Quizá esto pasa como reseña del nuevo libro Nadie es tan desvergonzado como desea de Rodríguez Landeros… quizá no

Danush Montaño Beckmann

Esto no pretende ser una reseña tradicional. La verdad es que no suelo consumir esa clase de textos. Quizá se deba a mi religiosa repulsión al más mínimo spoiler. Prefiero ir directo al libro y enfrentarme con lo que tenga que enfrentarme. La cuestión se vuelve más compleja por mi aversión a las pocas reseñas que sí he leído. En mi opinión, más sangrona que humilde, suelen ser de dos tipos: meras adulaciones al texto de un escritor que resulta ser amigo del reseñista, o bien, una demostración de la musculatura y supuesta superioridad intelectual del reseñista a costa del reseñado. En ambas se recurre a la comparación con obras «canónicas» (entiéndase por esto el listado de libros escritos por hombres blancos heterosexuales), así como a la labor entomológica de nombrar cada bicho de figura retórica pluscuamperfecta-digresiva-de-realidad-alterna que nos recuerda a la mayoría por qué no estudiamos letras y solo las consumimos.

Entonces, ¿qué diablos pretendo? Queda claro que no soy partidario de las reseñas y que, para los que han leído algunos de nuestras crónicas, soy amigo del reseñado: Diego Rodríguez Landeros. Ante tamaña dificultad autoimpuesta, opto por abordar la tarea con una bandera de antirreseña o al menos explorar la posibilidad de trasladar a este texto lo que sería un testimonio de la amistad, que en ocasiones es intervenida por la literatura, ¿o viceversa? No obstante, no carecerá de crítica para no caer en el típico amiguismo.

Nadie es tan desvergonzado como desea es el tercer libro de Diego Rodríguez Landeros, autor recientemente galardonado con el Premio Nacional de Novela Histórica Ignacio Solares 2020 por su obra Desagüe (FETA, 2019). Nadie… se encuentra en una bella edición de la Serie Ex Libris del Instituto Sinaloense de Cultura. Consta de 112 páginas, es decir, 56 hojas; en la portada vemos a un Rochefoucauld en una versión colorida; contiene 17 ensayos (uno de los cuales realmente es la bibliografía de otro pero la edición lo marcó como texto en sí… los editores también sufren lapsus), una introducción, 5 epígrafes (repartidos, no amontonados tipo Moby Dick: única referencia al canon de vatos blancos, aunque cabe decir que Melville muy probablemente no era heterosexual), 2 dedicatorias (una a 6 mujeres y la otra a un hombre), 8 notas a pie y una fotografía del autor; la contraportada está escrita por Olivia Teroba, gran cuentista y ensayista; las dimensiones del libro son 21 centímetros de largo, 13.9 de ancho y 0.7 de grosor;  pesa 251 gramos (quizá mi edición, por la firma de Landeros y el sello (ex libris) que estampó en las primeras páginas al regalármela, pesa más). Cabe decir que el termómetro del señor de la entrada del súper no registró nada cuando le pedí que le tomara la temperatura al libro, por lo pronto está libre de COVID. Y ya, con eso creo haber cumplido con el mínimo necesario para pasar por reseña objetiva.

Quiero continuar con el apellido de Landeros que podría provocar el lapsus de ser llamado Linderos y con justa razón. En su lectura uno constantemente se cuestiona por el género del texto. Si el editor convocara a una de esas ridículas fiestas de revelación de género, que muestran azul si es niño o rosa si es niña, los libros de Landeros provocarían un color difícil de catalogar, quizá verde metálico, como esos escarabajos que una pareja de sexagenarios norteamericanos coleccionan al por mayor en su casa en Salt Lake City. La novela premiada de este bicho raro, está en los linderos entre novela y ensayo, y qué flojera ponernos a discutir por qué sí es una u otra cosa. Como con las personas, dejen a los textos ser, como célebremente dijo Abraham Lincoln: «Let each and one of us make of his own behind a kite». Nadie… no marca la excepción: a momentos uno olvida bajo qué etiqueta se le presentó el libro. En mi caso, algo dijo Landeros entre caguama y caguama, no recuerdo bien qué, pero sonaba interesante, yo solo mascullé: «A huevo, si quieres lo reseño». Él sonrió y quedé comprometido a hacer algo que claramente no sé hacer.

Vamos por las partes señaladas en el índice, a ver si me sirven de andamiaje:

Introducción: Linderos, perdón… Landeros nos presenta una breve explicación del origen de los textos: «escritos a lo largo de los últimos siete años». Este tipo de compilaciones son interesantes porque nos permiten ver el progreso o el deterioro de un autor. Por fortuna, en este caso se trata de progreso. Pero tampoco tan drástico, no es como si el primer ensayo sea una monografía de primaria. Desde sus inicios se percibe lo lindero de la literatura de Landeros, desde entonces se ve ese estilo que es mezcla entre barroco y coloquial, esa obsesión por las citas y los datos curiosos que hacen sospechar de pecaminosa invención. Y tampoco haré pensar al lector de reseñas que Landeros ha llegado a la perfección, si es que tal cosa tan horrenda existe. Como dije ya, esta antirreseña contiene algo de crítica, colmillo camotón.

Soluciones para las caminatas enamoradas: Mi amigo es cursi, por más que él niegue que va por ahí la reflexión de este texto. Lo es. Y no lo digo como insulto. Lo cursi lo salva de caer en un esnobismo habitual entre los ensayistas: esa prosa erudita que parece tener como única misión el apantallar y hacer menos al lector que, apurado y avergonzado, debe ir a buscar palabras al diccionario y sucesos históricos a la Wikipedia. En este ensayo que abre el libro se retrata la obsesión, casi universal, que tienen los ensayistas con las caminatas. Landeros cae en la repetición del tópico de sus colegas, pero la cursilería lo salva de repetir lo que ya se ha dicho muchas veces. Es capaz de aterrizar lo denso y expresarlo a algo que diría entre caguamas. Recuerdo que en una de esas borracheras me comentó la idea que le cruza la mente cada que, al caminar de noche por la calle, ve la luz de un departamento encendida: que los habitantes de ese rincón de ciudad están haciendo el amor. ¿Ya vieron?… cursilería, pero de la buena. Y le aseguro al lector que, como a mí me sucedió, a partir de ahora pensará lo mismo al encontrarse con esas luces encendidas que invitan al voyerismo imaginativo.  

Las velocidades de la ciudad: Este ensayo demuestra el gusto profundo que tiene el autor por leer y descubrir nuevas visiones de la literatura. Su paseo inicia a partir de La música en un tranvía checo de Karla Olvera. Por mi parte, inicié mi vida como lector brincando de rama en rama, es decir, leyendo un libro y cada que se mencionaba otro libro entre esas páginas encontraba por dónde seguir. Landeros es un lector agudo, culpable de que muchos descubramos otros libros y gastemos nuestras quincenas. Esto también puede ser un problema, ya que esta forma ensayística limita la recepción del texto. Solo alguien que haya leído las obras mencionadas podrá mantener un diálogo con el ensayista, por lo mismo podrá verse como un recurso, en cierto modo, elitista: no es por nada que muchas obras literarias del género ensayo caen en la condena de ser escritas para escritores, la antropofagia intelectual.

Por fortuna, y sospecho que a causa de compartir una amistad, yo no me quedé excluido de la reflexión. En su análisis de la obra de Olvera, Landeros explora la noción de tiempo desde la urbanística. Esto me hizo recordar que, tras un paseo en bicicleta, junto con Hasam Díaz (director y dramaturgo), terminamos en una especie de pasadizo secreto de la ciudad: una vecindad erigida sobre el antiguo Ferrocarril de Cuernavaca. Es difícil de describir: la calle del grueso de las vías, imposible pasar andando en bici, las cargamos a cuestas y nos fuimos disculpando con los habitantes de ese tiempo suspendido, de ese barrio parentético.

Escoliastas: Aquí me enfrenté con un espejo. Leía el libro de Landeros con la plena convicción de crear una reseña, cuando arrojó fuertes reflexiones de esta labor: «El reseñista es un hombre del subsuelo, burócrata libresco que hace a un lado el placer para prestar atención». Ser lector es el primer oficio de Landeros, el segundo es el de escritor. Y entre estos oficios se encuentra una especie de piso intermedio, elevador atorado, con cabeza gacha se introduce en otra dimensión, el interior de un Malkovich, los escolios: se escribe al margen, se hacen anotaciones, se subrayan pasajes importantes, se ponen caritas tristes o felices, una risa en un valle de letras que lejos están de estar muertas. Pistas para alguien, para otro lector, quizá para uno mismo dentro de unos años, para que se pregunte y diga: «¿Por qué carajos me dio risa algo tan triste? Qué bueno que ya voy a terapia». Landeros termina por convencernos de que los escolios son microrreseñas.

La importancia del peinado: Leí sonriente, recordé la vez en que compartimos unos pulques y Landeros insistió en que debería comprarme un sombrero, asumir el look norteño. «Se trata de hacerse un personaje», dijo, o quizá no, quizá me inventé eso. Lo que sí es que las inquietudes de este ensayo me son familiares gracias a que él usa cangurera, shorts y botas rojas. Escribir es un oficio como cualquier otro, el error —y su virtud— está en que no hay un tipo, un uniforme… En los poetas sí, sus suéteres y rebozos, sus voces impostadas; pero un narrador o un ensayista, ¿qué diablos viste? Quizá sí deba comprarme ese sombrero.

Las huellas imposibles del shandysmo en México: Leduc y Novo habitan en estas páginas. Se reflexiona sobre lo irreverente, sobre aquello que desataría de inmediato, hoy en día, las alarmas por la cancelación. Son otros tiempos, dicen por ahí. Pero no estoy tan seguro. El escándalo siempre ha estado, y los escandalosos, ni se diga.

Bibliografía: Este es un error de edición. Landeros me lo comentó con un tono de enfado ya casi en resignación. Pero a mí me gusta. Me parece un lapsus interesante que en un libro de un ensayista que devora libros se coloque la bibliografía como isla, como cuerpo orgánico, lógico en sí y por sí. Se trata de un trayecto, otro paseo, un ensayo escrito en formato APA.

Nadie es tan desvergonzado como desea: El ensayo que porta el título genial del libro. ¿Qué es el tono sincero? ¿Qué ocurre en un diario cuando se procura lo desvergonzado? Editorializar la voz, el estilo, los hechos. Landeros un día me confesó que difundió una mentira que me involucraba. Inventó que nos habíamos defendido a golpes de un maleante. El maleante existió, la noche, las caguamas y lo incómodo de deshacernos de él también, pero jamás los golpes. Quizá si tuviera un sombrero sería de los que ni requieren esas invenciones.

Una cortesana japonesa: «Una carta de amor a El libro de almohada», diría una reseña que sabe ser reseña y que hasta cae en esas necedades de llamarle «carta de amor» a lo que no sabe describir. Se trata de un ensayo sobre el género de los catálogos poéticos. La cursilería enlistada. De nuevo, uso este término de manera positiva. Me autoproclamo cursi y creo que nuestra generación tiene algo con las listas, tradición resucitada por BuzzFeed.  

Gombrowicz, Kafka y los peligros que acechan en lo cotidiano: Este es uno de los ensayos más breves del libro y quizá uno de los que más me gustan. Mezcla análisis literario, reflexión y narrativa. Hay una especie de cuento borgiano metido en esas cuatro cuartillas. No olvidemos que Landeros escribe en los linderos. Decir más me haría caer en los insoportables spoilers.

Tratado sobre la incubación del ganso: La multiplicidad, esa propensión por irse por digresiones, iniciar con algo inocuo y terminar con el diablo en tu cama. Gadda, Hiriart, Calvino, Fausto y Porfirio Díaz entran a un bar, Landeros está en la barra escribiendo sobre desagües, aguas puercas, suicidios y datos históricos falsos. Agradezco que se dedique a la literatura, de lo contrario, ya estaría escribiendo las nuevas teorías de conspiración de QAnon sobre políticos devora bebés.

Escritores suicidas: Estamos en el Cerro del Chiquihuite, en los platos quedan los restos de lo que fueron chilaquiles verdes con sombrero y bolillito, de unos envases de yogur cada uno toma pulque de a quince pesos, la ciudad se extiende desde la terraza y de una bocina portátil suena mi lista de reproducción «Rancheras pegadoras».

—¿Tú lo harías?

—Claro.

Adaptación (del diario de un reseñista): Charlie Kaufman escribió Adaptación, una película sobre el proceso tortuoso de escribir… y de paso las orquídeas. Mi orquídea acaba de florecer. En el espejo me rasuro y a momentos mis ojos se ensanchan, parezco Nicolas Cage con su estilo de actuación que él llama chamánico. Escribimos de cositas que nos llaman, pero son excusas para tratar algo mayúsculo: se escapa entre líneas: en el espejo se ve mi iris, en ella se refleja un botón de orquídea que se aferra a no abrir.

El tono antiguo: Usando el libro de Erik Alonso, Los procesos, Landeros indaga sobre el ascetismo en la literatura, del tao como técnica novelística, a contraposición de cierto emprendedurismo, cierta avidez de mercado, de vender, ser leído y reseñado por Julieta Venegas. Al margen de la séptima cuartilla dibujé un código genético y escribí el nombre de Epicuro, eso fue hace un mes… ya no recuerdo a qué viene.

De nuevo me pregunto cómo será leído este ensayo por alguien que no participa ávidamente del mundo literario. ¿Se sentirá excluido? ¿Encontrará otras reflexiones? Sospecho que no, que quizá no es un texto amable, que quizá aquí se cae en la antropofagia de los escritores.

Gasterópodo I y II: Landeros, Hasam y yo vamos por la banqueta, cargamos varios sixes de Carta Blanca, nuestras ropas siguen húmedas por el aguacero que nos arruinó el paseo ciclista nocturno.

—Cuidado con los caracoles.

—No mames, se están comiendo un ticket del Oxxo.

Llevar a cuestas el hogar en una ciudad demencial. Se inunda e inspira a escritores para que escriban del desagüe. Pero también se agrieta, se agita, como perro bajo la lluvia, y entonces nos deja con una crónica sobre el terremoto y la pérdida de un departamento, sobre el cascajo del paraíso.

En estos dos ensayos/crónicas, Landeros escribe a modo de terapia, de confesión… el dolor de la pérdida… Esta también es de mis partes favoritas del libro porque nos sirve de respiro de cierta carga intelectual que puede llegar a ser cansada si se toma de jalón o a ratos donde no se tiene la disposición adecuada. Sea como sea, se agradece ver otro perfil del autor, uno sin el resguardo de las citas:

Favor de no pisar los caracoles.

Vila-Matas sur la table à repasser: Escribir es intentar acercarse a aquello que escribiríamos de ser capaces de escribir sin más ni menos. Por eso frustra. Por eso abundan los neuróticos… me incluyo. ¿Cómo saber si escribí recientemente? Estoy de malas. No es que no me guste, al contrario, es lo que más me gusta, solo que siempre es un intento, una mera aproximación. Y quizá deba agradecerse eso. Sentirse realizado, completamente satisfecho, suena aburrido.

Objetos encontrados durante una deriva en los primeros kilómetros del Gran Canal del Desagüe del Valle de México: Es El libro de almohada escrito por uno de los habitantes del desagüe: sus refugios de lona, con tres o cuatro perros rondando. Cabeza de muñeco de plástico, tarjetas de débito, conchas de mar, discos compactos, jeringa, cráneo de gato. Termina con esto el libro de ensayos de Landeros, con un listado que acurruca, que en su poética de la miseria nos niega un mejor futuro y con eso brinda el mejor argumento para conciliar el sueño.

No sé si diría que es variado el contenido de este libro. Creo que Landeros es sistemático, o quizá esa impresión se deba a nuestra amistad. Pero mi experiencia como lector es que las partes son un reflejo del todo. Uno y múltiple, pericóresis: una poeta japonesa, el desagüe, el peinado como extensión del artista, el suicidio como final congruente, las calles de los amantes, las notas al margen, andamios que vinculan, una bibliografía que decidió llamarse ensayo, los linderos se desdibujan, el autor los camina y los profana, eso sí, siempre cuidándose de no pisar los caracoles.

Sin embargo, esta sistematicidad puede ser tanto una virtud como un vicio. Creo que en ocasiones el lector se lleva la sensación de estar leyendo algo que ya leyó. Landeros tiene sus obsesiones, sus autores de cabecera, citas casi tatuadas. Esto le ayuda a ahondar, perderse en un lenguaje e imaginería propia de un profeta del fin del mundo; pero también puede cansar a un lector que no comparte esas obsesiones, que quizá no ubique el libro de los pasajes de Walter Benjamin o le valga tres kilos de caracoles Vila-Matas. Pero incluso teniendo ese bagaje, cachando esas referencias, los ensayos que reseñé se leen con mayor provecho y gusto tomando respiros: uno por semana: esto podría beneficiar la reflexión y no desaprovechar las aristas obsesivas de Landeros.

Para terminar, ¿recomiendo el libro Nadie es tan desvergonzado como desea? Sí. ¿Es deshonesta mi recomendación al tratarse de un amigo? No. Es precisamente porque lo escribió mi amigo razón por la que lo recomiendo. Como dije en su cumpleaños al brindar en su honor, «si solamente pudiera darle un consejo a mi sobrina y sobrino sería: hazte amigo de personas que admiras», o algo así dije, no lo sé, puede que la cuarentena empaña el recuerdo y me hace sonar mejor de lo que soné… aunque, eso sí, sin duda hubiera sido más lapidario de haberse dicho luciendo un imponente sombrero negro.