Érase que se era, de Eleanor Wilner

Versión de Rosabel Salazar

Érase que se era
               ... se vuelve extremadamente difícil comprender la continuidad
             entre la existencia normal y la hora en que empieza el infierno,
        en la plaza del pueblo cuando los alemanes inician las deportaciones,
                                                           o...   donde sea…
                                                             —George Steiner
Esto empieza en la buhardilla de una torre
la vieja hechicera zumbando en su pedaleo
hace girar la rueca como un planeta,
como el mundo. Más allá de su ventana
en lo alto del torreón, se extienden los campos
de césped esmeralda, entretejidos con perlas
de ovejas—distantes, preciosos, pintorescos,
como ilustraciones de un libro antiguo.
Comienza a distraerse; su pie
está cansado del pedal—ella es simplemente
en lo que todos nos convertimos. (A causa de eso
a veces es tomada, en los cuentos clásicos,
como el destino.) Sus ojos, de un azul desteñido,
escudriñan la lejanía profunda en la que
comienzan todas las historias.
 
Por los campos, a los que conduce la memoria
como una pastora a sus ovejas, una muchacha
camina, su mente es un brillante entramado
de sueños—tan hermoso como delgado,
casi completamente desgastado por el tiempo.  Donde está
bordada la luna, la tela está rota y el mañana
se asoma por el agujero. Ella intenta
taparlo con la delgada tela, devolver
el mundo de nuevo a la fábula. Su cabeza
es una carga para su cuello, una flor
demasiado pesada para el tallo. La luz
es demasiado intensa para sus nuevos ojos; ve
una puerta entrecerrada, entra, sube
por la escalera de caracol tallada en piedra,
atraída por el extraño zumbido de la rueca.
¿Recuerdas cómo fue? Cómo ella, asustada
al principio, es introducida a la buhardilla, se sentó
donde estuvo sentada la hechicera, toma el huso, y entonces
se pincha el dedo—una gota rojo oscuro
empieza a extenderse hasta que el mundo queda empapado
de ella, como si le hubieran nacido rojos lentes
en sus ojos, como el mundo es visto por una serpiente
para quien la temperatura de las cosas es visible,
su fuego una certeza.
 
Los años pasan. Invierno
tras invierno se amontona la nieve.
 
La estación está atestada de viajeros
mas por la expresión que tienen, y la forma
en que estrechan a sus hijos contra sí mismos, se sabe
que este no es un viaje ordinario. La ciudad arde
a sus espaldas; forman filas en el tren; el cielo
es de un extraño gris sulfúrico, rostros grises,
humo gris que sale de las ruedas
de los vagones; es, todo esto, gris…
son demasiados para morir, los condenados, las largas filas
de los desesperados que no dan crédito
a lo que saben está por venir—el reloj pintado de Treblinka
marca las tres, para siempre las tres. El tiempo
y la terrible costumbre de referirlo una y otra vez
lo han convertido en un juego de sombras —antes,
un grabado blanco y negro y gris
en una edición alemana de Dante.
Dormir le ahorró a ella todo esto; inconsciente,
no podía saber cómo se entumeció
la memoria, la lengua tan gris y pesada
como cemento fresco, donde nada dejó
la muda huella de su pulgar.
 
Cuando despierta, su cabello es blanco. Y no es
un príncipe quien la saca de su sueño, sino el sol
oblicuo que entra por el marco
de la puerta para iluminar la habitación—
hay largos hilos cortados y dispersos en el suelo,
está rota la rueda giratoria de la rueca, sus propias manos
reposan en su regazo. No fue un sueño, demostraban los años,
sino el derrumbe de un sueño. Con el rabillo del
ojo ve a la araña, negra y afanosa,
modelando su seda para atrapar los centelleantes rayos
de sol, plata fina para recoger el polvo.
La anciana se levanta, como para descartar
la idea del destino; ella ahora sabe
que llegamos después del sueño, del que volvió
real la pesadilla del día. Y que es hora
de bajar el largo tramo de escalones de piedra,
esa espiral que nos guiará —a pastizales
más verdes que los prados de los cuentos, irregulares, resistentes
ante la pisada. Ella no se apresura cuando avanza
entre ovejas sin esquilmar que pastan todavía
ni se cubre los ojos
ante la brillante luz, dejando que la inunde, dejando
que las lágrimas rueden por su rostro, torrentes
desbordados de primavera, todos los que
el sol logra formar, después
de tantos inviernos, después de tanta nieve.