo de su compañera en ellas. Se retraen mientras Axóchitl guarda las cobijas y coloca las luces en su lugar, lo cual es una mala señal. Nesmi recuerda las flores rosas y moradas entre sus dedos. Le hubiera gustado estudiarlas, capturar el tono exacto con el coloreador.

―Axó…

― La lluvia regresará en algunas horas ―Axóchitl se voltea, las manos en la cintura y el rostro ilegible―. No podemos seguir aquí.

―Yo sé, pero… Siento que todo se pusiera raro.

Hay una pequeña pausa, las olas del lago golpean el costado de la lancha una tras otra. Nesmi las cuenta para distraerse, para no pensar en el silencio entre ellas.

―¿Por qué no me dijiste?

El dolor en la voz de Axóchitl suena resignado, como si no hubiera nada que Nesmi pudiera decir para arreglarlo. 

―No sé. Siempre estás hablando de quedarte y… Quería que me llevaras a ver el corazón del lago antes de irme y pensé que no lo harías si te contaba.

Axóchitl la mira un momento antes de girarse y continuar acomodando las luces. Nesmi no le ofrece ayuda. Siente una nueva presión en el estómago. Sabe perfectamente qué pasará si Axóchitl acepta. Desde que se conocieron en la fiesta de Richo, Nesmi sabía que era un error acercarse cuando tal vez se iría al final del verano, pero había creído que podían ser solo amigas. Lo que debería hacer es dejar que Axóchitl la regrese a casa, no causarle más dolor, pero después de todos esos meses de hablar, después de todas las horas que pasaron en la oscuridad, no quiere dejar toda posibilidad truncada, inexplorada.

―No me voy hasta agosto ―dice Nesmi suavemente―. Sé que no es mucho tiempo, pero…

La presión se intensifica dentro de Nesmi, probablemente crecerá durante los siguientes meses, hasta que, cuando por fin se vaya, explotará en el aeropuerto. Pero no le importa. La perspectiva de no ver más a Axóchitl, de no explorar la ciudad durante los siguientes meses, es peor. Lo que no sabe es si Axóchitl podrá perdonarla. Incluso si lo hace, ¿querrá salir con ella los pocos meses que quedan?

Axóchitl mira a través de las ventanas hacia el sur, donde están sus casas, la orilla, y luego hacia el norte. Ha comenzado a aclarar.

―¿Qué quieres hacer entonces? ―dice Axóchitl sin mirarla.

Nesmi sospecha que es una prueba. Lo que Axóchitl le pregunta en realidad es si está dispuesta a arriesgar el regreso de la lluvia, navegar en la llovizna y confiar en que ella la mantendrá segura, en que lo que les espera en el corazón del lago vale la pena.

―Quiero ir al corazón del lago.

Nesmi cree ver un destello morado en el cuello de Axóchitl, antes de que esta la mire.

―¿Estás segura?

 Nesmi le echa un vistazo a su reloj. El porcentaje sigue alto, podrían volver a quedarse atrapadas durante otra tormenta, pero aun así dice:

―Sí. Vamos.

*

Llegan hasta el corazón del lago cuando ya está aclarando. Nesmi trata de mantenerse calmada, sin arrepentirse de su decisión. Axóchitl guía la lancha hasta un edificio antiguo, tres de sus pisos todavía se asoman por encima del agua. Ata la lancha a un pilar y luego salta a la escalera de metal que chirrea bajo su peso.

―La mejor vista está arriba.

Suben las escaleras y cruzan los pasillos de lo que parece una vieja tienda departamental. Está vacía, pero todavía queda algunos maniquíes abandonados. Por las ventanas al fondo entra suficiente luz para que no se tropiecen mientras avanzan. Axóchitl da vuelta en una esquina y de repente se encuentran afuera, en una terraza. Las sillas y bancas de metal están arregladas bajo el techo que cubre apenas un tercio de la terraza; los restos de algunas sombrillas, ya sin tela, le dan al lugar un aire de abandono.

Se sientan en una de las bancas desde la que se ve el lago y, justo en frente, Palacio. Solo la parte superior se asoma por encima del agua. Está hecho de piedra blanca y puede distinguir el techo sostenido por un arco oculto bajo el agua. Los tres domos son de vidrio coloreado cuya tonalidad cambia de blanco a amarillo a naranja a rojo. En la cima del domo más alto hay un ángel negro. El palacio se llamaba Bellas Artes y antes la gente hacía largas colas para entrar a ver exhibiciones de los pintores más importantes del mundo. Podían pasear por sus corredores de mármol punteado hasta la sala de conciertos principal para oír una orquesta o ver el ballet. Axóchitl le cuenta todo esto en voz baja, pero las imágenes son tan vívidas que Nesmi jura que puede verlo todo. A través del agua, observa el resto del palacio: las ventanas, los arcos, las columnas, la plaza frente a ella. Más allá se alzan las montañas, sombras verdes y cafés, interrumpidas por las siluetas oscuras de los edificios que el lago no logró cubrir.

―Tienes razón ―dice Nesmi, su brazo descansa alrededor del hombro de Axóchitl―. Es hermoso.

Axóchitl le sonríe y luego mira alrededor.

―Deberíamos dejar una marca.

Axóchitl toma el coloreador de Nesmi de detrás de su oreja y señala el morado de una de las flores en su brazo. Se turnan para escribir sus nombres en la banca y cuando terminan, Axóchitl se levanta y le ofrece su mano, como si estuviera lista para irse. El sol se siente reconfortante sobre su piel, pero el pronóstico anuncia que la lluvia regresará en media hora y que probablemente no amainará hasta dentro de varios días. Nesmi lo sabe y, aunque toma la mano de Axóchitl, no se levanta.

―Creo que podemos quedarnos diez minutos más ―dice y la enredadera baja por el brazo de Axóchitl hasta tocar su mano. Nesmi cree que la siente pulsar bajo sus dedos―. Oí que te gusta navegar cuando está chispeando.

El domo y su reflejo se ven inmensos frente a ellas y Nesmi no quiere irse. No todavía. Axóchitl se ríe y las flores rosas y moradas florecen.

―Diez minutos ―dice antes de apoyar su cabeza en el hombro de Nesmi―. Platícame sobre la universidad a la que vas.         

*

La gente dice que el final de la primavera trae periodos secos más largos y por eso es el mejor momento para visitar la ciudad. La lluvia disminuye y los secretos del lago quedan al descubierto. Llegan turistas de todas partes del mundo para observar los misterios de las calles inundadas. Toman una lancha con fondo transparente desde una orilla hasta el corazón del lago, observando los edificios sumergidos iluminados por las luces debajo del agua y tratan de imaginar cómo se veía cuando no había un lago y las luces de los edificios eran tantas como para oscurecer las estrellas.

Los tours se detienen sobre casas y monumentos a medio sumergir explicando las leyendas locales: la ciudad más grande del mundo, la lluvia que no cesó por años, la reconquista a bordo de chinampas. Cuando llegan a la última parada, frente al Palacio de Bellas Artes, está amaneciendo.

Los turistas se sientan en la terraza a tomar café y calentarse un poco antes de emprender el camino de regreso a las orillas. Además del paisaje, pueden ver los dibujos con los que artistas jóvenes han cubierto las paredes de la cafetería: un ajolote nadando, una bugambilia rosa y morada que crece sobre el umbral de la puerta, la ciudad por la noche. En la terraza, las bancas, el suelo y las paredes están cubiertas de grafiti porque los visitantes han escrito sus nombres en todas las superficies. Dicen que las noches secas están llenas de posibilidades y que aquellos que escriben sus nombres volverán a encontrarse. 

Ficha de la autora

Andrea Chapela (Ciudad de México, 1990) publicó entre 2009 y 2015 los cuatro tomos de la saga Vâudïz, con la editorial Urano. En 2016 obtuvo la beca Jóvenes Creadores para un proyecto de cuentos de ciencia ficción llamado Ansibles, perfiladores y otras máquinas de ingenio. Algunos de estos cuentos han aparecido en las revistas Samovar y Tierra Adentro así como en la antología española Alucinadas IV. Su cuento “Como quien oye llover” forma parte del libro con el que ganó el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2018.