Y2K, el tiempo que se acerca

Alfredo Soto Guillén

¿Qué hacer?, se preguntarán los poetas. ¿Cantar? ¿Qué cantar? Su tiempo, dirán algunos. Y2K de Mario Bojórquez es un libro que nace en la frontera plenamente definida por el calendario entre un tiempo y otro, donde se vislumbra un cambio real para los tiempos.

En la última década del siglo XX el fin del milenio se acerca peligrosamente. La forma en que se vive cae en una espiral de cambios y la nueva constante es el vértigo, la velocidad, el cambio mismo. La tecnología evoluciona y se redefine a pasos agigantados, exige adaptabilidad. El grunge, Kurt Cobain, Pearl Jam y MTV. El último grito ahogado de una generación que se enfrenta a la realidad de una juventud que ya termina y hay cosas que enfrentar. El internet y los procesadores injertan su bobina para mover el mundo. Microsoft agoniza en el corazón tembloroso de la gente a unos meses del milenio. Nadie sabe, se especula, si en el milenio caerá el World Trade Center o si los satélites terminarán por sucumbir ante la gravedad.

Y2K es un libro que se gesta en este periodo extraño (el título evidentemente hace referencia a lo que se conoció como el problema del año 2000: Y=year o año, 2=dos y K=kilo o 1,000). Un poeta se enfrenta al tiempo y a la duda, es testigo de esta evolución y explora con floreciente afán el vértigo. La mirada va de sí mismo hacia su entorno. No se sabe qué nos espera más allá del umbral del cambio. ¿Cómo será? ¿Cómo debería ser? ¿Qué tiene que decir o qué puede decir una voz para que sea audible y resuene con prolongada vibración ante el augurio de días tan inciertos? ¿Cómo cercar la información para inscribirlos en acelerado ritmo de los nuevos procesos? ¿Y qué del verso en esta coyuntura? ¿Aun en esos tiempos la poesía saldrá avante?

En esos años Bojórquez arriesga una emocionante respuesta a estas interrogantes en el ensayo «La poesía del resentimiento», publicado en Círculo de Poesía y después retomado en el libro Reinventar el lirismo:

«Cuáles serán las características más peculiares de esta poesía nueva, no lo sabemos, pero creemos que incluirán una nueva velocidad léxica, la exploración de un lenguaje desde derroteros metalingüísticos, la utilización de diversas lenguas multimodales, una elaboración cada vez más compleja del légamo sintáctico».

Si la obra de Mario Bojórquez se caracterizó primero por una perentoria experimentación de las formas clásicas de la estructura poética y sus posibilidades rítmicas (Pájaros sueltos, Contradanza de pie y de barro, La mujer disuelta) y luego, por la asimilación de los mecanismos de verso en un lenguaje que promueve el desarrollo de los contenidos y los temas empleando ritmos más naturales a través de la mezcla de versos de variada medida (Diván de Mouraria, Pretzels, El deseo postergado), en Y2K el tiempo se busca una vedada música; una música oculta debajo de las sábanas; un ritmo interno o semántico y el mismo parece una prosa cadenciosa a veces o versos de súbitos encabalgamientos. Sin embargo, el resultado es una poesía de estricta hechura, como siempre en Bojórquez, donde ninguna sílaba rompe la línea secuencial del ritmo.

Asonantes elementos de la cultura se mezclan con el brío poderoso de rigor estético: las postales de provincia chocan con la gran urbe, un spaghetti con la flor de jamaica, la Cerveza Pacífico con un vino de Borgoña, Al-Mutamid (rey poeta de Sevilla) con Ibn Qötaiba, Bloodhound Gang, con Enrico Caruso.

El tiempo pasa directamente a ser un elemento base. Los primeros versos del primer poema («En el tercer retorno de tu letra griega/ cocino un spaghetti con flor de Jamaica») se harán presentes luego, en otra secuencia, con la que nos movemos a través de una voz autorreferencial: «Yo te digo/ que escribo un poema que empieza/ en el tercer retorno de tu letra griega». Asimismo, el tiempo se expresa adelantado: «y que las Hernández saldrán bailando en el poema más adelante». Y posteriormente en la lectura encontramos: «Aquí las Hernández bailan con sus hombres/ es algo de Santana y las percusiones retumban en las paredes del departamento». Así, los versos finales dan el cierre justo figurando un círculo que termina en desconocimiento, en incertidumbre:

El anticlímax llega con el taxi
me has pedido que llame al llegar
El spaghetti da vueltas por el cuarto
lo vuelvo a ver
y aún no reconozco las flores de jamaica

Las flores de jamaica regresan al principio, en un loop. Estas formas ya podíamos anticiparlas en la obra del propio Bojórquez, principalmente en Pájaros sueltos, Contradanza de pie y de barro y Pretzels.

La voz es identificable en un yo que compromete su discurso a un silencioso, objeto del discurso poético que, si no interactúa en el poema de forma activa, su función es la del receptor y pareciera que escucha de primera mano: «Así contigo/ ya no sé a lo que sabes». Es a quien se dirige el mensaje y también el hilo conector de todos y cada uno de los actos que componen el caótico confluir narrativo del poema. En otro poema la voz adivina las acciones del :

ahora estarás tirada bocabajo en la cama
leyendo una novela española
mientras tus pantorrillas se elevan sobre el dibujo de las sábanas
hay algo en tu cintura que se enciende con el roce del elástico
y piensas
todos pensamos en un momento del día
en aquel fuego que nos quemó y ansiamos
volver ahí al borde de ese incendio
pierdes la línea y lees sin leer
y luego te cuesta trabajo regresar a la escena
que el novelista español fraguó en horas de delirio

Es en torno a la figura de ese que los elementos se entretejen y aparece el andar de un hombre por las amarillas calles baudelaireanas de la metrópoli que nada tiene de suyo entre las ocurrencias de la cotidianeidad y los elementos de un mundo globalizado, Rulfo y Saba, el tiempo y la distancia, todo cabe en un solo referente ante los ojos de un hombre enamorado.

Ahora bien, existe un tono más tenue que fluye bajo la superficie de la narrativa y descansa en la situación del movimiento, el andar, como ya desde el siglo XIX, desde Baudelaire y Rimbaud, esos franceses conscientes de ser borrosos elementos de la ciudad que a cada paso, palabra por palabra, iban poco a poco significando. Así como los dadaístas que se abandonaron a un errabundeo de las zonas triviales para encarnar esa ciudad que vive y, más allá de toda concepción prefabricada, la carne misma del espacio que palpita. En «Ciudad» Rimbaud retrata la desazón del ciudadano moderno:

«Soy un efímero y no demasiado descontento ciudadano de una metrópolis que se juzga moderna, porque todo gusto posible ha sido eludido en el mobiliario y en las fachadas de las casas, así como en el diseño de la ciudad».

Nos remitimos aquí al proceder del yo en el tránsito de sus pequeños pasos por el monstruoso aglomerado de historias e individualidades al que llamamos «la ciudad»: en Y2K se frecuentan bares, mercados, peluquerías y calles inauditas; y en cada una la voz lírica va definiendo sus propios contornos.

Así, a lo largo de estos poemas, nos encontraremos con el tratamiento de una serie de temas y tópicos, como ya dijimos, llevados al vértigo de la inmediatez, pero manteniendo este sentimiento extraño de enfrentarse a los espacios, ya sea un cuarto compartido, un callejón de la ciudad, un auto en movimiento. Todo lugar se enfrenta al elemento de la voz y se agrega a un cuadro en el que no sabemos si el espacio modifica al yo o si, por el contrario, es la voz la que matiza el escenario, pero creando siempre un efecto de tensión estática, silenciosa y constante en la piel, como si de repente urgiera bajar el libro y dar una mirada alrededor y comprobar todo elemento cotidiano y casi imperceptible por fútil: el sillón un poco desgastado por el tiempo que guarda la forma de tu cuerpo por el uso; los objetos en la mesa, su familiaridad; el aire empieza a ser más evidente al tacto de tu piel, o bien, la despierta extrañeza ante la realización repentina de que estás habitando el mundo. Y2K es un libro que, al menos a mí parecer, logra aprehender y transmitir este sentido.

Bibliografía

Bojórquez, Mario, Memoria de lo vivido, Instituto Sinaloense de Cultura, México, 2019.

—, «La poesía del resentimiento», en Calderón, Alí y Gustavo Osorio de Ita, Reinventar el lirismo, Valparaíso México / Círculo de Poesía, México, 2016.

Ficha de los autores

Mario Bojórquez. Poeta, ensayista y traductor. Ha obtenido los Premios Bellas Artes de Literatura, Nacional de Poesía Aguascalientes (2007) y Nacional de Ensayo Literario José Revueltas (2010), el Premio Alhambra de Poesía Americana (2012), el Premiul Literature Fārā Frontiere de Transilvania, Rumania (2016), la Medalla Klísthenes del Demos Aigaleo de Atenas, Grecia (2017), entre otros reconocimientos. Su último libro es Memorial de Ayotzinapa.

Alfredo Soto Guillén. Poeta y traductor. Es autor del libro Por el sendero en la hierba.