Phoebe ha desaparecido: un caso para Lew Archer

Adán Medellín

La literatura es un terreno de obsesiones, deudas y motivos que vuelven a sus creadores como oleaje o resaca. Eso podría atestiguarlo el estadounidense Ross Macdonald (1915-1983), uno de los grandes escritores de policial e intriga del siglo XX. Entre su serie de 18 novelas con el detective Lew Archer destacan El caso Galton (1959), La mirada del adiós (1969), La bella durmiente (1973) o El martillo azul (1976); aunque aquí me centraré en La Wycherly (Navona, 2015), escrita inmediatamente después de la desaparición temporal de su hija, Linda, una joven problemática y sensible que recibió tratamiento mental en recintos psiquiátricos.

La Wycherly atestigua uno de los cambios decisivos en la escritura de Macdonald, relacionado con el motivo de los casos de hijos desaparecidos en sus textos. Pero vamos por partes. El novelista, crecido en Ontario, Canadá, se casó en 1938 con la también escritora Margaret Millar (1915-1994). Macdonald se doctoró en literatura en la Universidad de Michigan y se estableció en su natal California. Conforme su esposa consolidaba una reputación en el género negro, él cambió su nombre real, Kenneth Millar, por el seudónimo con que se volvió famoso: Ross Macdonald.

Millar y Macdonald tuvieron una hija: Linda. Pese a los ojos entrenados literariamente para captar las oscuridades de lo humano, ninguno pudo prever lo que sucedería. Como lo cuenta Tom Nolan, editor en The Library of America, Linda tuvo una educación rodeada de lecturas y con dos padres brillantes, ocupados y competitivos entre sí por sus carreras literarias. Sin embargo, la chica no hallaba su sitio en el mundo. El sexo y los problemas con la bebida irrumpieron en su adolescencia. En 1956, a los 16 años, Linda escapó de casa, se tomó un par de botellas y condujo ebria en una noche lluviosa. Atropelló con su auto nuevo a dos jóvenes, matando a uno de ellos, hasta impactarse con un Buick estacionado.

Tras el hecho, Linda quedó muy afectada e intentó suicidarse. Se salvó de la cárcel milagrosamente (los tabloides del momento acusaron la influencia de sus padres escritores) con un diagnóstico de esquizofrenia y libertad condicional, pero debió pasar por tratamientos en instalaciones psiquiátricas como en el Camarillo State Mental Hospital. La medicación de antipsicóticos y la terapia atenuaron, pero no resolvieron sus demonios. Los problemas con Linda no terminaron ahí.

La chica se escapó de su dormitorio universitario en la UC Davis en 1959, en un nuevo incidente que marcó su vida. Ante la lentitud en la pesquisa, el propio Macdonald emprendió la búsqueda apoyado por dos detectives privados y la policía local. Luego de más de una semana desaparecida, Macdonald cruzó California y halló a Linda en Reno, Nevada, en compañía de un hombre mayor y casado. Al parecer, Linda dijo que había sido secuestrada: una historia delirante.

Tras el rescate de su hija, Macdonald ingresó al hospital por un cuadro de agotamiento e hipertensión arterial. Ni la educación, ni la literatura, ni la universidad habían logrado paliar el desorden en el carácter de Linda. Desde entonces, el escritor participó en diferentes programas de apoyo emocional y consejería psiquiátrica. Todos estos episodios críticos marcaron su obra, con tramas que se volvieron más personales desde 1960 y se alejaron de sus primeras entregas novelísticas, más identificadas con un estilo duro, ríspido, conciso.

La enfermedad y la vida de Linda moldearon el viraje decisivo del personaje Lew Archer. Macdonald creó su modelo peculiar de detective: Archer fue no solo un investigador, sino una suerte de terapeuta que buscaba las causas de violencia en el dañado pasado familiar de sus personajes mediante una escritura elegante, salpicada de guiños poéticos y análisis de la naturaleza humana. La investigación desbordó las pistas y los indicios visibles del crimen: se volvió honda y psicológica para desentrañar los secretos, los traumas y los silencios que salían a la luz convertidos en sangre.

Publicada en 1961, La Wycherly es la primera novela de Macdonald tras esos turbulentos sucesos familiares. La obra ahonda en la desaparición de Phoebe Wycherly, una estudiante universitaria —como Linda en su momento— en el seno de una familia de divorciados tormentosos. Phoebe es una chica profunda y leal con los suyos, que podía deprimirse tanto para no salir de la cama y luego ser el alma de la fiesta. Una joven problemática, inconstante, con un aura sexual innegable.

Un padre negligente y una madre alcohólica y depresiva forman un cóctel familiar que lleva al detective privado Lew Archer a usurpar incluso la identidad de Homer, el padre de Phoebe, con tal de obtener información sobre la chica. Archer no tiene empacho en hacerse pasar por el progenitor, jugar con identidades, meterse en hoteles de mala muerte, recibir golpes en la cabeza y hasta unos puntos de sutura para averiguar el paradero de esta chica.

Y es que el detective se ha vinculado emocionalmente con su caso. No renuncia hasta obtener un retrato de Phoebe, hasta ponerle un rostro a la desaparecida. Siente muy pronto la pérdida al grado de cuestionarse los motivos de su propio disfraz: “Una mentira repetida hace cosas extrañas en la mente”, reflexiona. “Me di cuenta de que casi creía que Phoebe era mi hija. Si estaba muerta, compartiría el pesar con los Wycherly.”

La búsqueda de esta chica atractiva y solitaria es también una pesquisa sobre la culpa familiar, sobre el peso que las acciones de los padres tienen sobre la vida de los hijos. Aunque en esta parte de la novelística de Macdonald aún no ha cuajado la certeza de cuánto determinan las generaciones anteriores a las presentes, otros personajes perfilan secretamente la crítica a los padres egoístas e inquietantes de Phoebe: “Se merecía mejores padres que los que le tocaron”, dirá su tío Trevor, implicado en el núcleo de esta trágica historia. La herencia de esta joven es un mundo de mentiras que se tambalea cuando la propia Phoebe descubre que su familia no es lo que parece.

El mundo de La Wycherly es uno donde las jóvenes son atrapadas y chantajeadas por hombres mayores a ellas: depredadores que utilizan a chicas sensibles, melancólicas o con aires artísticos para su diversión, su provecho económico o compañía. Un mundo de masculinidades violentas e ilusiones de escape a una asfixiante dinámica doméstica, pero también de egoísmos familiares y pecados secretos que trastornan a las almas más frágiles y las obligan a vengarse consigo mismas. Un mundo en que las víctimas se disfrazan, se culpan, eligen una versión delirante y Lew Archer -o Ross Macdonald- debe darles un empujón a la realidad para sacarlas de las garras de la enfermedad mental, la autodestrucción y del crimen.

Lo ocurrido con Phoebe en la ficción es un reflejo del mal que también sufre Linda en la vida real. Las páginas finales de esta obra abrevan y profundizan la experiencia hospitalaria y psiquiátrica que vivieron los Millar. El caso se resolverá agridulcemente, pero dejará en Archer no sólo cicatrices físicas sino internas, “esa mezcla de lástima y vergüenza que me mantenía en mi oficio entre las almas perdidas y maltrechas que vivían en el infierno”. La Wycherly es un entrañable paso más en la confección del llamado “detective de la empatía”, como ha caracterizado el irlandés John Connolly al inolvidable Lew Archer.

Vale decir sobre la vida real de Ross Macdonald que su hija Linda, luego de su huida frustrada, pasó por más tratamientos médicos, se casó con un estudiante de ingeniería y murió misteriosamente mientras dormía en noviembre de 1970 con apenas 31 años de edad. No obstante, la pluma de un escritor atribulado por no haber resuelto el drama interior de su única heredera persistiría en una búsqueda incesante que lo hizo obtener el Grand Master Award de los Mistery Writers of America en 1974.