El niño perdido

Miguel Tapia

I

Por fin en camino. El valle desfilaba tras la ventanilla. Sembradíos y matorrales bajos, una foto turbia que se deforma lentamente. La calma que da la ruta y que ahora volvía a él después de tanto tiempo. El Cale cerró los ojos. Podría incluso dormir si no fuera por ese ruido, ahí atrás. Un jadeo de hojalatas en el fondo del autobús. Algo en la carrocería se había desprendido o quizá habían olvidado asegurar los instrumentos. Vaya uno a saber, nadie se pondría ahora de pie para averiguarlo, fatigados como estaban, tirados sobre los asientos roídos pero todavía acolchados, soportando el zangoloteo en que se habían metido apenas dejaron atrás el tramo federal.

Al menos esta vez viajaban a sus anchas: un autobús de la secundaria del estado, con su montón de filas de asientos dobles, todo entero para ellos, que no eran más de once. Once y los instrumentos. Por eso el Cale podía ahora echarse sobre la espalda, encender un delicado de los del Toto y dejar escapar perfectas donas de humo que subían orondas hacia donde el aire de la ventanilla abierta las desintegraba. Los demás, pensó el Cale, iban igual de cómodos. Si no, no estarían tan callados, dormidos quizá, después del relajo de la partida.

Pero él no dormía. Se concentraba en disfrutar, entre una calada y otra, del cuadro que la dispersión del humo le ofrecía: en la rendija que se abría entre el respaldo frente a él y la ventanilla, podía ver un gajo del perfil de Camila, apoyada contra el vidrio, la vista perdida en la modorra del paisaje llano. Sobre ella flotaba un mechón de cabello, lento y arrebatado a la vez bajo las corrientes de aire del interior del autobús. Se estremeció al imaginarla dormida, un hilo de baba escurriendo por las comisuras de la boca larga y ondulada. La boca de holán de Camila, ay.

La mañana de campo irrumpía con un silbido. Apenas se alejaba uno del centro del valle, podía sentir que entraba a otro mundo. La sierra es un estado mental, se dijo el Cale. Basta con dirigir hacia ella el pensamiento para que el aire se llene de olor a pinos, de humedad florida. Podía ya presentir la masa de roca elevándose ahí delante, esperándolos sin inmutarse, lista para tragárselos, como la ballena del cuento que se come a un compadre y lo escupe al otro lado del mundo. ¿O cómo era?

“Nos van a bajar a sopapos”, había dicho el Oso. Aunque su familia era toda del valle y él un citadino, el Cale ya había estado en la sierra. En verdad había diferencias, pero nada que justificara la actitud altanera que adoptaban algunos serranos cuando los del valle se asomaban a sus terrenos. Ahora que iban a tocar por primera vez allá arriba, el Oso se había limitado a sonreír con suficiencia cada vez que se preguntaban qué esperar de la visita. “Y nos van a regresar encuerados”, había agregado la tarde anterior. El Toto era también serrano y no hacía tanto aspaviento.

De todos modos, Camila también es de la ciudad, se dijo el Cale, como si eso justificara algo, y en su ánimo volvió a relucir la idea que se le había metido desde que decidieron hacer ese viaje: esta escapada era la oportunidad que estaba esperando; este día era el bueno.

El delicado del Toto se consumía con más rapidez de la normal. ¿Será que en la sierra todo arde más rápido? El Cale reconoció, en ese estado sereno en que lo hundía la carretera, que, aunque en un principio la idea del toquín no le había gustado, ahora comenzaba a disfrutar el viaje.

II

Era el Rostro quien había conseguido el toquín. No él personalmente, sino su tío el político, que por quedar bien con algún influyente había propuesto el toquín allá arriba, para llevar música “moderna” a poblaciones que tenían poco acceso a ella. Al Rostro le había bastado con conseguir el teléfono de la escuela de música municipal para colgarse el mérito; y Pedro, siempre pragmático, se había luego apropiado la oportunidad para embarcar al grupo de las muchachas, convirtiendo de paso aquello en un viaje de novios para él y Sarita, la guitarrista. Y ahí estaban, pagando los múltiples favores de la escuela de música aceptando tocar para un público que no los esperaba, que no los quería, y que parecía feliz no esperándolos allá arriba, horas de empinada terracería adentro de la Sierra Madre.

El Cale remató el delicado. No, ahora no le molestaba. Después de todo, de no ser por la escuela de música, no tendrían un lugar donde ensayar ni equipo de amplificación a mano ni dónde organizar los toquines; no se habrían siquiera conocido entre ellos. Y no habrían conocido a las morras, con quienes se entendían tan bien y que ahora habían fundado su propio grupo, al que habían llamado “Las Camorras”, por gritonas y desmadrosas, como les gustaba decir entre risas. Además, un toquín es un toquín, y si encima el viaje le daba ocasión de estar ahí tirado, viendo las greñas castañas de Camila agitarse en cámara lenta, como ella misma se paseaba por las jornadas en la escuela o en los ensayos comunes, entonces la cosa tomaba otra dimensión.

Necesitaba otro cigarro. Intentó ubicar al Toto. Estaría por ahí escondiendo su palidez en la penumbra que se disipaba como un espectro de utilería entre los instrumentos. Vio el extraño panorama: parecía el patio de la escuela en un sábado de ensayo cualquiera, reacomodado entre los asientos manchados del autobús. Y como cualquier sábado, en que lo ve ir y venir ocupándose de los detalles, al que vio aparecer dando tumbos hasta dejarse caer a su lado, fue a Pedro.

            Qué onda, mi Cale. ¿Armamos la lista?

            Relájate, Pedro, apenas vamos saliendo. Al rato.

            Pero así ya la tenemos y estamos tranquilos. Quién sabe con qué nos vamos a encontrar allá arriba.

            Ah, qué Pedro, siempre ocupándose de todo. Demasiado estresado. Por eso los demás se desentendían. Entre Pedro y el ayuntamiento hacían planes y organizaban tanto y tan mal, que era imposible meter una idea más en aquel desconcierto.

            Oye Pedro, ¿cómo era la historia aquella del vato al que se lo traga una ballena?

            ¿La de Jonás?

            ¿Cómo es esa?

            Pues se lo come una ballena y a los tres días lo escupe.

            Esa ha de ser.

            ¿Y sabes por qué se lo come?

            No, dijo el Cale sin mirarlo, presintiendo que otra vez el Pedro iba a voltear la situación contra él, y de nuevo prendido de los pelos flotantes de Camila como un mono perdido en una jungla de lianas.

            Porque el huevón de Jonás quiso escapar a su obligación, dijo qué hueva, mejor más tarde, o que lo haga otro, y se lo tragó la ballena y se lo llevó lejos, donde no tuvo más remedio que hacer lo que desde el principio tenía que haber hecho.

            No mames, Pedro. Seguro que a Jonás nadie le pidió hacer una lista de canciones ocho horas antes de comenzar el toquín, y que de todos modos va a ser igual a las últimas diez listas porque hace tres meses que no montamos una canción nueva.

Una carcajada se elevó en la atmósfera del autobús. La cabellera de Camila flotaba con cadencia de medusa, pero todos sabían que bajo ella la gran boca de holán de la muchacha era la fuente de la risa afilada. El Cale pateó el respaldo, de pronto herido por la idea de que la muchacha no estuviera dormida y encontrara divertida la charla entre él y Pedro, los fundadores de Avanzada, el grupo que había logrado conquistar el gusto del público y de los críticos de la escuela, los consagrados, los mimados por el municipio. Los pretenciosos galanes que, había dicho Sarita, les ayudaban a ellas, principiantes, a abrirse camino, solo porque estaban buenas. Algo que, pensaba el Cale, no era del todo falso, aunque sí algo ingrato.            

¿Dónde estaba el Toto? Traía un paquete entero de Delicados. Si no le ayudaba, le iba a agarrar otra vez esa tos de perro que no lo dejaba tocar.

III

El más enojado era el Rostro. Si había algo que no soportaba era verse mal. Ser tomado desprevenido en una foto, con sus estudiados gestos en posición de descanso, lo sacaba de sus casillas; pero era todavía peor cuando sencillamente no se veía ni bien ni mal, ni cerca ni lejos. No estar ahí era su peor pesadilla. Esa tarde, en el improvisado escenario ante el palacio del ayuntamiento –casi todo había resultado improvisado en el evento, a pesar de que el tío del Rostro había hecho gestiones semanas antes–, el baterista descubrió la falta de la usual plataforma que sirve de base para la batería y de pedestal para el baterista, que de otra forma queda invisible para el público. No había siquiera, sobre la escueta superficie, espacio para su “set”, como lo llamaba. El resultado, nadie en el público pudo ver la melena cuidadosamente romántica del Rostro en acción.

La concurrencia tuvo ocasión de lamentar la falta de la plataforma, aunque por razones que no concernían al Rostro, cuando, al terminar la intervención de apertura de las Camorras, la baterista salió de su escondite hacia la parte frontal del escenario, junto a sus compañeras, para despedirse del público. Camila se mostró con las piernas ceñidas por una malla y un camisón colorido que le permitía libertad de movimiento tras los tambores y que, ahora, entre el sudor y la agitación, revelaba de manera intermitente el contorno de la cintura y de los senos, lo que era un espectáculo por sí mismo. Desde un costado del escenario, el Cale fue testigo del efecto que la aparición de la muchacha tuvo sobre la plaza del pueblo. Si bien las Camorras eran en general de buen ver y tenían ángel suficiente para mantener al público serrano atento y silbante durante cuarenta minutos de actuación, Camila era tema aparte y verla surgir de la nada, la cabellera revuelta y el rostro en llamas, fue el momento culminante no solo del primer acto, sino de la tarde entera.

Lo que siguió fue humillante para los de Avanzada, una lucha perdida de antemano contra la apatía de la plazuela y la resolana sobre el empedrado. Su supuesta calidad técnica y sus influencias en el ayuntamiento nada pudieron ante el público, escaso y mayormente masculino, pendiente no de la música, sino de la eventual reaparición de las muchachas. ¿Qué más se podía pedir a esos serranos que nunca supieron de qué se trataba el nuevo evento de las fiestas del pueblo? Los Avanzada tuvieron que tragarse su orgullo y, estoicamente, tocar para ellos mismos.

            Y por eso hoy tocaron mejor que nunca, dijo Sarita, fumando junto a Camila en el trayecto de vuelta.

Cuando el público comenzaba a disgregarse, el Rostro, cansado de la insignificancia, salió de su escondrijo hacia el borde del escenario y comenzó a moverse como una tongolele. La plaza despertó, aplaudieron, silbaron. Pedro hizo el relevo en la batería, obligando al Rostro a seguir con su circo, espoleado por el entusiasmo del público. Cuando el trasero más bien desangelado del Rostro comenzó a fatigar sus recursos, se le unieron, en fila india sobre el escenario, las Camorras, enardeciendo de vuelta la plaza. Por unos minutos el toquín hizo incluso competencia al baile que, al otro extremo del pueblo, se celebraba con tambora y tamales.

            Pero nunca se les quitó la cara de culo, Camila estaba roja de risa.

El Cale escuchaba en silencio, miraba las virutas de humo subir desde su boca y salir disparadas hacia el fondo del autobús, arrastradas por el viento serrano. No podía decirse que el toquín había sido bueno, pensaba, comenzando a desgranar el ajuste que ya estaba significando en el ánimo del grupo. Grupete provinciano, los había llamado una vez el cantante de una conocida banda capitalina, siempre el mismo público comprado. Les había dolido, pero en el fondo sabían que algo de razón no faltaba a aquellas palabras. Por lo pronto, esa tarde. por primera vez en mucho tiempo, habían enfrentado un público hostil y habían fracasado.            

Como había fracasado él mismo en el proyecto de abordar a Camila, de acorralarla tras bambalinas en uno de sus momentos terrenales, protegido por el fragor del toquín, para hablarle de una vez derechamente.

IV

El autobús redujo la velocidad del ascenso. Voces desde la parte delantera. Víctor, empleado del ayuntamiento y responsable oficial de la expedición, murmuraba junto al conductor bajo el zarandeo metálico. Algunos cuellos se estiraron en dirección del parabrisas. Pero las voces junto al volante se distendieron y el autobús retomó su marcha. Orilladas sobre el camino, quedaron atrás dos patrullas de la policía federal. Flanqueaban una camioneta cubierta de tanto barro que era imposible saber su color. Un oficial seguía el autobús con la mirada, mientras sus compañeros rondaban la camioneta, hablaban al conductor.

Frente al Cale, Camila se agitó, se hincó sobre el asiento y giró el cuerpo hasta encararlo. Su rostro semidormido, la cabellera revuelta, la mirada a medias rescatada del sueño. Las ganas de arrullarla ahí, sobre al asiento.

            ¿Cuánto se hace hasta allá arriba?

Su expresión no era de burla ni de ocurrencia pícara. El Cale se encogió de hombros. ¿Cuatro horas, cinco? La desilusión en el rostro de la muchacha, convertida de pronto en una chiquilla, y recostando los chapetes avivados sobre el respaldo.

            Ven aquí, yo te apapacho.

            El rostro de Camila perdió inocencia, desapareció de nuevo.

En la parte delantera comenzó a sonar la tambora. Inexplicable. A ninguno de ellos se le habría ocurrido escucharla así, por mero gusto. Y, sin embargo, ahí estaba de nuevo, con su ritmo atropellado y su tono mineral. Contra su propio respaldo, el Cale sintió un tamborileo frenético. Supo que tras de él estaba el Rostro ahora despierto y, baquetas en mano, imitaba los tarolazos de la música. Se tambaleó hacia el fondo del autobús.

            Móchate con otro delicado, ¿no?

El Toto se mantenía un tanto apartado del grupo y a la vez siempre cerca, ocupado en pasatiempos mentales que nadie era capaz de descifrar. Ya le resultaba difícil tocar en presencia de los otros, aun cuando la música era lo único que en verdad le interesaba. Hablar abiertamente de sí mismo debía parecerle algo imposible. El Toto sacó el paquete de cigarros y sin mirar al Cale se lo acercó.

            ¿Y cómo vas, mi Toto?

            ¿Cómo voy con qué?

            No sé, con la escuela.

            Aburrido, como siempre, se encogió de hombros.

El Cale asintió, soltó una densa bocanada.

            Dime, ¿cuál de las morras te gusta más?

El Toto lo miró casi extrañado.

            Estas morras no son pa que le gusten a uno.

            ¿Cómo? ¿A quién le tienen que gustar, si no?

De nuevo los hombros encogidos del Toto.

            ¿Por qué dices eso?, insistió el Cale.

            Porque no han cuajado.

            ¿Y eso qué quiere decir?

            Que no sabes qué van a hacer o decir. Cada día son distintas.

El Toto era así.

            Pero la más sabrosa, pa mí, es la Camila, agregó, con todo.

            A que sí…       

El Cale pensó que aquellas eran tal vez las justificaciones que el Toto se daba para no tener que acercarse demasiado a ninguna de ellas.

            Pues hoy le voy a hablar, le soltó.

            ¿A quién?

            A la Camila.

            Ah, ta bien, se desentendió el Toto.

            Ya sé lo que estás pensando, que el Sergio es compa y que yo soy un cabrón.

            No, no pensaba en eso, aunque es cierto.

            ¿Qué es cierto? ¿Que el Sergio es compa o que yo soy un cabrón?

            La primera, sobre todo.

            ¿Entonces qué estabas pensando?

El sol ya estaba alto. Su luz entraba sólida por las ventanillas, barriendo la penumbra que durante las primeras dos horas de marcha había dado al interior del bus un toque místico, como de viaje a otro mundo.

            Me preguntaba cómo se lo vas a decir.

            Pues no sé. Estas cosas salen en el momento y se dicen así, al chile.

Desde su lugar, el Cale descubrió el reflejo del sol en los hilos castaños que flotaban sobre Camila, llegando hasta él entre el ajetreo y el vaivén de la hilera de respaldos, cada vez más sucios de luz.

V

El ambiente había sido por momentos aburrido, casi siempre soso, y llegó incluso a ser tenso. Poco después de iniciado el número de Avanzada, un par de tipos, al parecer borrachos, lanzaron al escenario un huevo que fue a romperse a los pies del Toto. Habían llegado poco antes y pedían a gritos canciones de Juan Gabriel y de Gloria Trevi. Tras unos minutos de ser ignorados habían decidido actuar. No hubo necesidad de intervenir porque un grupo de vecinos se encargó de reclamar a los agresores, que terminaron por alejarse dando tumbos. Pero el huevazo tuvo un efecto notorio en el Toto. El saxofón dejó de escucharse durante el resto de la canción y, cuando retomó, lo hizo sin tino, desangelado.

            ¿Y en este pueblo no hay morras?, preguntó el Oso al Cale en una pausa.

Había estado tan pendiente de Camila que ni siquiera se había dado cuenta. Paseó la mirada sobre la plaza abierta bajo el sol: puro sombrerudo, en grupos de tres o cuatro, desparramados en la explanada como manchas en la visión. Allá, a las once, recogidas bajo un naranjo, tres chamacas miraban, serias y estáticas.

            La culpa es de estas jaladas experimentales que se aferran en tocar, adelantó el Rostro desde su escondite, sin alejarse demasiado del micrófono, de modo que la frase resonó en la fachada de la iglesia que esquineaba en la plaza.

Los asistentes se miraron entre sí. Los músicos también. El saxofón emitió un graznido horrible: el Toto reacomodaba su boquilla.

No fue sino hasta la aparición de las muchachas en el escenario que el ambiente se calentó de nuevo. El público se emocionó, los músicos se relajaron y hasta el saxo recuperó su lugar. Había incluso algo novedoso en la forma en que el Toto tocó en adelante. Más libre. Como si se hubiera deshecho de ataduras hasta entonces invisibles.

VI

¡Qué pinche frío!

Envuelto en su chamarra agujereada y en la cobija que servía de protección a la batería, el Oso refunfuñaba en su asiento doble, que llenaba fácilmente con su figura abultada, un tanto apartado hacia el fondo del autobús.

            ¡Cierren esa puerca ventana de una vez!

            ¿Pues no eras serrano, tú?, gritó Pedro sin molestarse en girar el rostro.

            Mi madre es serrana, mis abuelos y mis tíos son serranos. Todos mis malditos ancestros fueron serranos. Yo nací en la ciudad y tengo frío, infeliz. ¡Cierra la maldita ventana!

Los ataques de rabia del Oso eran difíciles de leer. Nadie sabía si temerles o reírse de ellos. Tenían algo de teatral, de fuerza sin cólera ni humor. Lanzaba improperios con seriedad casi cómica, pero con toda sinceridad, porque, aunque los demás rieran, él no cedía, no sonreía siquiera. Lo más radical que haría, lo sabían todos, era ponerse de pie y cerrar él mismo la ventana de un manazo.

Había estado bien esa tarde, el Oso. Era más que un bajista confiable. Su prestación no era fuente de preocupación para el grupo, como podía serlo la del Toto, por ejemplo, cuyo talento era tan único como impredecible. Podía tener tardes iluminadas, llenas de una inspiración muy personal, y otras en que lo único evidente era la torpeza de sus dedos endurecidos por el miedo escénico. Tal vez por eso se ocultaba siempre tras la masa inmóvil y peluda del Oso, un refugio seguro. El Oso, que no temía plantarse en su desarreglo, en ofrecer sin saberlo esa pinta magnética por ausencia, como un agujero negro en la agitación del escenario, seguro de sí mismo y de las tablas legadas por su genealogía de músicos de prestigio.

El Cale pensó de nuevo en esa amistad grupal, en lo bien que funcionaba y en cómo tal vez iba a ponerla en riesgo esa misma noche. Entre el ajetreo del toquín y el ocuparse de preparativos que el ayuntamiento local había ignorado por completo, la tarde se había consumido como cerveza fría y él se había ido en blanco en su idea de acercarse a Camila. Pero aún le quedaban algunas horas de descenso. Viajaban cansados, revueltos como cachorros, comentando el día en la sierra mientras soportaban los accidentes del camino, con la noche cayéndoles encima para preocupación del licenciado Víctor, que había previsto volver a la ciudad con luz del día.

La tambora sonó de nuevo allá adelante, a volumen discreto pero evidente. Y dale con lo mismo. No es que les disgustara tanto, pero, ¿por qué ocuparse en incrementar la dosis de esa doctrina folclórica que ya escuchaban demasiado, a cualquier hora y en todas partes? El Rostro la odiaba, porque era una fresa. Camila, tal vez un poco. Pero el Pedro o Sarita habían siempre desayunado con ella, y el Oso, con padre y hermano trompeteros, ni se diga. Los había acompañado también, sin sorpresa, en el baile que resonó en el fondo del pueblo durante toda la tarde. ¿A quién se le habría ocurrido hacer ambos eventos esimultáneamente? Aunque quizás el Oso tenía razón y, sin tanto sombrerudo rondando el baile, nadie se habría fijado en las Camorras y ellos habrían tocado para las ardillas y los tejones que cada tanto agitaban las copas de los árboles.

A pocos lugares de ahí, Camila, Sarita y Laura chacoteaban una contra la otra, felices de haber armado alboroto, allá arriba. Difícil por ahora interrumpir esa comunión. Pero los momentos de tranquilidad no duraban mucho cuando estaban todos juntos, y en cuanto hubiera oportunidad, el Cale se acercaría, se instalaría a su lado y aprovecharía esa languidez con que Camila suele acompañar la caída del sol y que a él lo viene volviendo loco hace ya mucho tiempo.            

Una corriente de aire serrano recorrió el interior del autobús, apretando un poco más los cuerpos entre ellos. El Cale sintió que la seguridad le tiritaba bajo el frío traicionero.

VII

Permanecieron callados unos minutos, fumando sus Delicados y mirando los pinos cruzar la ventana como horizontales relámpagos verdes.

            Tú eres de por estos rumbos, ¿no?, exhaló el Cale.

            No, más pal norte, dijo el Toto.

            ¿Qué tan al norte?

            Arriba de la ciudad. Nadie conoce por ahí. No es como esta parte, aquí hasta turistas hay.

El Toto parecía más suelto, de pronto capaz de hablar por gusto.

            ¿Y ya no vas?

            No. Ya no queda nadie ahí.

            ¿Cómo nadie?

            Sí, nadie.

El Cale intentó imaginar un lugar en la sierra donde ya no queda nadie. ¿Casas? ¿Restos de autos? ¿Herramientas de trabajo? Abandonados, esparcidos entre los pinos como fragmentos de una aeronave venida abajo. Animales rondándolos extrañados o habitándolos como grutas. O el monolito gigante que unos monos admiraban excitados, en aquella película que vio hacía tiempo. ¿Cómo se llamaba?

            ¿Y cuando vuelva?

Esta debía de ser la ocasión en que más frases escuchó el Cale salir de boca del Toto.

            ¿Cuando vuelva quién?

            ¿Quién va a ser?

            ¿El Sergio?

El Toto le fijaba una mirada vacía. No parecía haber ahí intriga ni interés ni duda ni nada, y, sin embargo, el Toto se daba la molestia de formular la pregunta.

            Si vuelve, ya veré. Él se lo habrá buscado, que se chingue. ¿Qué se puede responder a semejante pregunta? A manera de punto final, el Toto asintió.

VIII

La pantalla de pinos se había convertido en una ilusión óptica que dejaba entrever, cada tanto, el guiño de las estrellas allá en el fondo. El frío tomaba posesión del interior con furia, y el espacio entre los ocupantes de los asientos dobles se cerraba poco a poco. Tras la luz de los faros miopes del autobús la prisa había suplantado los remilgos y el descenso parecía cada vez más el avance de un galeón de hojalata bajo la tormenta.

Así debió de haber sido el temporal en que el vato de la ballena cayó al mar, se dijo el Cale. Las costillas comenzaban a dolerle de tanto encajar sacudidas, de tanto evitar que la cabeza se le estrellara contra el marco de la ventanilla.

            ¡Pedro! ¿Por qué era que el compa de la ballena estaba en el mar? ¿Naufragó?

Bajo el quejido de la carrocería, las conversaciones, que continuaban casi a gritos, parecían una fúrica plegaria de monjes.

            ¡Lo tiraron al mar sus compañeros!

            Qué ojetes.

            ¿Y sabes por qué?

El Cale ignoró el revire. El Pedro estaría cansado, no le dio el ánimo para insistir.

Un nuevo bache provocó una sacudida violenta. Algunos asientos más adelante, el cuerpo curiosamente ingrávido de Sarita se elevó en el aire y cayó en medio del pasillo, disolviendo el coro de voces en una carcajada colectiva. Camila, que hasta entonces compartía con ella el asiento doble, reía con lágrimas. Su mirada se posó por un instante en el Cale. Fue la señal. Él se puso de pie, tomó lugar junto a la muchacha. Ella se apartó contra la ventana. Se me nota, pensó el Cale, se me nota que algo guardo. Comenzó a temblar por dentro.

            Estuviste genial esta tarde, dijo.

            Ella dejó escapar una nueva carcajada.

Sintiéndose cobijado por la penumbra y por el estruendo que se hacía atmósfera, el Cale acercó el rostro hacia ella.

IX

La desaceleración despertó a los demás de la modorra de brincoteos. El chofer y el licenciado, un poco encorvados sobre la penumbra del parabrisas, intercambiaban frases cortas y sin timbre. El Cale tuvo consciencia de esto lentamente, no por la fatiga, sino porque había apenas sugerido, al oído de Camila, la traición de Sergio allá lejos, incapaz de mantener su palabra hasta el final del semestre. Con el largo del asiento ahora entre ellos, el Cale la escuchó decir: ¿y tú crees que hablarle así a la novia de tu amigo es más leal?

El bus se detuvo por completo. Un haz de luz atravesó el parabrisas. Uno más las ventanas del costado derecho. La puerta delantera se abrió y un diálogo apresurado entró revuelto con el frío del exterior. El licenciado salió.

Cuando las luces bajaron y se dirigieron hacia el costado del autobús, auscultaron las llantas, el frente, el fondo, fue posible distinguir que los portadores de las linternas era un grupo de cinco o seis hombres, al que pronto se sumaron tres o cuatro más, y que se arremolinaban en torno al camión como hormigas sobresaltadas. Algunos de ellos llevaban al hombro armas largas; otros, pistola al cinto. Estaban bien abrigados. Disparejamente, portaban ropa de civil, botas, pasamontañas. Había un par de gorras de la Policía Federal, un pantalón tipo militar, una cinta con las siglas PM alrededor de un brazo.

Esto lo vio el Cale, sin apenas haberse movido, la cabeza contra el respaldo del asiento en la fila derecha. Frente a él, Pedro observaba también en silencio. Del lado izquierdo, las muchachas, desperezándose, preguntaban qué sucede.

Un retén, dijo Pedro secamente.

Después de algunas frases con el licenciado, el movimiento ahí afuera pareció relajarse. Algunos hombres se alejaron. Dos de ellos subieron, dirigieron sus linternas al rostro de los pasajeros. Policía Federal, dijeron, muestren sus identificaciones. Recorrieron las filas con calma, observando con atención muda las caras adormiladas. Cuando habían verificado la mitad de los documentos, un tercer hombre, pasamontañas bien calado, se plantó junto al chofer con un rifle automático cruzado al pecho. Un estremecimiento recorrió las filas de asientos como una brisa invernal. El Cale observó que llevaban vestimenta caliente, botas enlodadas, y que afuera no se veía ningún vehículo.

            ¿Qué es todo eso?, dijo un tipo con gesto de piedra y gorra de los Yankees que parecía dirigir al resto, refiriéndose a los bultos que llenaban los asientos de la parte trasera.

            Instrumentos musicales, somos músicos, respondió Pedro, y lo hizo sonar como si ser músico fuera una de esas ocupaciones que la policía debería respetar, como ser diputado o juez o periodista extranjero.

Los hombres terminaron la revisión y bajaron sin decir nada más. El licenciado mostraba aún documentos bajo una de las linternas.

¿Qué les muestra?, preguntó el Cale hacia la nuca inmóvil de Pedro.

La carta del municipio, los papeles del autobús y no sé cuánta mierda más.

El licenciado volvió. La puerta se cerró tras él.

Nos van a retener un rato. Dicen que hay una operación adelante, que tenemos que esperar.

¿Quiénes son esos desgraciados?, gruñó el Oso.

El licenciado levantó una mano, buscando sosegarlo, habló con voz baja.

Policía Federal, y por favor tratemos de estarnos tranquilos, dijeron que esto tomará unos diez minutos.

Policía Federal, mis huevos.

¿Y qué operación tendrían qué hacer los federales acá arriba, en medio de la nada?, se indignó a su vez Sarita.

Yo entiendo, muchachos, yo entiendo. Pero por ahora lo único que podemos hacer es estarnos tranquilos. En unos minutos nos dejan pasar y se acabó el asunto.

El chofer, buscando quizás distender la situación, encendió de nuevo la música. No habían sonado tres tarolazos cuando los hombres golpearon la puerta metálica con fuerza. Abra el compartimento de equipaje, ordenaron. El licenciado bajó de nuevo, contestó un par de preguntas. Casi todo está allá arriba, debía de estarles explicando. Es un viaje de un solo día, no hay valijas, solo instrumentos musicales. Y el Cale entendió entonces lo que seguía. Los hombres subieron de nuevo, fueron directo a los bultos del fondo.

¿Qué es esto?, el hombre con gorra de los Yankees.

La batería.

Ábrelo. ¿Y esto?

El teclado.

Déjame verlo. A ver, todos para abajo.

¿Cómo que para abajo?, Sarita se impacientaba, hace mucho frío, no estamos bien abrigados, ¿quiere que nos enfermemos?

Ahorita los subo otra vez. Abajo, dije.

El hombre metió la mano por la apertura del bombo de batería, retiró el par de cobijas con que el Rostro buscaba hacer su sonido más profundo, y las extendió a la muchacha.

Tome, llévense esto.

Sarita lo ignoró, se dirigió a la salida. El Oso, en cambio, extendió la mano y las tomó.

X

Lo único que el ayuntamiento local parecía haber considerado necesario para el evento era el minúsculo escenario ante el palacio municipal y una fuente eléctrica. Cuando, después de luchar para hacerse abastecer de lo mínimo necesario, se encontraban a punto de hacer la prueba de sonido, la corriente se cortó. La interrupción del siseo amplificado dejó al descubierto un pueblo dormido, seco. Un sitio arqueológico en lo alto de la sierra, pensó el Cale.

Sarita se movilizó. Se acercó a algunos curiosos, hizo preguntas que no fueron respondidas. Pedro y el licenciado se unieron para explorar el lugar y descubrieron la alimentación, un grueso cable de un amarillo tan intenso que parecía broma. Lo siguieron hasta la reja cerrada de la escuela, ubicada junto al palacio. Tras el grueso candado, el cable se perdía en el interior desierto en dirección de la entrada del edificio. Un vecino se acercó para anunciar sonriente que el profe se acababa de ir. Uno más ofreció ir a buscarlo e insistió al primero que lo acompañara. A la espera se sumaron otros curiosos con cocacolas que no tardaron en compartir. Cuando regresó la comitiva anunciaron, todavía sonrientes: el profe estaba durmiendo.

Pedro buscó a un encargado del ayuntamiento, pero en el edificio colonial ya solo había un velador y un guardia, que se negaron a conectar la corriente ahí pues los licenciados se habían ido.

            ¿Y cómo en el baile allá sí tienen electricidad?

            Ah, porque ese lo organiza la cervecería.

            Pero es la fiesta del pueblo, los festejos son del ayuntamiento, ustedes son responsables.

            Pueque, pero yo no puedo dejarlo pasar.

            Yo no quiero pasar, conéctela usted mismo.

            No puedo, no estoy autorizado.

Pedro miró a su rededor. Vio a los lugareños bajo la sombra de los árboles, hablando en silencio. Algunos miraban en su dirección, sin ninguna expectativa y con una risa inmóvil que a él le parecía de sorna. También vio al Cale rondando la entrada de la escuela y hacia allí fue.

Descubrieron un agujero en el enrejado del recinto. Pedro miró alrededor, agachó su cuerpo grueso y entró. Ante la mirada silenciosa del personal del ayuntamiento, de los curiosos y de sus mismos compañeros, siguió el cable hasta la puerta principal, y de ahí a un cajón de interruptores sobre la pared lateral. Lo miró unos segundos. Tiró de la manija y la portezuela se abrió con un quejido. Luego accionó un grueso contacto. La electricidad se restableció con un murmullo, un zumbido como de insecto gigante espabilando la plazuela. Fue después directo a la consola de mezcla, tomó el micrófono y, subiendo el volumen a un nivel que incluso en la ciudad habría sido excesivo, anunció:

¡Con ustedes, el Rostro en la batería!

El Rostro se entregó sin tardar a la tarea de ensordecer a los presentes, justo en el momento en que el Cale distinguía, a un costado del escenario, la silueta de dos hombres que inclinaban el ala de sus sombreros en dirección de Camila y Sarita, sentadas sobre el cajón de los cables buscando solaz bajo un níspero.

XI

De pie en la puerta del autobús, Pedro echaba un ojo hacia el interior. El tipo que los había hecho bajar y dos hombres más abrían los bultos y los estuches de instrumentos. Ese es el bajo, decía Pedro, y esa la caja de cables, los bongós, la tarola, el saxofón. Habían escuchado hablar de los abusos, de las implantaciones de cualquier sustancia que les ayudara a extorsionar más fácilmente. Al Pedro le parecía inverosímil que estos hombres entraran en tales maniobras con una comitiva oficial, pero por las dudas se mantenía atento.

Cuando les permitieron subir de nuevo, revisaron lo que los tipos habían removido. Fue necesario abrir y cerrar de nuevo, esta vez correctamente, cada paquete. Al menos no habían roto nada. Después se sentaron, se resignaron a esperar. Pero el ánimo sereno de antes se había esfumado, y entre los asientos ahora fríos flotaban solo conversaciones murmuradas y monótonas. El Rostro se había quedado con los bongós y jugueteaba con ellos. En un momento se envalentonó y tocó con fuerza un ritmo salsero que todos se apresuraron en hacer callar.

Por unos minutos parecía como si los hombres los hubieran olvidado. Dos de ellos permanecían, sin embargo, a la vista sobre el camino, fumando con sus rifles al hombro. Cuando volvieron, parecían más relajados. El tipo de la gorra de los Yankees subió, explicó en tono cordial que la operación se había alargado un poco, pero que terminaría pronto. No había nada de qué preocuparse. Luego se quedó ahí de pie, paseando los ojillos tras la cara de piedra, como dando tiempo para preguntas. Que nunca llegaron.

            ¿Por qué no se tocan algo, mientras?

            Solo eso nos falta, pensó el Cale, que nos hagamos amigos, que hagamos una fogata y cantemos abrazados toda la noche. Un mareo recorrió sus huesos al imaginar a Camila en brazos de ese tipo. El hombre esperaba con una extraña mezcla de paciencia y autoridad. El Rostro no resistió. Un lento ritmo de son se elevó desde el fondo. Algunas miradas reprobatorias intentaron hacerlo callar, pero el gesto mínimo, quizás una sonrisa o el modo de brillar de aquellos ojos bajo la gorra de los Yankees, incitaron al Rostro a seguir.

Está bien, eres bueno, dijo el hombre, ahora mostrando unos dientes grandes y oscuros, cuando el Rostro terminó.

Dos hombres más espiaban ahora sobre el hombro del jefe. La sonrisa que se asomó bajo su aburrimiento fue más temible que la oscuridad en las ventanillas. El Cale nunca había imaginado que un policía que se divierte pudiera ser una idea tan tétrica. El jefe Yankee recorrió el pasillo con parsimonia, tomó el estuche con la guitarra y, alzándolo, preguntó “¿quién es el que toca esto?” Ante el nerviosismo creciente, Pedro tomó el instrumento, lo afinó, tocó una pieza instrumental. Como era el tema de un anuncio de cigarrillos, la recepción entre el público fue aceptable. Había ahora seis hombres escalonados junto a la entrada del autobús. Algunos sonreían apenas, uno más asentía. Otros solo presenciaban la escena como se presencia el hueco de la noche en el monte. El jefe Yankee se había sentado en el primer asiento y observaba a Pedro y a los demás con aire satisfecho.

            Ahora una ranchera, dijo.

            No, de esas no me sé, negó con la cabeza el Pedro, y en la mirada del jefe se hizo evidente la incredulidad.

            Entonces una de la tambora, se atrevió a pedir uno de sus hombres, el que parecía más divertido y de lejos el más desdentado.

            No seas burro, sonrió el jefe, ¿cómo va a tocar la tambora con una guitarra?, para eso se necesita la trompeta. ¡Eh tú, sácate la trompeta!

Se dirigía al Oso, sentado en la retaguardia, junto a los instrumentos.

            No tenemos trompeta…, dijo tras unos segundos, y fue extraño para sus amigos no escuchar uno de los epítetos que eran en él tan naturales y que, esta vez, se había obligado a acallar.

El jefe Yankee se limitó a señalar a la distancia el estuche del saxofón, apenas visible sobre uno de los asientos. Como el Oso no se movía, fue a tomarlo él mismo.

            ¿Quién toca esto?, preguntó una vez que lo tuvo en la mano y mostrando la delicadeza de no extraer él mismo el instrumento de su estuche.

El Cale y los demás callaban. El licenciado se puso de pie y se acercó, por favor, los muchachos están cansados, estuvieron trabajando todo el día.

            No se preocupe, no les cuesta nada tocar una o dos más. Así matamos la espera. Para ellos es mejor, y con un gesto de la mano lo envió de nuevo a su lugar.

Apenas se dio cuenta, mientras decía esto, de que el Toto se había puesto de pie a su espalda.

            Yo, dijo pálidamente.

Mientras el Toto sacaba el saxo, colocaba la correa y la boquilla, el jefe volvió al frente. Miró a sus hombres con expresión divertida, y con la mirada los invitó a hacer peticiones.

            El niño perdido, dijo el molacho.

La sonrisa que el jefe dedicó al Toto selló su aprobación.

            Pero lo vamos a hacer como se debe, dijo, ahora claramente entusiasmado.

Con un gesto ordenó a sus hombres abrir paso e invitó al Toto hacia el exterior.

            Los demás haremos el coro desde aquí.

Una ráfaga de tensión recorrió el autobús. Sarita, Pedro y el Cale irguieron el cuerpo, se buscaron con la mirada, pero el que habló primero fue Víctor.

            No, perdone, oficial, pero eso es poner en riesgo al joven, afuera hace frío…

            No, no, no… quédese donde está. No le va a pasar nada, abrígate bien, morro, vas a ver, esto no dura mucho, ¿cuánto dura una canción? Ándale, ponte esa cobija encima, pásamela.

Él mismo colocó la cobija sobre los hombros del Toto, que se tenía de pie milagrosamente, como un cadáver vertical saxo en manos.

            Yo voy con él, dijo Pedro.

            Tú no vas a ningún lado, lo paró el Yankee. A ver, Torres, acompaña al niño perdido, tiene miedo.

Entre los hombres ahí abajo hubo risas. El tal Torres reclamó, quería escuchar desde ahí con los demás, como en las fiestas, pero el jefe fue inflexible.

El Toto bajó, antes de dirigirse con paso resignado hacia el bosque echó una mirada rápida hacia las ventanillas del autobús. Avanzó después detrás de Torres y su rifle en bandolera. Sus siluetas pronto desaparecieron en la penumbra, dejando solo en el aire el nítido crujir de ramas de pino bajo sus pasos. A poco se hizo el silencio.

            ¿Y? ¿Qué esperan?, se impacientaba el jefe yankee.

Tímidamente, sin aliento apenas, se escucharon dos notas falsas y quebradas, ridículas en la noche serrana. Un coro de risas se elevó entre los hombres armados. El jefe parecía molesto.

            ¡Ándale morro, échale ganas! Y ustedes hacen la respuesta, señaló el interior del autobús.

En las ventanillas se asomaban rostros serios, ojos que escrutaban en vano la oscuridad. Parecían sufrir el mismo frío, el mismo miedo escénico que el Toto nunca había podido superar, ni siquiera ocultándose detrás del Oso en el escenario. Ahora que lo ocultaba el bosque, quizás desearía volver bajo los reflectores.

No va a poder, murmuró Sarita.

Pero a manera de respuesta se elevó entre los pinos el nítido timbre del saxo. Era un sonido escueto, sin cuerpo entre la vegetación, pero era firme y fluido, y la extraña manera en que destacaba en ese entorno le daba un aire a instrumento de otro mundo. El Toto soplaba con fuerza, lo podían saber sus compañeros. Imaginaban sus ojos cerrados, sus mejillas enrojecidas, sus manos casi transparentes. El pulso era ritmado, templado el tono, como si el llamado de auxilio que era la melodía de aquella pieza hubiera sido escrito especialmente para él.

La respuesta de “la banda”, a señal del jefe, fue caótica. Los hombres armados aullaron como borrachos, encorvando hacia atrás los torsos, felices y como drogados bajo el tamiz de la niebla. El Toto retomó la melodía con la misma intensidad de antes, pero, parecía a los compañeros de grupo, a la misma distancia, si no era aún más lejos, o en todo caso no más cerca, como la tradición exige. La tercera vez les pareció evidente que el Toto no se movía de su lugar; el niño perdido, a pesar de los llamados del pueblo reunido, no encontraba el camino de regreso. Tal vez su acompañante –su vigilante– se lo impedía, quizás le estaba jugando una broma, quizás era esa su venganza por verse fuera de la fiesta, quizás simplemente quería alargar el número. Pedro se acercó a la puerta del autobús con la intención de reclamar, pero el gesto de su mano levantada fue interrumpido por la veloz aparición de cuatro faros en el fondo del camino, que pronto se acercaron entre estruendo de motores. De entre la nube de tierra revuelta en que llegaron, y junto a los hombres que apenas tuvieron tiempo de apartarse, surgió una voz de mando:

            ¡Vámonos, vámonos en chinga!

El hombre de la gorra de los Yankees se volvió un altavoz en la montaña. De dos zancadas subió al autobús y ordenó:

            Ustedes se me van, en chinga, ya, ¡píquenle!

Dos camionetas más surgieron de entre el bosque, los hombres las abordaron. En el interior del autobús el ambiente se resumió en un veloz cruce de miradas, y el licenciado, como despertando del letargo, saltó al exterior, seguido por Pedro y el Cale. Caminaron en dirección al punto en que el Toto se había metido en el bosque, dos hombres les cortaron el paso. Pudieron ver a Torres, el hombre que se había internado con Toto entre los pinos. Tenía su arma en ristre y se agitaba en torno a los demás, ajeno a los esfuerzos de los músicos.

            ¡Toto, Toto!

Gritaban Pedro y el Cale, y no lo habían hecho dos veces cuando fueron obligados, a empujones de rifle automático, a callar y volver sobre sus pasos. El hombre de la gorra Yankee los reunió, impaciente. El licenciado se prendió de su brazo.            

Yo se los llevo, yo sé dónde está, se los entrego abajo. ¡Ahora se me van, ¿entienden?! ¡Se me fueron ya de aquí!

CODA

Bajaron un camino alterno a la carretera, escoltados por dos camionetas que debían contener su prisa para esperarlos. Veinte minutos más tarde, en un cruce apenas visible, las camionetas se desviaron monte adentro y, sin aviso alguno, desaparecieron entre bramidos y negras polvaredas.

El autobús se detuvo unos metros más adelante. En el interior el silencio se hizo total. Mientras el rugido de las máquinas se alejaba, los crujidos de la sierra se colaban envueltos en un frío cada vez más filoso y ajeno, cada vez más distante al mundo del valle aun cuando desde su ubicación podían ver, por un hueco en el espesor de pinos, el puñado de luces del primer pueblo, esparcidas sobre el valle como por descuido.            

En aquella quietud pudieron escuchar los motores que, por efecto de la montaña o del miedo, parecían a veces volver a acercarse para alejarse de nuevo poco después. Su rugido, ahogado por las púas del pinar, parecía llegar hasta ellos a través de la tierra, resonar en lo alto contra las nubes bajas. Por momentos los vehículos parecían separarse o multiplicarse, se alejaban entre ellos y se encontraban de nuevo, como en un macabro baile de amenazas adueñado de la sierra. Ante ellos, angosto y negro, se diluía el camino entre los matorrales. Cada vez más juntos sobre los asientos, público cautivo del terrible espectáculo, esperaron en el frío un brillo de claridad que iluminara un camino posible.