La palabra canoa (“nave de un madero”, kanawa en arauaco, préstamo del taíno canoa) fue registrada por primera vez en español por Cristóbal Colón en 1492, de acuerdo con Joan Corominas, autor del Diccionario crítico etimológico de la lengua castellana; como todo préstamo o neologismo que una lengua adopta, es consecuencia de la incapacidad de nombrar una realidad desconocida; Colón intentó describir estas embarcaciones como almadías, pero la imprecisión, la ambigüedad, lo obligaron a asimilar uno de los primeros indigenismos en el español. De aquí pasó al italiano canotto, al francés canoe y al alemán kanu. De esta última lengua llegó al croata kanu (kanua en plural); aunque la llegada al croata no esté del todo documentada, quizá se deba a la popularidad de los deportes acuáticos en Europa central a finales del siglo XIX y a lo largo del XX. El contacto entre lenguas, entre culturas, entre individuos, en última instancia, y la asimilación de elementos léxicos que resulta de él, es la evidencia más contundente de que la necesidad de comunión y reconocimiento ajeno es intrínseca a la condición humana. Los engranajes de la historia se movieron de tal forma que permitieron que llegara a nuestros ojos el siguiente fragmento:
“Na tom su tihom jezeru tvoje crne oči
Još do nedavno bile dva indijanska kanua
Koja bezbrižno veslaju beskrajem svemira” (Tomija Bajsić, “Dvadeset i sedmi dan”, p. 64).
Este contacto entre individuos cuyas lenguas son mutuamente ininteligibles requiere del ejercicio de la traducción. De hecho, George Steiner pensaba que la traducción era inherente cualquier acto de comunicación. Puntualmente escribió:
“la traducción está implicada formal y pragmáticamente en cada acto de comunicación, en la emisión y en la recepción de todas y cada una de las modalidades del significado, ya sea en el sentido semiótico más amplio o en los intercambios verbales más específicos. Entender es descifrar. Atender al significado es traducir”.
Sin embargo, cuando uno se embarca la empresa de la traducción se enfrenta al aparente oxímoron de la intraducibilidad, que, según el mismo Steiner, es inseparable de esta práctica, especialmente a las obras literarias profundamente arraigadas a su lengua de origen y, de forma más específica, al marco cultural en que fueron escritas. El traductor necesariamente perderá matices, juegos de palabras, insinuaciones que, si se intentan reproducir en la lengua destino, harán que la casa de cartas que es el sentido del texto colapse.
Por ello, concluye Steiner, el hecho de que la traducción sea posible es poco menos que un milagro. Que nosotros podamos acceder al corpus de poesía recopilado Versópolis. Nueva poesía europea (sus más de 80 poetas, de los 27 países de la Unión Europea, más Luxemburgo y Estonia, de prácticamente todas las 24 lenguas oficiales reconocidas por la Unión Europea) en español, es también poco menos que un milagro.
Desde el prefacio de esta recopilación de poesía se anuncia que, lingüísticamente, el continente europeo (y por extensión, sus literaturas, y más aun, la obra aquí recopilada) es una granada (el fruto): “Ningún grano es igual a otro, cada uno alberga su propio sol, su propia historia y experiencia, sus propias libertades, transgresiones y amores”.
Indudablemente, cada lengua supone un marco referencial hacia el mundo; una acotación, un filtro de la experiencia. Sin embargo, las lenguas son solo partes del gran entramado antropológico que es la existencia humana; existen otros procesos (históricos, sociológicos, biológicos, incluso; culturales, en suma), que son comunes a los grupos humanos que conforman lo que entendemos como Europa y que, por consiguiente, nos permitirán distinguir rasgos similares entre los granos de la fruta. Versópolis demuestra que, pese a la diversidad lingüística europea, existen experiencias humanas compartidas que la traducción nos permite reconocer.
En primer lugar, me permito distinguir cómo las Grandes Guerras, si bien ya no permean ni son el motor creativo, como lo serían al principio del siglo XX, en plena efervescencia de la vanguardia, por ejemplo, sí se ciernen como una influencia indirecta, como una anotación histórica:
“No tomes fotografías, me advirtieron
antes del viaje, deja que te arrastre,
que te lleve lejos (…)
No hablaré de Auschwitz.
Cuando
pienso en mi patria, me quedo en silencio” (Petar Matovic, “No hablaré de Auschwitz”, pp. 323-324, Trad. Adalberto García López).
O ya como la actualización de la experiencia mediante la voz poética:
“Al poco tiempo, una granada antitanque cerca de Dubrovnik
Te sacaría de la atmósfera,
Viviste 23 años
Hace siete
Habíamos conducido implacablemente por toda Europa
Hasta ese control del Chetnik en Plitvice.
Fue durante la Pascua
Y pasamos por las Grandes Puertas de la Guerra”
(Tomica Bajsic, “Las Grandes Puertas de la Guerra”, p. 67, Trad. Mijail Lamas)
En segundo lugar, me parece que otra pauta identitaria que podemos distinguir en el cuerpo de Versópolis es la intersección del aforismo y la poesía. Si bien, por sus orígenes antiquísimos y por la virtual omnipresencia de esta expresión literaria (me refiero al aforismo), se podría intuir que se trata de una pulsión inherente a la creatividad verbal (a la necesidad de comunicación, en última instancia), los poemas breves y contundentes acogidos en esta antología comparten una visión del mundo que, lejos de intentar ser universal, está profundamente enraizada en la experiencia individual:
“estoy solo/ y las cosas miradas mucho tiempo/ pierden/ lentamente/ su belleza” (“Segundo cuadro de una película sobre la tranquilidad”, Ana Dragu, p. 185, trad. Roberto Amézquita).
“cuanto más claramente huimos hacia el inmaculado futuro/ más oscuramente somos arrastrados al polvoriento pasado” (“Idea de escape”, Renate Aichinger, p. 23, trad. Gustavo Osorio de Ita).
“es la línea de tu mano sobre mi cuerpo” (“Paz”, Tíbor Hrs Pandur, p. 363, trad. Samuel Rivero).
Estos poemas breves, afilados como un pensamiento repentino, revelan cómo la experiencia individual puede concentrarse en unas pocas palabras hasta adquirir la densidad de una propuesta filosófica. La concisión del aforismo no busca universalizar la experiencia, sino iluminar, desde una perspectiva íntima, un fragmento del mundo. Sin embargo, en esa intimidad ya se insinúa una tensión que atraviesa buena parte de la poesía reunida en Versópolis: la relación entre identidad y desplazamiento, entre pertenencia y extrañamiento. No resulta extraño, por tanto, que otro de los procesos humanos que emergen con fuerza en esta antología sea el de la migración, una experiencia que confronta al individuo con la otredad y con la necesidad de redefinir su lugar en el mundo.
De tal modo que otro proceso antropológico que se atestigua en las páginas de este libro es el de la migración: el impacto del proceso en lo individual, en la soledad, pero también en lo colectivo, en la unidad social de la familia; la conciliación de sus historias; pero cuyo impacto más profundo es la sensación de extrañamiento y otredad (en la esfera de lo estético, lo social, e incluso lo lingüístico) que ella implica.
Lo evidencia así, por ejemplo, “La perseverancia”, de Raymond Antrobus, poeta jamaicano-británico, en traducción de Diana Bustamante:
“los camotes hervirán, en cualquier momento
comeré otra vez con mi padre,
que cocina y sirve la risa
tan bien como cualquier jamaiquino desaparecido
de la isla que antes probé
exagerando nuestro calor y perseverancia” (p. 51)
Es también un ejemplo de esta otredad que hablaba “El limonero”, de la poeta franco-italo-argentina Samantha Barendson, que en su versión en español apunta:
“Desaparecido.
Durante mucho tiempo pensé que había desaparecido. Para muchos, ‘Desparecido’ no evoca nada, un hombre que se fue a buscar tabaco y no volvió nunca más. Mientras que para el argentino, el uruguayo, el chileno significa secuestrado, encerrado, torturado, asesinado; totalmente borrado”. (p. 79).
Este reconocimiento de la otredad lingüística aparece también en “Kumukanda”, del poeta Kayombo Chingonyi (en sobresaliente traducción de Adalberto García López), británico de origen zambio, cuya voz poética, en un ejercicio de proyección hacia lo abandonado, la identidad, la cultura de los antecesores, cuestiona:
“Si mi yo alterno, que nunca se fue, pudiera verme
¿qué pensaría de estas pretensiones literarias,
esta necesidad de hablar en una lengua que no es la mía?
¿Sería extraño para mí como yo para él, frunciendo el ceño
Mientras me saluda en el idioma de mi padre
Y el padre de mi padre y el padre del padre de mi padre?” (p. 155)
Algo similar ocurre en “Ir a ninguna parte, llegar a alguna parte”, de Anthony Vahni Capildeo, poeta británico de padres trinitarios; en su poema, incitando el monólogo filosófico de la voz poética se pregunta:
“¿Cómo fue que hasta que me interrogaron, hasta que me desplazaron para obtener una respuesta, pensé en mí misma como alguien que tiene un país, o quizás alguien que ha dejado un país? La respuesta descansa periféricamente en la amenaza, en el interior; principalmente en lo deslenguado, en la palpitación de adentro. Era Trinidad. Es Trinidad” (p. 135, Trad. Adalberto García López).
Como vemos, una porción de los poemas contenidos en este libro dan un asomo temático a la migración, como una experiencia que pone al individuo en un espacio de otredad: de no-nación, preso de una necesidad de conciliar las Historias que lo atraviesan.
En una tercera instancia, me parece que un motivo temático de cierta importancia es la ausencia. Pareciera que una parte de los poetas aquí antologados (o de la poesía compilada en este libro, tal vez atendiendo a la “personalísima curiosidad estética de quien traduce”, el seleccionador dixit) tiene interés en abordar la no presencia de alguien, generalmente un fallecido; no el fenómeno de la muerte en sí, sino el impacto que deja en los que se quedan.
Tal es el caso del poema “Heroína”, de la poeta Adisa Bašić, traducido por Sergio Ángeles:
“Bajo algún césped intacto.
Bajo algunas hojas apiladas
Él se fue y se fue y se fue
Y tú guardas un recuerdo aburrido.
Su rostro: una flor aplastada” (p. 95).
Es también un motivo la ausencia en el poema sin titular de Marija Andrijašević, traducido por Andrea Rivas:
“mi viejo se suicidó
fue al trabajo a la una de la mañana con una cuerda en su bolsillo (…)
lo buscamos durante un mes con cinco días.
queríamos creer que estaba vivo y loco en algún lugar” (p. 39)
Por último, quisiera hacer un apunte a algo que Adalberto nota en el posfacio a esta edición: siguiendo a Octavio Paz, declara: “la traducción y la creación ‘son operaciones gemelas’. Es decir: el lector es testigo de un doble ejercicio de creación: la del poeta y la del traductor”. Las traducciones encontradas en esta selección de poesía son ejercicios titánicos, sobresalientes. Como ejemplo, las de Mijail Lamas, Roberto Amézquita, Alfredo Soto, Raúl Durán, Andrea Rivas, Adalberto García, Gustavo Osorio de Ita, Mario Bojórquez, Alí Calderón e Indira Díaz, por mencionar algunas. Quisiera agregar que, aunado al doble ejercicio de creación, el lector encontrará un coro de voces: la del autor, las que forman su Cultura, la del traductor, las que forman su Cultura (estas últimas quizá le sean más discernibles). Así, a través de la lectura de esta antología, presenciamos un milagro y un juego de voces que son un necesario recordatorio que, aun estando a una distancia inescrutable, existe alguien cuyas pasiones nos son familiares.
Alfonso Aispuro (Culiacán, 1991) es docente, escritor y traductor. Es egresado de la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Ha publicado ensayo y reseña en las revistas Fricciones, Timonel y sus traducciones han aparecido en la revista electrónica Círculo de poesía. Desde el 2015 se dedica a la docencia en las áreas de lengua y literatura en distintos niveles educativos.