Pero el cuento sigue siendo el rey

Saúl Valdez

Comúnmente en el panorama literario se dice que el cuento como género es menospreciado por las editoriales con el viejo, desgastado y excusado argumento comercial que versa en la lapidaria frase: “la novela vende más”. Este ninguneo nos permite a los autores elucubrar entre un vasto mar de alternativas con el fin de publicar nuestros relatos en otros terrenos, y en ese naufragio sinuoso se termina por desembocar en una isla llamada: “concursos literarios”, territorio fértil para cualquier fabulador deseoso de contar historias. Es precisamente aquí donde emana el libro de cuentos Nadie que me comprenda, de la escritora Patricia Carrillo Collard (Mazatlán, 1972), ganadora del Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2015.

Publicado por el Instituto Sinaloense de Cultura (ISIC) y Ficticia, editorial que apuesta al género cuento con un catálogo en el que resplandecen figuras como Marcial Fernández, Vicente Alfonso, Mauricio Carrera, Alfonso Orejel y Eusebio Ruvalcaba. Nadie que me comprenda es una obra trazada y diseccionada por un hexálogo del diletantismo oscarwildeano, cuyos 19 cuentos se tejen bajo la mirada de un personaje central, y que hace referencia a un adagio en el relato del propio Wilde, “El famoso cohete”: “Sostengo a menudo largas conversaciones conmigo mismo, y soy tan profundo, que a veces no comprendo ni una palabra de lo que digo”, al igual que “No tengo trono, ni reina, ni nadie que me comprenda”, de la canción “El Rey”, de José Alfredo Jiménez, creador del “Corrido de Mazatlán”, de donde Carrillo Collard es originaria, microuniverso del cual se apropia para narrarnos las historias de Guillermo, protagonista angular de la obra.

Oscar Wilde muere en 1900, mismo año en que Guillermo nace en la temporalidad narrativa como personaje de estos cuentos, paralelismo fútil y meramente ficticio para decir: “El rey ha muerto, larga vida al rey”, como presumiblemente Guillermo es retratado por su autora, hombre del nuevo siglo, aventurero, valentón, visionario y de palabra, es decir, todo un mazatleco, pero, a su vez, un ser que sucumbe ante sus propias debilidades y, como todos los hombres, los reyes mueren, pero mueren con la corona puesta sobre la cabeza.

En la primera parte de Nadie que me comprenda, “Lo importante no es si lo hice o no, sino que las personas crean que lo he hecho”, se desprende el cuento “Las chamacas y los chamucos”. Don Guillermo le platica a su amigo Gustavo, sentados en la Plazuela Zaragoza, mientras observa chanates y autos pasar por la 5 de Mayo, recuerdos fugaces absortos de una realidad que ya no existe, la historia de un Pontiac Bonneville rojo que el mismísimo rey de las tinieblas le obsequió de joven un día cuando caminaba por la Cueva del Diablo. Aquí, Patricia conjuga el lugar común frecuente en nuestra cultura occidental, el pacto fáustico: vender el alma al diablo. Este cuento es el punto de anclaje para lo subsecuente.

En la segunda parte, “Los niños empiezan amando a sus padres; conforme crecen, los juzgan; a veces, los perdonan”, aparecen cuatro relatos, destaco “Travesía incierta” y “Los domingos vamos al rancho”. El primero nos remonta a un Guillermo joven, cuando su padre lo embarca en Mazatlán con dos cambios y unos zapatos que le compró en el mercado, con el propósito de que el viaje lo convierta en hombre durante el estallido de la Gran Guerra, una travesía que no hace más que remontarlo a su hogar en Villa Unión, al caldo de pescado de mamá y a descubrir que en el reino donde habita solo es un simple principillo. “Los domingos vamos al rancho” es uno de los cuentos que sostienen el arco narrativo de esta colección de historias, sobre todo nos revela la constelación familiar. Aquí la protagonista es la sobrina de Guillermo, una niña inquieta que se resguarda de sus travesuras en las ramas de los árboles, proliferación textual del imago paterno ante la punición de la madre. Guillermo es el tío bonachón, un explorador y un héroe para sus sobrinos: “El tío ve su reflejo en las caras de los niños. El deseo de aventura, la fantasía sin límites, las ganas de comer historias”, así les habla sobre un cocodrilo en el río, del tesoro escondido por los piratas Sir Francis Drake y Tomás Cavendish o de su vida circense en compañía de su hermano Jaime.

En el tercer apartado titulado “En asuntos de vital importancia, el estilo, y no la sinceridad, es lo esencial”, se asoma en cuerpo entero el elemento lúdico indispensable en la cuentística. Con “La fiesta de San Juan”, “Una visita inesperada”, “El velorio”y“Carta a la sobrina”, la autora nos muestra el rigor narrativo, la mesura como escritora y la evocación de lo mazatleco. El chisme es el tema transversal donde todos conocen a todos, un puerto que es pueblo chico, infierno grande. Así, el mitote se enmaraña como red social y mueve a la gente que se invita por sí sola a las fiestas y a los velorios, para bien o para mal hay que estar ahí. En “Carta a la sobrina”, relato epistolar, Guillermo de los años 30 escribe a su sobrina Pecolina las vicisitudes por las que pasa cuando vuelve a embarcarse, esta vez como turista a Nueva York, pero confundido con un polizón, tiene que trabajar en las calderas y repite su travesía por Sudamérica y el Caribe, convirtiéndose en un héroe inverosímil hasta tocar tierra de nuevo en la Gran Manzana, mareado por los edificios; es ahí donde conoce a José Limón.

La complejidad humana que encierra Guillermo o Don Guillermo (dependiendo la época) para ser amado u odiado se remarca en el siguiente racimo de cuentos: “Los corazones se hicieron para romperse. Por eso Dios manda tristeza al mundo”, integrado por “Perdidos”, “El ciclón”y “La serenata”, los cuales revelan la tragedia, el dolor, la enfermedad, la muerte, el arrepentimiento, los celos y la fragilidad por la que atraviesa el rey y de quienes lo rodean, principalmente de Lucía, su esposa, y Elena, su hija.

Finalmente, en la quinta y sexta parte, “Yo no quiero ir al cielo. Ninguno de mis amigos está ahí” y “Mejor ser un cohete caído, que no haber resplandecido nunca”, las narraciones giran en torno a un personaje completamente transformado por el paso del tiempo, mas sigue siendo Guillermo un hombre polarizado, bondadoso y un Don Juan hecho a la antigua, pero también es severo, arbitrario e incluso cruel, como lo dicta su nieta en el último de los relatos.

Los escritores, como mencionó David Grossman, saben a la perfección cuándo recontar una historia y, a su vez, descubren si hay otras soterradas. Justamente Patricia Carrillo encuentra en Guillermo la arqueología humana, la complejidad y las contradicciones que permiten sumergir a sus personajes en múltiples historias de manera formal. Por eso el cuento es utópico, para los narradores exige la perfección, cosa que no sucede en la novela, donde el telón narrativo puede caerse obedeciendo a las necesidades del lector, mientras que el cuento exige mayor vinculación cognitiva.

Nadie que me comprenda es un libro de cuentos que refleja la plasticidad de los géneros, contrario a lo que podría hacernos creer con una dosis de ingenuidad: que lo que tenemos en las manos bien puede ser una novela. Como José Alfredo Jiménez en su Rey, “hay que saber llegar”, y Patricia Carrillo Collard traslada al lector hacia una nostalgia placentera; evoca lugares como Olas Altas, la Catedral, la Plazuela Zaragoza o el antiguo Banco Occidental; texturas, olores y sabores sazonados por el pescado zarandeado, los tamales, la machaca, los guamúchiles; el recordatorio de apaciguar el apabullante calor con una cerveza Pacífico, unos raspados o un boli. En suma, el sentido de pertenencia y del orgullo mazatleco tatuados en el lado izquierdo del pecho. Con ello aspira a lo que todo autor busca: la universalidad de lo que se cuenta. Ya lo decía Ignacio Padilla, el cuento siempre será el soberano secreto de la narrativa, el cuento sigue siendo el género rey de la literatura… larga vida.

Fichas de autores

Patricia Collard
Narradora. Mereció el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2015 en la categoría de cuento por Nadie que me comprenda.

Saúl Valdez
Narrador. Es autor de Parábola del venado.