Volver a Rosario Castellanos tanto como sea posible

Por Sonia Higuera

La primera vez que leí a Rosario Castellanos tenía diecinueve años. En aquel entonces lo hacía de manera voraz. Y no lo digo en el buen sentido: me apresuraba con el objetivo central de terminar un libro al día. Así fue como llegó a mis manos Mujer que sabe latín cuando aún estudiaba filosofía y apenas había conocido a Platón, Aristóteles, Kant, Hegel, Schopenhauer y Heidegger, por mencionar algunos. La descubrí por mi cuenta, sin orientación, sin saber qué esperar, como una lectura que me había encomendado leer sin un propósito particular de entre el montón de libros de escritores, aunque la descubrí como una escritora excepcional. No fue sino hasta que egresé que me di cuenta del androcentrismo y sesgo que había en la academia. ¿Cuál era el  motivo por el que nadie la había mencionado en el aula, siendo una tremenda filósofa? Con mayor asombro que voracidad, leí cuentos y ensayos suyos que produjeron en mí una evidente admiración. Volví a leer Mujer que sabe latín y, en ese momento, me percaté de que la única autora que pasó por mis manos en esa época fue Rosario Castellanos.

Me fui forjando la idea de estar ante una escritora única, pero como dicen ella, Virginia Woolf y Simone de Beauvoir: era necesario buscar a todas las otras, bucear en el infinito y vasto campo de la literatura. No era evidente que existieran otras mujeres que formaran una genealogía, pero, reflexiona Marcela Lagarde, esa falta de referentes —o mejor dicho, la falta de espacios donde encontrarlas— fue lo que me impulsó a buscar y conocer más escritoras, a abrir una librería especializada en ellas y a crear una plataforma literaria liderada por escritoras de habla hispana. La misma Castellanos, en Mujer que sabe latín, señala: “La mujer ha sido siempre una figura lateral en la historia de la cultura; es preciso ir a buscarla, rescatarla, traerla al centro”. Lo que narro sucedió veinte años atrás, pero lo cierto es que la vigencia de sus afirmaciones es incuestionable. Tamara Tenenbaum, en su obra Un millón de cuartos propios, señala que la idea de dialogar con los clásicos para mantenerlos vivos es urgente:

Los clásicos me sirven para ver con un poco más de claridad qué es un ruido y qué no entre todas las inquietudes que me produce el presente; qué de lo que parece nuevo no es tan nuevo, y qué de lo que hoy me ocupa está dando vueltas en la historia del pensamiento desde mucho antes, y probablemente siga circulando mucho tiempo más. Un millón de cuartos propios.

Rosario Castellanos afirma: “La mujer que escribe trafica con lo prohibido; entra en terrenos que no le estaban destinados”. Cuánto agradezco que la obra de Rosario Castellanos circule en FCE, y cuánto pienso en la reacción que ella habría tenido frente a la reciente declaración del director de esta institución sobre los poemarios “escritos por una mujer, horriblemente asqueroso de malo”. Me pregunto cómo habría respondido ella, tras afirmar que “El lenguaje es un arma: puede herir, puede condenar, puede excluir” (Mujer que sabe latín). Seguramente habría cuestionado quién determina que una obra poética es buena o mala; quién decide si una novela merece ser publicada; quién valora realmente la trascendencia de una obra de dramaturgia. Podría ironizar, pero no es mi intención intentar emular su método. Quizá se habría planteado si la finalidad del director en turno era cuestionar que las mujeres escribieran, criticar las cuotas de género o evaluar la calidad de lo que ellas producían, para cuestionar la violencia simbólica al referirse al trabajo de una escritora. Buena o mala según quién. En cualquiera de estas posibilidades, el juicio resulta problemático.

Me pregunto si los cuestionamientos que ella plantea en Sobre la cultura femenina no tienen hoy incluso mayor resonancia, en una época en la que se denuncia que tantos filósofos y pensadores hablaban de “la mujer” de manera peyorativa, cuestionando su intelecto, su formación y su capacidad. Aunque pareciera que esos discursos quedaron atrás, escuchar semejantes afirmaciones no deja de ser impactante en una sociedad civilizada como en la que vivimos. En este sentido, podría surgir un nuevo cuestionamiento: ¿cómo se define un buen poemario que no sea “asquerosamente ridículo de malo”, escrito por un hombre? No vayan a hacer alarde del mansplaining para ejemplificar tal o cual respuesta. 

A Rosario Castellanos le ocupaban diversos temas, y mediante sus obras nos presentaba la forma para cuestionar las ideas que teníamos arraigadas. Un ejemplo del abanico de problemáticas sociales que exponía era el colonialismo. ¿Qué conciencia social se encuentra en Balún Canán, en esa voz poética de una niña que narra cómo su nana —su protectora, su mentora— posee menos derechos que ella misma a sus apenas siete años? Allí escribe:

Mi nana es la que sabe; yo apenas aprendo. Pero ella no puede mandar: eso lo aprendí antes de aprender a hablar.

La vigencia de estas reflexiones queda de facto en los estudios de género contemporáneos, especialmente en los enfoques interseccionales propuestos por Kimberlé Crenshaw en la década de los noventa. Rosario Castellanos era consciente de que la etnia y la clase social son formas de opresión que nos atraviesan a hombres y a mujeres por igual. Todo ello lo planteaba directa o indirectamente a lo largo de su producción literaria. Pero es innegable el profundo interés que tenía en las mujeres. 

Rosario Castellanos incursiona en el análisis de las variadas representaciones de las mujeres. En Álbum de familia, por ejemplo, cuestiona los roles y arquetipos de las mujeres en distintos escenarios. Aquí las protagonistas comparten el hastío y la evocación del pasado desde el presente, a pesar de que se encuentran en situaciones cotidianas. Y es que, como señala Sara Uribe en una entrevista con Mónica Maristan sobre su libro Memoria que arde, Rosario expresa en toda su obra “sus distintas maneras de ser”. Esto se aprecia en sus cartas a Ricardo y en sus artículos de opinión, donde se revela una faceta íntima, lúcida y profundamente humana.

Es justamente en Cartas a Ricardo, compilado por la UNAM, que podemos echar una ojeada a la correspondencia de ella, y cito: “[…] la victoria de Castellanos es nombrarse y contarse como le da la gana hacerlo, cuando le da la gana hacerlo y en la forma que necesita decirlo. Todo ello nos permite conocer una serie de Rosarios”.

En verano tuve la oportunidad de visitar la exposición “Un cielo sin fronteras”, del archivo inédito que se exhibió en el Colegio San Ildefonso. Gabriel Guerra Castellanos, hijo de Rosario, compartió: “Si tuviera que escoger uno [objeto] entre todas las cosas que tengo de mi madre, sería la máquina de escribir. Todas las tardes regresaba ella… Y se encerraba un rato para escribir. Yo escuchaba el tecleo y, cuando terminaba, era mi señal de entrar o asomarme”. Esa imagen —madre-escritora— me pareció  profundamente potente. 

La grandeza de Rosario reside en que veía con claridad las desigualdades en todas partes. Su conciencia social apostaba por las mujeres y abonó en una medida enorme al  feminismo, a nombrar el racismo y factores como la etnia y la clase que oprimen a los individuos. En ese sentido vale la pena traer a colación que la justicia no llega para todos al mismo tiempo. A veces no llega nunca (Balún Canán). La claridad y crítica que tenía de aquellos temas vigentes en su época y en la nuestra evidencian la urgencia de seguir leyéndola.

En su discurso La abnegación: una virtud loca, dictado un Día Internacional de la Mujer, Rosario Castellanos celebra la incorporación de las mujeres a las aulas, pero al mismo tiempo cuestiona por qué, aun con estudios, muchas no llegan a ejercer su profesión debido al mandato de la abnegación y al recato asociado al matrimonio. Señala cómo estas expectativas sociales les exigen renunciar a sus aspiraciones para cumplir con un ideal femenino que nada tiene de virtuoso. Por eso, insta a las mujeres a desprenderse de la abnegación: no como un gesto de egoísmo, sino como un acto de liberación frente a un condicionamiento que les limita la vida.

Sesenta años después, seguimos enfrentando preguntas similares. La ausencia de mujeres en los espacios de toma de decisiones. Aunque hemos avanzado, persisten obstáculos como la brecha salarial, la violencia política de género y la falta de condiciones que permitan a las mujeres participar plenamente en la vida pública. Urge construir políticas que no solo reconozcan su presencia, sino que también garanticen su papel como protagonistas de la historia.

Para mí, volver a Rosario Castellanos es volver a aquella primera lectura hecha con prisa; ser nuevamente la joven de diecinueve años que no sabía que tenía entre las manos a la primera escritora que luego se multiplicaría en muchas más. Es volver a los libros que formaron una mirada y reconocer que, desde entonces, Rosario abrió una grieta por donde entró una forma distinta de pensar a las mujeres, a la escritura y al mundo. Hoy la vuelvo a leer —sin prisa, con otros ojos, con otras preguntas— y encuentro que su obra sigue nombrando. Por eso vuelvo a ella cuanto sea posible: aquella primera lectura ya no me pertenece, pero la claridad que hoy encuentro en su obra sí.

Sonia Higuera. Es fundadora y directora de Tejiendo Historias, una plataforma que ofrece talleres dirigidos por escritoras de habla hispana; asimismo, encabeza el sello editorial mexicano Tejiendo Historias. Uno de sus proyectos en marcha es la librería Sra. Dalloway, que se distingue por contar con un catálogo exclusivo de libros escritos por mujeres.

Ha publicado y coordinado la antología de cuentos Destejiendo Heridas (Tejiendo Historias, 2021), así como la antología de ensayo, cuento y minificción Medusas (Tejiendo Historias, 2022). Su ensayo “De cómo aprendí a ser madre” fue incluido en la antología Materna (Fondo Blanco, 2022). Bajo el sello Tejiendo Historias publicó recientemente la plaquette Mundos posibles (2025) y en noviembre verá la luz su tercera antología de cuentos, Sombras del desasosiego.

Actualmente, trabaja en una antología de ensayos feministas y en la edición de su primera novela. Además, lidera el Festival de escritoras y artistas sinaloenses, se desempeña como tallerista, conferencista y escritora comprometida con la difusión de voces femeninas en la literatura contemporánea.

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