Habrías de nacer un 25 de diciembre,
cuando el tiempo canicular de la estirpe se había ido,
y los péndulos de las estaciones se agolpaban en el horizonte
sonando el gong del eterno renacimiento.
 
Desnudemos esa fecha
de todo lo que la gente le ha puesto encima,
escribamos sobre ella un significado,
un 25 de diciembre
cuando tu madre te sostuvo en el atardecer
y las nubes trazaron en ese cielo azul
las campanas canoras de leche y arroz.
 
Ya presentía tu llegada de astro trepidante
en el olor a humedad de la lluvia decembrina.
 
Ya desde antes tu presencia de espiga de nieve
me recorría en el pecho.
 
Cómo decirte en ese entonces, sin conocernos,
que nuestras miradas se entrelazarían como espejos
arrancándose imágenes hasta la médula.
 
 
 

                                    Come chocolates, pequeña;
                                    ¡come chocolates (…)
                                    (…)¡Come, pequeña sucia, come!
                                    ¡Pudiera yo comer chocolates con la misma verdad
                                    con que los comes!
                                   (Álvaro de Campos)

Somos un pararrayos,
la interacción entre dos campos vectoriales.
Estoy parado al borde de tu piel,
temblando por tus distancias de abismo.
 
En tu boca se gesta la confitería del universo,
un resumen del cosmos en tu lengua,
y en el momento en que me quitas la envoltura,
como la niña de Campos,
tallando tus manos en mi cara con esa verdad,
muda y sola se olvida en la boca la sombra que sube contra mí toda ceñida
en mi mente los filamentos de trigo vacían la pesadumbre de los días,
me adelgazas, sí, 
                  como en una muerte prematura
                                               la huella que en el tiempo y el polvo
                                                                                                    se hace tenue.

 
 
Descorporízate.
Que tu esencia venga absolutamente libre hacia mí Quitando de cada poro el muñeco de paja que me esclaviza No hay tiempo que el horizonte viene a aplastarnos Descorporízate Que sea una palabra la transubstanciación de tu cuerpo Que embriaga y alimenta de igual manera Que en la sintaxis del viento tus labios tomen forma de libación o presagio Que sea la dura quilla que nos soporta La llama que templa tu cuerpo Moribunda Y solo quede el chasquido de la felicidad que lo conmemora todo.
 


Hay mucha luz aquí para escribirte
debería escribirte mejor desde una esquina olvidada y oscura,
o escribirte esas noches que llego cansado
y veo mis zapatos y la sombra que producen
y estoy solo,
y tengo la certeza de que no soy nadie.
 
Pero hoy todo está bien,
todo está demasiado bien.
Me ocupa poco el dolor
que quizá en alguna parte duerme como animal sosegado,
y veo cómo el amor devasta y quema afuera,
lo veo desde mi sitio sin inmutarme,
y me sirvo de su presencia de gotera noble
para alimentar esta casa.
 

* Los poemas son tomados del libro Semilla: Remanencia de la luz (ISIC, 2019).


Jobyoán Villarreal (Culiacán, Sinaloa, 19 de abril de 1985). Es Ingeniero Industrial y de Sistemas egresado de la Universidad de Occidente Campus Culiacán (UdeO, 2003 – 2007), es autor de los poemarios Dime qué somos donde las estaciones se ensamblan publicado por el H. Ayuntamiento de Culiacán (2014) y Semilla: Remanencia de la luz publicado por el Instituto Sinaloense de Cultura (2019), fue becario del Fondo Estatal de Cultura y Artes el año 2008 (FOECA) en la categoría de Jóvenes Creadores en la disciplina de poesía, Fue incluido en la antología de la Nueva poesía y narrativa hispanoamericana del siglo XXI, (Lord Byron ediciones, Madrid, España, 2016). Fue incluido en las muestras de poesía Sinaloense Una fiera lentísima (ISIC, 2017) y Muestra de poesía Sinaloense 1982-1997 La liebre es ligera (ISIC, 2018) ha participado en varios eventos culturales y sus poemas se han publicado en diversos medios tanto impresos como electrónicos. Desde el año 2018 reside en la ciudad de Vancouver, Canadá.