Su piel no la contiene (Discurso de aceptación del Premio Mazatlán de Literatura 2026)
La verdad es que a mí eso de los rituales y parafernalias del oficio de escritor, no se me da. Ni uso una pluma Montblanc —la perdería al día siguiente—, ni prefiero las libretas Moleskine, ni tengo afición por las antediluvianas Remington, ni me seduce la laptop más veloz y nueva del oeste. Si acaso, el café expreso por las mañanas que me ayuda a activarme un poco y que a la vez me permite seguir en un estado de inconciencia similar al de un pez que aletea en una orilla húmeda. Pero ni siquiera eso del café alcanza a ser un ritual de escritura, puesto que no siempre escribo por las mañanas, puesto que ni siquiera me siento a escribir todos los días.
No, yo los libros los escribo antes de empezar a escribirlos, antes incluso de saber que tendrán una vida secreta y propia. Por ejemplo, hay libros que comencé a escribir antes de los tres años, cuando mi padre aún vivía. (Mi padre era inspector agrario, pero extrañamente prefería escribir con tinta verde sus reportes, soñaba con comprarse un helicóptero y le encantaba tomar fotografías —como esa en la que estoy frente a una máquina de escribir y por la cual bromeo que mi destino era ser secretaria o… escritora. Quienes tengan curiosidad por ver esa fotografía pueden verla en la página 23 de Autobiografía de la piel.)
Cada libro tiene una respiración y un crecimiento propios. El gran Felisberto Hernández explicaba que una historia es como una planta que nace y crece misteriosamente en un rincón del escritor. El deber de uno es cuidar que esa planta no ocupe mucho espacio, que no pretenda ser bella o intensa, que sea lo que está destinada a ser, y ayudarla a que lo sea. Hay libros que me han exigido caminar en calidad de invisible por la ciudad de México y treparme al Caballero Alto del Castillo de Chapultepec, libros que me han llevado a incursionar en los baños públicos masculinos y tomarles fotos, libros que me han hecho jugar a las muñecas como sólo un hombre asomado a sus abismos podría hacerlo. Hay libros que nunca me imaginé escribir.
También hay libros que me imponen contradecirme y me obligan a una liturgia propia: recorto de un periódico la imagen de un jarrón chino; me compro en un mercado de antigüedades un ruinoso mingitorio acorazonado de la marca American Standard y lo dejo dormir en la sala de mi casa; cuelgo de la cabecera de mi cama una postal de Marcel Duchamp jugando al ajedrez con Man Ray, que fue providencial para mi segunda novela: Cuerpo náufrago. Lo que sí sucede en todos los casos es que voy conteniendo la escritura que empieza a cosquillearme en una costilla del sueño o en la punta de los dedos. Y no la suelto por más que se me revele en jirones de ensueño, por más que me haga temblar de ansiedad.
Voy armando la estructura en mi cabeza, o más propiamente, voy dejando que la historia me prometa cosas: “Si te vas por aquí, encontrarás que el laberinto más perfecto es aquel del que no se desea salir”. A veces tomo notas en servilletas, cuadernos de espiral o engrapados, con una pluma Bic u otra cualquiera con el logo de un hotel o un banco, no importa. O uso una computadora ajena porque la mía se descompone a cada rato.
Poco a poco la tentación de sentarse a escribir comienza a ser insoportable. Pero no cedo. No puedo empezar si no doy con la primera frase. Para escribir, por ejemplo, una primera línea como “La violación comienza con la mirada” con la que inicia Las Violetas son flores del deseo, tuve que esperar más de veinte años a que Las Hortensias que había leído en la Facultad de Filosofía y Letras florecieran con una extraña intensidad violeta; así como tuve que recordarme mirando mirar a los hombres: lecciones silenciosas del deseo y sus anatomías que contemplé en la mirada de hermanos y primos mayores desde que era niña.
Pero tampoco puedo terminar de empezar si no doy, aunque sea vagamente, con la última frase. Inventarla o, por ejemplo, retomar la que leí grabada en un epitafio de un cementerio de Oaxaca y que me vino como anillo al dedo para la primera novela que publiqué, Los deseos y su sombra: “Su cuerpo no la contiene”.
En el caso de Autobiografía de la piel tuve que esperar a que llegaran a mí sus líneas iniciales:
Mi memoria es oceánica. Todo lo abarca, todo lo envuelve.
Me recuerdo inventándome: primero un pliegue, un surco, un
nudo. No en balde soy el horizonte por el que el cerebro percibe
al mundo.
Por ese comienzo supe que quien debía hablar era la piel como protagonista. Eso implicaba que tuviera memoria, que no sólo sintiera, sino que reflexionara sobre sí misma y sobre el mundo. Como habla del deseo y del placer como fuerzas fundacionales tuve que prestarle mis propias vivencias. Por todo ello es, quizás, mi libro más personal. Ahí pude encontrar que la escritura es mi piel más profunda.
Y en el final, curiosamente, retomé unos versos del poeta José Gorostiza en su poema más celebrado:
Llena de mí, colmada en mi epidermis, sueño de una muerte
sin fin, agua sedienta de obstinada vida, extiendo los brazos
y me abro al mundo.
Digo “curiosamente” porque José Gorostiza fue el primer escritor laureado con el Premio Mazatlán en 1965, de gran trayectoria y prestigio. Ingresar ahora a la lista de galardonados como:
Elena Poniatowska, Ángeles Mastretta, Vicente Leñero, Fernando del Paso, Octavio Paz, Ricardo Garibay, Carlos Monsiváis, Jaime Sabines, Sergio Pitol, José Emilio Pacheco, Enrique Serna, José Agustín, Juan José Rodríguez, Mario Bellatin, Hugo Hiriart, Rafael Pérez Gay, Alberto Ruy Sánchez, Ernesto Lumbreras, Malva Flores, Guillermo Fadanelli, Jorge Volpi, Cristina Rivera Garza, David Toscana, Elsa Cross, entre otros, es un privilegio que de verdad me honra. ¡Larga vida al Premio Mazatlán de Literatura! ¡Y que vivan las reinas de su glorioso Carnaval…!!!
Ana Clavel
Nació en la Ciudad de México el 16 de diciembre de 1961. Narradora. Licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas y Maestra en Letras Latinoamericanas, ambas por la UNAM. Colaboradora de Di, Diluvio de Pájaros, Dosfilos, El Cuento, El Independiente, El Nacional, El Universal, La Jornada, La Orquesta, Nexos, Plural, Poliedro, Punto de Partida, Tierra Adentro, y Unomásuno. Becaria del INBA/FONAPAS, en narrativa, 1982; del FONCA, en novela, 1990. Creador Artístico del SNCA, 2001. Premio Nacional de Cuento CREA 1983 por En un rincón del infierno. Premio en el Concurso de Cuento Grandes Ideas de la UNAM 1983 por Tu bella boca rojo carmesí. Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen en cuento 1991 por Cuando María mira el mar (posteriormente Amorosos de atar). Finalista del Premio Internacional Alfaguara de Novela 1999 por Los deseos y su sombra. Ganadora de la Medalla de Plata 2004 de la Sociéte Académique “Arts-Scienses-Lettres” de Francia. Premio de Novela Corta Juan Rulfo de Radio Francia Internacional 2005 por Las violetas son flores del deseo. VI Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska 2013, otorgado por el GDF, por Las ninfas a veces sonríen. Parte de su obra se encuentra en diversas antologías, entre ellas Antología del cuento mexicano finisecular y Fiction Internacional. Mexican Fiction y Passione e scrittura. Antología di narratrice mexicana XX secolo.

