Cartografía enferma, una crónica de Jorge Iván Chavarín Montoya

La mujer busca un lugar cerca del puesto de salchichas, espera la carroña de los platos a medio comer. Viste shorts cacheteros y le faltan cuatro dientes: dos por las caries y los otros dos por una pelea con otra chica por una pintura de uñas. Suspira por los años en que era hermosa y los mulatos que se formaban para invitarla a salir. Aún le faltan otros cinco cuc para poder irse a casa. Lo mínimo que debe llevar por noche para no ser golpeada. Se acerca a los turistas, pero estos le temen como si se tratara de un espantajo. Las horas pasan y sólo ha podido hinchar su barriga con embutidos rancios que recoge del piso. También ha guardado algunos trozos para Manuel, no puede dejar de preocuparse por él. Los transeúntes han disminuido y su desesperación es todo lo contrario. No quiere que Manuel la golpee. No quiere perder más dientes ni dormir con el abdomen frío. 

Apenas se ven pasar algunos compatriotas que poco dinero pueden darle, más por lástima que otra cosa. Le desean buenas noches como a cualquier persona. 

Un hombre caucásico con una pelirroja en brazo pasa por Maceo para acortar distancia. Son extranjeros: las camisas Adidas y el aliento a langosta con mantequilla los delatan. Es en ese momento cuando ella decide saltar sobre la espalda del hombre: un salto de fe acompañado de un agudo grito que le taladra los oídos a la pelirroja. Y el hombre sólo puede sentir las extremidades manoseándose como pulpo y el aroma a sudor, orines y sangre que se embarra en su piel. Sólo cinco cuc. —Y el grito se perdió en el Caribe. 

Plaza Maceo, La Habana 

En Japón no es fácil ver a un vagabundo, ellos tienen vergüenza de lo que son, de lo que representan en un país donde el honor lo es todo; por eso se ocultan a la luz del día y para llegar a ver uno hay que ser paciente y saber dónde buscar. No los encontrarás tirados en la calle con una botella buscando la pena ajena para conseguir algunas monedas, sino camuflados bajo desechos de cartón o plástico de algún contenedor. 

Por el corredor comercial de Dōtonbori, en la ciudad fiestera de Osaka es posible ver algunos vagabundos después de las 3 de la mañana. Cuando los turistas se han ido a dormir o se han refugiado del frío en algún bar, ellos llegan buscando las sobras de curry o ramen que amablemente les son guardadas por los encargados de los turnos nocturnos. Sólo llegan a cadenas nacionales pues su metabolismo ha sido incapaz de acostumbrarse a las hamburguesas y pizzas. 

Tienen rostros de filósofos olvidados, de genios con los ojos marchitos por el desvelo y la piel lacerada por los años oscuros. Para los jóvenes nipones ellos son invisibles, un incómodo recuerdo de Hiroshima o de la guerra a Corea: demasiado distante para importarles más allá de los momentos en silencio que hacen en las escuelas cada año para conmemorar los días en que las bombas cayeron.

Con las sobras puestas en envases reutilizados que ellos mismos han obtenido se sumergen como buzos entre los contenedores de plástico y cartón para desprenderse de ese mundo al que ya ven bastante ajeno. 

Dōtonbori, Osaka 

Marissa intenta mover su cuerpo, pero la hinchazón de sus piernas y manos se lo impiden, emula a una tortuga bocarriba. Grita el nombre de alguno de sus hijos, pero nadie contesta. Recuerda su infancia en El Tule, corriendo por los surcos de maíz hasta llegar a Culiacán para estudiar derecho y enorgullecer a su madre con un título en piel de cerdo. Después se aburriría de los empleos mal pagados y cruzaría al otro lado con apenas una mochila roja cargada de ropa y un walkman Panasonic con un casete de Chayanne y otro de Enrique Iglesias. La casa está sola y eso le gusta. 

No recuerda el día exacto en que las protuberancias empezaron a aparecer. En el centro de Los Ángeles conoció a Armando, quien fumaba Marlboro rojos y bailaba salsa mejor que cualquier otro chicano. Tal vez siempre las tuvo, pero nunca se había percatado del dolor hasta que se asemejó al fuego. En una capilla a las afueras de la ciudad se prometieron estar juntos en las buenas y en las malas. Para esas fechas la comezón ya había iniciado, pero la calmaba con cremas y bicarbonato. Qué vida podía esperar por una boda de cincuenta dólares con fotografía incluida y un juez vestido de Elvis. 

El cuerpo le duele y siente cómo la espina dorsal se puede romper en cualquier momento como si se tratara de un picadiente. 

Sabe que sus niños están afuera llenando sus barrigas de más de 100 kilos en un McDonald’s o en Taco Bell. Maldice a Armando por habérselos hecho y más lo maldice cuando recuerda cómo la abandonó. Cuando la enfermedad ya era insoportable, su cuerpo hinchándose como globo hasta que le fue imposible pararse. Él empezó a verse con otras mujeres en moteles y después en su propia casa, al fin y al cabo, ella no podía levantarse de ese sillón tapizado de almohadas. Un día simplemente él ya no regresó, la abandonó sin decir nada junto a tres niños que tomaban los pocos dólares del buzón que su padre les enviaba semanalmente para irse a refugiar a alguna cadena de comida rápida. Ya es tarde y sus niños todavía no regresan; y de una forma retorcida eso la hace muy feliz. 

Huntington Park, California 

La última vez que estuvo por encima de las caderas de alguien fue cuando vivía en el vientre de su madre. 

Tomaban el metro desde muy temprano rumbo a la Arena México. La abuela cargando la canasta de chicharrones y huevos cocidos, y él, haciendo un esfuerzo con pasos de pingüino, con una vieja mochila de la wwe, protagonizada por Rey Misterio. La abuela le contó que, cuando la partera por fin lo pudo sacar, después de varias horas de estarlo acomodando, lo sumergió en agua bendita y rezó dos Aves Marías y un Padre Nuestro para sacarle el Chamuco. Cada vez le era más fácil soportar las miradas curiosas de las personas al entrar o salir del vagón, sin embargo, las risas o las bromas de los niños le seguirían estrujando el alma por muchos años más. También fue la primera y última vez que vio a sus padres juntos. Las proporciones de su cuerpo le impedían hacer otra cosa distinta que hacerse cargo del botellón de la salsa, que se balanceaba de un lado a otro por su mochila, mientras él cuidaba su equilibrio entre las piernas de la gente. El padre, que ni siquiera esperó a que su esposa despertara, huyó al otro lado con sólo ver los diminutos y torcidos dedos de su hijo. 

Bajaban en la estación Cuauhtémoc, y ahí la abuela le colocaba una vieja máscara de La Parka original para después palmarle la cabeza como si fuese un perro bravo, recordándole que por ningún motivo se la quitara. La madre aguantó un poco más; durante algunos días intentó cargar lo que había expulsado de sus caderas, pero el ritmo de sus corazones no armonizó. Le bastaba con escuchar los primeros gritos de la vendimia, así como ver los volantes de la estelar tirados en el piso, para recordarle el por qué los días en la Arena México eran su parte favorita de la vida. 

La anciana repartía huevos cocidos y chicharrón en platos de unicel; él vertía la salsa como si cargara un cilindro de gas, cuidando de no distraerse con los pierrotazos o los ataques aéreos desde la tercera cuerda que tanto lo impresionaban. Lloró al ver el rostro de su hijo y no permitió que esos labios partidos le sacaran leche. El choque de los luchadores en la tarima le parecía como truenos que, lejos de asustarlo, le generaban una euforia que le daba energía para seguir por toda la Arena. Lo alimentaba con leche bronca que le compraba a la vecina y lo dejaba llorar hasta que se dormía. Cuando la anciana se cansaba, la pequeña Parka original preparaba unos platos surtidos y los ofrecía entre las filas. Le dijo a su madre que se encontraría en Phoenix con el esposo que la abandonó, y le prometió que cada mes le haría depósitos que nunca llegaron. 

Terminado el producto, la abuela se sentaba en alguna butaca sobrante para contar las monedas y le daba permiso de ver las luchas. Dejaba la botella y la mochila en el suelo y, acelerando su paso de pingüino, se dirigía hasta lo más enfrente que los guardias se lo permitían. Veía de reojo las relucientes máscaras de la gente del público o de los vendedores. Blue Demon. El Santo. Mil Máscaras. Leyendas que había visto en los dvds que intercambiaba por huevos cocidos. Psycho Clown. Pentagón Jr. El Rey Fénix. Mr. Iguana. Luchadores que había visto con sus propios ojos darse pierrotazos hasta desfallecer y luego levantar cinturones. Pese a estar prohibidos presenció un martinete en un evento privado en Naucalpan que le costó la vida a un novato y la carrera al otro. Se imaginaba a sí mismo con una máscara que no oliera a tierra ni sudor, volando por los aires y siendo ovacionado por los gritos del público. Hasta ya había seleccionado su nombre de luchador: El Gazzu. Tocaba la tarima hasta donde sus manos de tiranosaurio se lo permitían y se regocijaba con las vibraciones causadas por la pelea. 

La abuela lo ve desde arriba, recordando el día en que se perdió una madre y una hija, golpeándose a sí misma por no poder amarlo y temiendo el día en que ya no pudiera ponerle la máscara de La Parka ni cargar la canasta. A veces, en secreto, deseaba que alguien más lo pudiera abrazar cuando estuviera triste, que alguien más lo cargara aunque fuera por un segundo, sólo para que él supiera lo que era flotar, aunque fuera una vez en la vida. 

No sabe si en esos momentos su nieto es feliz. Pero al verlo con los ojos brillantes, inclinado hacia el ring, con los brazos alzados como si buscara tocar la lona o el cielo, se permite imaginar que sí. Que ahí abajo, entre gritos, máscaras y luces, ese niño que nació huérfano se siente invencible. Él cree ser El Gazzu volando desde la tercera. Y por un momento, ella cree sentir algo parecido al amor. 

Arena México, por siempre el Distrito Federal 

Jorge busca ser poeta, uno de esos poetas que emulan la poesía del siglo xviii y utilizan términos rimbombantes como: pomposo o majestuoso para dejar en claro su vasto conocimiento léxico. Vive en Matanzas y ha escrito más de 1000 sonetos, la mayoría publicados en el periódico local o en algunas revistas del partido socialista que a duras penas llegan a Varadero. Fuera de Matanzas es un completo desconocido, podría caminar por las calles de cualquier ciudad del mundo y nadie se percataría de su naturaleza literaria, de la estrella de su frente; pero en esa pequeña urbe de puentes Jorge es un poeta laureado, una figura pública que no puede pasar por más de dos cuadras sin que un admirador lo salude y le pida declamar alguna de sus nuevas creaciones, a lo cual obviamente accede sin importarle las recomendaciones que el doctor le ha hecho esa mañana sobre el cuidado de su garganta. «¡Que nunca paren los majestuosos tambores en tierras de lucha y trabajo!» «¡Dios! Si he de morir en tierras de sangre bríndame un beso de ella, de tu amor. 

Jorge camina con el pecho inflado pues no falta mucho para que su nombre aparezca junto a los de José Martí y José Lezama Lima. 

La Pascualita, Matanzas

Ulises se cubre con su cobija esperando que los borrachos de la sala se callen. Esa mañana vio a su hijo después de tres meses. La madre, una española que hace más de seis años se sintió atraída por los covers que él tocaba en el Café Victoria, ahora lo detesta, lo aborrece desde que la convenció de no abortar, de formar una familia y juntos salir adelante ante cualquier adversidad. 

Los borrachos suben el volumen y empiezan a poner música de su país de origen: desde cumbia hasta boleros. La madre se detesta así misma por haberle creído, cuando cambió de decisión el doctor, vestido de blanco, le dijo que ya era muy tarde, que ya había pasado el tiempo permitido. Una botella se rompe y todos se ríen, le siguen otras más y por consiguiente más risas. 

Aún tiene los brazos molidos de tanto empujar a su hijo en el columpio, su estómago está lleno de helado y hamburguesas, desea que todos los días sean así. El vientre no había empezado a hincharse y llegaron las dificultades: despido, problemas con el visado, desalojo del bello departamento, las deudas y sobre todo la imposibilidad de encontrar un trabajo bien remunerado. Mexicanos al grito de guerra, al sonoro rugir el cañón. El niño lloraba toda la noche y él era incapaz de levantarse para ayudarla, ya no trabajaba en el banco y por culpa de su nueva condición de ilegal sólo podía encontrar empleos donde usara su cuerpo. Oíd el ruido de rotas cadenas. Lo malo de vivir en una pensión de extranjeros es que cuando se emborrachan les da por cantar los himnos de su país. El departamento con terciopelo azul en La Latina fue reemplazado por un cuarto en Tetuán donde compartían piso con estudiantes extranjeros, cerveza y el tufo del hachís. Los borrachos no tienen pensado parar y lejos de eso parece como si aumentaran en número. 

No la pensó mucho cuando su padre le ofreció asilo, guardó todas sus cosas y por unos instantes se vio tentada a dejar al niño con él, un grito interno se lo impidió. Ya no soporta más el bullicio y el ruido que hacen las botellas al caer, decide rendirse y salir, toma una de las cervezas del refrigerador y entra a la bruma de borrachos que no dejan de cantar himnos nacionales y canciones folclóricas. Del Orinoco el cauce se colma de despojos; de sangre y llanto un río. Apenas dejó una nota donde explicaba que se marchaba a casa de sus padres, intentó llamarla, pero nunca le contestó, con los mensajes de texto ocurrió lo mismo, nunca le abrieron la puerta cuando intentó dar solución y sólo accedieron a dejarle ver al niño cuando él se comprometió a pagar una pensión de más de la mitad de su sueldo de cargador. Ya va por su sexta cerveza y sabe que mañana será un día pesado en el almacén, que con ese cuerpo molido tendrá que descargar un lote de mercancía que llega desde quién sabe dónde. El siguiente fin de semana volverá a llenar su cuerpo de hamburguesas y helado. 

Tetuán, Madrid 

Al sur del lago Shkodër, en Albania, del lado que apunta a Montenegro, habita una comunidad de gitanos que aún lavan su ropa hirviéndola en agua, usando una pasta verde que imita al jabón y que deja un aroma a hierba en las telas. Creen en dioses torcidos sin cara y conciben al tiempo como un círculo que se repite una y otra vez. Pero el rasgo más peculiar de dicha comunidad es su lengua materna, que se articula desde el corazón y se percibe en los sueños, por ellos los más viejos son los que descifran las imágenes y limpian la cabeza de pesadillas con flores silvestres y queso de cabra. 

Los hombres se dedican a reparar calderas u otros objetos a base del cobre, saben de metalurgia y a los siete años ya manipulan metales al rojo vivo. Pasan por los pueblos golpeando bandejas y aquellos que pueden usar el albanés o el serbocroata gritan los servicios que ofrecen o atienden a los interesados. Cuando no hay labores que impliquen hierro se ponen a reparar techos, afilar cuchillas, vender sus platillos tradicionales o leer las cartas. No una lectura ambigua como las que se pueden adquirir en cualquier feria de pueblo, estos gitanos saben arrancar el espíritu: sacan a flote el pasado y mediante nudos oníricos van descifrando el futuro, relevando únicamente lo necesario, pues evitan sacar a flote un suceso ya dictado por los dioses torcidos. 

Shkodër, noroeste de Albania 

Pasan de las diez de la noche y el cuarto vagón de la línea roja tiene la gente suficiente para no sentirse solo, sin llegar a esa sensación de sofocación. Unas chicas rubias de chalecos rojos abren pequeñas botellas de vodka y ponen música en su celular y bailan en sus asientos. Para ellas la fiesta apenas inicia. Ambas tomaron un año de descanso después de haber terminado sus estudios, el próximo año entrarán a la universidad para estudiar leyes o veterinaria, lo que se les antoje en el momento; mientras tanto buscan comerse Londres de un bocado. 

El tufo del licor molesta a Makeleb, quien acaba de pasar ocho horas apilando ladrillos y picando roca, llenando su estómago con sándwich de huevo y pastas asiáticas para microondas. La música electrónica molesta a Shireen, quien trabaja en una pizzería estilo Chicago y tiene que soportar cómo su jefe le pellizca el trasero o le muerde los senos cuando no hay clientes. Las risas de hienas molestan a Méndez, quien acaba de pasar tres días atendiendo un hostal donde llegó un grupo de estadunidenses que no pararon de pedirle que cargara sus maletas y que les comprara cerveza a cambio de una propina que simplemente no podía rechazar. El labial de trecientas libras esterlinas molesta a Sonya, quien esa mañana acaba de llegar de Bulgaria y no está segura si los papeles falsos que lleva en su bolso, donde se llama Candy, le permitirán entrar a una buena escuela. 

Las chicas se bajarán en Tottenham para ir a algún bar estilo mexicano donde beberán margaritas hasta quedar dormidas en algún taxi con buena calefacción. Los otros simplemente se irán a dormir, cubriendo sus cuerpos del frío con gruesas cobijas que huelen a tierra y nostalgia.   

Lancaster Gate, Londres

Jorge Iván Chavarín. Escritor. Ha publicado crónicas y ensayos en las revistas TerrarioAkáesFriccionesLa Sombra y Timonel. Colabora con críticas y reseñas viajeras en Booking.com, Google (área de crítica de Maps) y Airbnb.

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