Creí que al estar con esos hombres podía obtener algo de su inteligencia o de su personalidad, algo que admiraba y a la vez codiciaba. Tuve la esperanza de que aquello que anhelaba pasara de su cuerpo al mío como una herencia involuntaria de parte suya luego de que la relación muriera, como una especie de hijo que nunca nacería pero que crecería dentro de mí.
En ocasiones el recuerdo de cada uno de ellos viene a mi memoria en una canción, en la escena de cualquier película. Pienso en ellos como si juntos formaran un solo monstruo, una misma criatura de la que no puedo deshacerme, que me obliga a mirarlo de frente, a no cerrar los ojos. Quiero pensar que ninguno ha sido más importante que otro, porque al final todos se han ido.
Con mi madre siempre surge el tema, hacemos todo el recorrido para terminar hablando del hombre que le arruinó la vida: ese ha sido durante años nuestra principal charla de madre-hermana-hija.
Busco continuamente figuras parentales. Soy como un sabueso que busca por el bosque a su amo perdido, lo confunde con otros, sigue sus huellas, pero nunca encuentra al amo primigenio, el del primer abandono.
No nos bastamos a nosotros mismos.
¿Estamos condenados a revivir el abandono primordial? El abandono del padre, del abuelo, de la madre, del primer amor. El miedo de sentir de nuevo ese dolor que nos consume desde dentro, que nos hace vivir, en cámara lenta, el peso del desamparo.
No hay ninguna condena, retiro lo aprehendido.
Uno de ellos se fue en busca de otros cuerpos. Me gustaba contemplar su desnudez, a él le gustaba ser visto, ser admirado, ser amado, sin el compromiso de regresar algo de ese amor. Era una estatua antigua. Me heredó algunos autores: Cioran, Montaigne, Schopenhauer.
Desconfío de ellos porque también desconfío de mí: arruinamos las cosas de forma similar.
Vengo de una familia rencorosa. Por consecuencia, yo también lo soy. Compartir ese rencor es una forma de no estar solas.
Me agrada ver a los hombres vestirse y desvestirse, me recuerdan a mi madre cuando hacía lo mismo por las mañanas antes de irse a trabajar. Me gustaba verla hacer eso, o quizá la sensación era otra, porque aquello significaba que me quedaría sola con la abuela. O quizá es que debo aceptar que mi deseo nació en su cuerpo: dormimos juntas hasta mi adolescencia, hasta el día en que ella decidió ir a la ciudad a formar otra familia.
Supongo que uno no puede prever los inconvenientes de la soledad.
Durante años me aferré a las cuerdas gastadas de la lectura, siempre con la sospecha de que aquello también era insuficiente.
Para Rafael Courtoisie, la soledad es el silencio de la muerte que canta en algún resquicio del cuerpo: entre los dedos de los pies, cerca del corazón, detrás de la escucha, sobre la piel de un párpado que tiembla.
«Sentir al tiempo es ser cachorro de la acción, ser un abrazo que en el camino vuela de cuerpo a cuerpo», escribe Bruno Montané Krebs en uno de sus poemas.
El olvido es lo que ha pasado de tu cuerpo al mío.
Tal vez el tiempo sea un fruto en constante putrefacción. Edificamos nuestro propio desvanecimiento. Atravesamos estas afectaciones: miedo, amor, soledad, pudor, con las heridas que coleccionamos en de un armario que algún día destruiremos. Será que el fruto que se pudre es nuestro cuerpo y no el tiempo.
Queremos modificar el tiempo a voluntad, luchamos contra las limitaciones que nuestro cuerpo nos impone. Tal vez por eso, por la finitud, hacemos cosas con la intención, consciente o no, de sobrevivir en el recuerdo, ¿de quién? Ese recuerdo ocurre en el presente.
El verano se llevó a la abuela. La mayoría de las veces nos despedimos de la gente que amamos con la esperanza de que volveremos a verlos. Al menos eso fue lo que pensé cuando me despedí de la abuela aquella tarde en el hospital, pero la muerte cruje entre las grietas de algunas promesas. En ese mismo edificio, con veinte años de diferencia, fue también la última vez que vi al abuelo. Nadie me dijo que nunca más volvería a verlos. Esperaba que ambos regresaran. Sé que hubiesen deseado morir entre los recuerdos de nuestra casa. Ni de niña, ni ahora, he aprendido a convivir con lo repentino de la muerte. Cuando llevaron a la abuela de la casa al panteón para sepultarla, tomé un autobús y me fui a la ciudad: no soporté la idea de ser testigo de su descenso hacia el agujero donde el abuelo la esperaba desde hacía tiempo.
En una relación se tienden puentes sobre un abismo. Al término del viaje, los puentes se recogen y guardan: el abismo estará esperando a que regresen, aunque el encuentro sea efímero.
Cuando la abuela estaba hospitalizada le leí algunos poemas de la Poesía no completa de Wislawa Szymborska. Me gusta releer este libro pensando en ella. Me recuerda a la vida que tuvimos juntas. Lo incompleto. Apretó mi mano cuando leí el último verso. Ella no iba a dejarme.
Este texto pertenece al libro Atravesar la incertidumbre, publicado por el Instituto Sinaloense de Cultura (ISIC) en el 2023.
Iliana Cervantes Llamas. Costa Rica Sinaloa, 1992. Estudió Psicología en la Universidad Autónoma de Sinaloa. Cursó un máster en Literatura comparada en la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha publicado en las antologías Álbum Rojo, Narrativa sinaloense de no-ficción (2018), La espina es la flor de la nada (2018), Conversaciones en el umbral (2020) y en las revistas Timonel y La Vaca Multicolor. Es autora del libro Atravesar la incertidumbre (2023) el cual se escribió con el apoyo de la beca Pecda Sinaloa en el 2017 y ha sido publicado por el Instituto Sinaloense de Cultura.

