Por Leonor Ramírez
Yo supuse que la pasión se me había acabado, era una conjetura incómoda que serpenteaba en mi cabeza. El primer síntoma de mi hartazgo fue hace unos meses: alrededor de las seis de la tarde me entraban unas ansias locas de beber. Durante un tiempo puse a raya mis deseos: abría el refrigerador para comprobar que el six de Bohemias estaba intacto.
Busqué entre mis libros uno choncho, tomé el de Africanus, el hijo del cónsul. Metida en esas hojas, deambulé de la sala a la cocina, no sé cuántas veces, en busca de resignación. La tranquilidad me duró lo que tardé en leer el libro. Pasé de una rutina tediosa a otra, hasta un día en que noté mis manos temblorosas como alcohólico en abstinencia. ¿Qué me está pasando?, me pregunté.
Faltaban tres días para mi cumpleaños y, en vez de idear un plan para festejarme, lo único que hacía era pensar en alcohol. Ni siquiera en mis tiempos universitarios fui tomadora. Odio las crudas hasta el día de hoy, no venía a cuento agarrar la jarra a estas alturas. El viernes Cristóbal me llamó para avisarme que se iría a la jugada de dominó con sus amigos. Eran las cinco cuarenta de la tarde, me quedé en la cocina observando el reloj de pared hasta las siete en punto.
Como poseída corrí al refrigerador y agarré una de las cervezas. La tomé con ambas palmas y su frialdad se me antojó tibia, apapachadora. Me la empiné de un solo trago y, para sellar con broche de oro mi autocomplacencia, terminé con un fuerte eructo. ¡Qué asquerosa eres!, me dije, y sintiéndome bravucona alcancé otra Bohemia. Antes de abrirla, posé la botella en mi mejilla. En esa ocasión, el contacto frío en mi piel me estremeció. ¿Qué es lo que estás buscando?, me cuestioné sin tener idea del porqué de mis impulsos.
Comprendí que emborracharme sola, en la cocina de mi casa, era ridículo. Además, con la cerveza, la sed, lejos de disminuir, aumentó. Subí a mi habitación y me puse unos jeans acampanados con una blusa blanca de botones y los tenis más cómodos que tenía. Parpadeaba una imagen en mi cabeza: salir, aplastarme en una barra y ordenar dos shots de tequila. Pero ¿dónde?, pensé con la ansiedad de una enferma. Me subí a la camioneta y manejé quince minutos por la Zona Dorada. Casi al llegar al Valentinos, di vuelta a la derecha en busca del hotel Las Flores.
Pude haber escogido el Hotel Playa, el Holiday Inn, incluso el Marriott; pero no, me fui a meter a un barecito oscuro, sin grupo en vivo ni barullo. Apenas se escuchaba una música de jazz proveniente de una bocina que parecía estar lejísimos. Mi valentía no alcanzó para plantarme en la barra. En su lugar, escogí un rinconcito con una mesa coqueta y redonda que colindaba con dos macetas muy monas. Esperé a que se aproximara el mesero. Por un momento me dejé hipnotizar por el maridaje del jazz y la vista de esas grandes olas.
Cuando el cantinero se acercó, cargaba en la mano un Macallan 12. Buenas tardes, le dije, me puede traer un tequila derecho, 1800, por favor. El pobre muchachito se notaba confundido, movía el cuello de un lado a otro en busca de algún cliente esquivo. Sostuvo el vaso en el aire y, por su actitud, se me figuró un mimo. Tal vez me porté descortés al regresar la mirada hacia el atardecer. Capté que el joven le mostraba una enorme sonrisa a un hombre guapísimo que se dirigía hacia nosotros con paso despreocupado y un gesto divertido.
Lo que nunca, un ardiente cosquilleo me nació en el estómago. Salivé a causa del olor a naranja y roble del whisky, aproximé mi nariz a la bebida hasta que la voz del mesero me sacó del trance. Una disculpa, Elías, cuando regresé con tu trago la señora ya estaba aquí. Yo quería esconderme de la vergüenza entre las dos macetas, y el tal Elías se integraba a la trama con la suavidad de un parpadeo. Tranquilo, Paco, en este bar hay espacio para los tres, bromeó entrecerrando uno de sus ojos verdes. Es más, insisto en que te quedes con mi bebida, me dijo, ¿tú qué pediste? Un 1800, respondió el mesero. ¿Te parece si cambiamos?
Así, sin más, con una sola frase, el hombre me dejó con la boca abierta, sin saber qué replicar y con la incomodidad todavía sobre mis hombros. No soy de whisky, le dije y al instante me arrepentí; encima de que me robo su lugar, sangroneo con eso de que el buen trago no me gusta. Ni a mí el tequila, me respondió, pero ¿qué otra cosa se hace en un caso como este? En ese momento, reapareció la tibieza que sentí al reposar la ampolleta de Bohemia sobre mis palmas. De acuerdo, agregué, pero solo si accedes a sentarte conmigo. ¿Me habré visto muy lanzada?, me cuestioné sin reconocer mis acciones.
Sabrá Dios qué deseos atendía yo en ese instante. Fue algo natural, como un respiro. Nos miramos en la quietud que horadaba la atmósfera. Como quien no quiere la cosa, Paco le subió el volumen a la música y el oleaje se alejó de la ventana junto con su sonsonete adormecido. Elías ya alzaba mi shot bajo una tenue luz que le enmarcaba la mano. Salud, brindemos por tu felicidad. Y por la tuya, añadí. Me llamo Clarisa, le dije. Clarisa, repitió él, es un buen nombre.
Mientras platicábamos bebí el whisky en pequeños tragos. Fue inevitable que se me saliera una que otra mueca, pero Elías, en vez de disgustarse por mi cara de fuchi, se empinó el tequila con gracia, y cada sorbo volvía a brindar por mí, por mi felicidad. Y yo, de idiota, agregaba: también por la tuya. Lo más chistoso es que antes de ese día yo no hubiera pensado en buscar un hombre. Estaba más bien conformada con la vida que me había tocado, a fin de cuentas el aburrimiento llega por igual a todos los matrimonios, con esa idea me consolaba.
Nunca logré disfrutar el whisky. Por fortuna, Elías se apiadó de mí, y después del segundo vaso, aceptó que intercambiáramos nuestros tragos de nuevo. Los shots de tequila me encendían por dentro y me daban la sensación de que en el aire nuestras palabras se tocaban. Aunque sea una noche, me dije; y con eso, te ayudas a sobrevivir. Me confería ánimos, como si con poner esas frases en mi pensamiento fuera suficiente para exteriorizar mi lubricidad en aquel rincón de alegría. Sin embargo, por dentro, el calor se extendió como una hiedra en cada una de mis venas.
Elías tarareaba la música de jazz y me permitía contemplar su afilado perfil, consciente del efecto que me causaba su presencia. ¿Cuántos años tienes?, le pregunté. ¿Acaso importa? Temí que fuera menor que yo. Cincuenta y uno, respondió rozando el vaso de whisky con su labio inferior. Soy casada, le mencioné, como si el anillo en mi anular izquierdo no fuera suficiente. Y no sé si mis intenciones quedaron claras u opacadas como un cometa diurno. El caso es que una oleada de melancolía me abrazó el alma.
Sentí que la vida se burlaba de mí al consentir que un hombre como Elías bebiera a mi lado, su estela de virilidad me astillaba el pecho. Como respuesta a mi coraje me atreví a tomarle la mano. Por primera vez, desde que estaba casada, me dejé llevar por el vuelo del ardor y me olvidé de mi conducta intachable. Tenía que tomar aire. ¿Caminamos?, le propuse, vayamos a la playa, y ahí fue cuando él ordenó nuestros últimos tragos.
Fui al baño, me miré en el espejo y me vi bella. Una explosión me invadió el pecho y no lo pospuse más: volvería a ser yo, la Clarisa que tanto admiraba de joven, la muchacha que vivía para realizar sus sueños, la chica a la que todos sus amigos buscaban.
Salí del baño acelerada y a mi paso me topé con Justina Villaverde. Si se da cuenta de que salgo del bar con Elías me va a comer viva, pensé. Era previsible. De seguro se notaba mi disgusto en el rostro porque se atrevió a decirme: ¿y esa cara, mujer?, ¿dónde está Cristóbal? Se puso a mover la cabeza con el ánimo de encontrarlo y hablarnos de su mísera vida. Se adelantó al auto, le mentí en voz baja sin ocultar mi rencor y sin poder hacer nada para evitarlo.
Traté de aflojar mis nervios para cortar la verborrea que descargó hacia mi persona. Pero mi mirada danzante se posó en Elías, evidenciando mis pretensiones. Justina dobló un poco su cintura hasta toparse con los ojos verdes del hombre que disfrutaba mi tormento. Él nos saludó por cortesía, con un trago en cada mano; bastó para que la mujer sospechara y se hiciera en su cabeza una historia que todavía no era verídica. ¿Lo conoces?, me interrogó con una empedernida desconfianza, como si se las supiera todas.
Frente a mí se reprodujo una película con un sinfín de complicaciones. Titubeé. La mujer se disculpó por tener que volver enseguida a su casa. Yo me vi explicándole a mis hijos las razones que había para serle infiel a su padre. También imaginé la cara de mis padres rebosada de vergüenza, los rostros de mis amigos apenados por mi matrimonio fallido y, por último, me miré en el espejo. Había dejado de ser bella y radiante.
Tal vez por eso me mantuve ahí contemplando a Elías y al oscuro horizonte que se volvían uno, con una vocecita en mi cerebro que me susurraba: olvídalo, es muy complicado. No me quedó más que levantar la mano como muestra de agradecimiento.
Leonor Ramírez (Mazatlán, Sinaloa, 1976). En 2018 ganó el Premio Binacional Valladolid a las Letras con la novela Voces en el espejo que fue publicada por Horson Ediciones y presentada en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara ese mismo año. Desde febrero de 2017 y hasta la fecha forma parte de un taller de escritura creativa con Mario González Suárez, también ha trabajado narrativa con Eduardo Antonio Parra, Claudina Domingo, Jaime Mesa, Martín Solares, Mónica Lavín, Miryam Moscona y Ernestina Yépiz. En 2023 comenzó el diplomado Literatura Mexicana: realidad y revelación en Literaria. Su cuento “La mejor amiga” se publicó en una antología llamada “Narradoras indóciles” en la Editorial Madrileña Diwan Magrit.

