Perfil de Alfonso Orejel (escritor de Los Mochis)

SEMBLANZA: Los Mochis, Sinaloa 1961. Escritor, tallerista y promotor de lectura. Premio Nacional de Narrativa Inés Arredondo 2006 con  La balada del hombre muerto. Premio Nacional de Poesía Gilberto Owen 2008 con Palabras en sepia. Mención en el concurso Barco de Vapor de SM Ediciones con La venganza de la mano amarilla en 2009. El cucaracho, El sendero de los gatos apachurrados y La sombra: seleccionados por el Programa Nacional de Lectura en 2008 y 2010 para formar parte de las Bibliotecas de aula y los Libros del Rincón. Mención en el Segundo Certamen Internacional de Poesía para niños de FOEM 2017 con Manantial de carcajadas. Premio Regional de Poesía Ciudad de la Paz 2018 con Álbum del olvido. Juan y sus sombras fue seleccionado en 2023, por la Fundación Cuatrogatos, como uno de los mejores 10 libros para jóvenes en América Latina y España. “El mezquite”, cuento para niños, fue seleccionado para formar parte de la Biblioteca Digital de Educación Básica de la SEP en 2025.

¿Cuáles son tus principales preocupaciones en la escritura? Mi prioridad es contar una historia interesante, seductora, capaz de sujetar la mirada del lector, de mantenerlo en vilo. Y esto lo trato de conseguir a través del manejo del lenguaje, porque la clave está en el cómo se cuenta esta historia. También me concentro en la creación de personajes sólidos y la edificación de una atmósfera ajustada a las necesidades de la obra. El cierre es sustancial. Pienso en todas y cada una de las partes. No le doy menos valor a alguna.

¿Cómo es tu proceso creativo? Solo me siento frente a mi máquina cuando ya tengo la idea bien definida acerca de lo que deseo escribir. Empiezo escribiendo ideas sueltas en una libreta, un moleskine que me regalaron unos amigos escritores. Ahí están incubándose los huevos de la serpiente. Si ando caminando en el parque y se viene una idea, por lo general, la grabo y así no se pierde en el éter. Es curioso, cuando estoy en ese proceso me asalta la ansiedad, como si padeciera síndrome de abstinencia, y no me deja durante el tiempo que duro trabajando. A veces, me levanto a las 3 de la madrugada y esa tiranía creativa me empuja hacia la computadora para que deje de holgazanear.

¿Qué autores han servido como influencia o modelos para tu obra? Muchos, pero mis preferidos son Anton Chéjov, Ray Bradbury, Flannery O’Connor, Julio Ramón Ribeyro, Raymond Carver, Juan Rulfo, Inés Arredondo, Anthony Horowitz y Donald Pollock.

¿Cuál es tu más reciente libro y sobre qué ejes temáticos y estéticos gira? Son dos novelas: Odisea negra, que tiene como protagonista a un adolescente que debe emprender una dura travesía por esta República de Muertos y Fantasmas en que se ha convertido nuestro país, para dar con el paradero de su madre. Conocerá en este viaje a los monstruos de la Odisea pero en las versiones de nuestro tiempo.

La otra, Dios no escucha el chillido de los cerdos, coeditada entre el Instituto Sinaloense de Cultura y NITRO PRESS, tiene una trama más oscura todavía, porque explora el lado más siniestro y mórbido de nuestra ciudad y nuestra insigne sociedad. Aparecen personajes tan cotidianos como perturbados, con los que te sueles encontrar en el autobús o en una calle solitaria o en un café internet. A pesar de ser más negra que la larga noche de Culiacán, el lenguaje es otro protagonista en esta novela. 

¿Puedes compartirnos algunos de tus proyectos de escritura en los cuales estés trabajando? Acabo de terminar otra novela negra. La escribí en 35 días. Parece que me están persiguiendo con un hacha si no escribo a ese ritmo. No quiero adelantar de qué va porque la tengo en concurso. Seguro voy a perder otra vez. Je, je, je. Y tengo cuatro libros de cuentos que escribí durante mi período como becario del SNCA. Siempre estoy trabajando. Ya tengo esa disciplina. Por eso parece que solo me dedico a sonreírles a las musas para que trafiquen alguna idea genial.

¿Qué temáticas, procedimientos de escritura o autores recientes son de tu interés? Me interesan autores que ya merecen ser leídos y releídos como los mencionados atrás, y otros más como Borges, Rúbem Fonseca, Patricia Highsmith, Faulkner, pero también Fabio Morábito, David Toscana, Mariana Enríquez, María Teresa Ampuero, Imanol Caneyada, Fernanda Melchor, Élmer Mendoza, Fred Bernard, Amín Greder, Chris Van Allsburg, Andrés Acosta, Vivian Mansour, Antonio Ramos, Toño Malpica o Mónica Brozon. Bastantes, la verdad. Me atraen los temas espinosos, los que suelen atemorizar a las casas editoriales, a los colegios conservadores y a los amantes de los buenos modales y las buenas costumbres, es decir, los temas que están vinculados con la vida, el sudor, el rencor y la libertad.

¿Qué opinión te merece la actualidad de la literatura en Sinaloa? Creo que la poesía hecha por sinaloenses tiene calidad y ha ganado un lugar importante dentro del panorama nacional. Hay buenos poetas como Mario Bojórquez, Jesús Ramón Ibarra, César Cañedo, A. E. Quintero, Ana Belén, Ernestina Yépiz, Gilberto Cabanillas, León Cartagena, o Rubén Rivera. En narrativa, aquí van los que recuerdo por su calidad o apuesta: obvio, el maestro Élmer Mendoza, Julio César Zataraín, Mariel Iribe, Miguel Tapia, Eduardo Ruiz, Hernán Ruiz Lindoro, Aramís Franco, Aleyda Rojo, Juan José Rodríguez y ya. Atrás vienen otras u otros, sin embargo, hace falta obra y tiempo para que maduren. Se me pudo pasar alguno, alguna, y sé que he sido injusto. He de confesar que no conozco todas las obras publicadas. No tengo ni la voluntad ni el tiempo para leerlos. Y ellos tampoco se molestan en leerme. 

Muestra de obra

Raúl y Enrique Ibarra, nuestros doctores de cabecera, me examinaron con sus fríos estetoscopios y emitieron su diagnóstico: 

—Juan tiene leucemia, cáncer en la sangre. 

—¡Ay, no, Dios mío! —exclamó mamá, afligida. 

—Los demás están bien y pueden recuperarse aquí, pero a este niño debemos llevarlo a un hospital en la capital donde existan aparatos y mejores recursos para atenderlo. 

No esperaron mucho para trasladarme a la Ciudad de México, donde le dijeron que se encontraba el mejor hospital infantil para pacientes enfermos de cáncer. Mi tío Chuy condujo hasta allá aquel auto alargado semejante a una carroza fúnebre, para que me atendieran de inmediato. Mamá rezó cien padrenuestros y otras cien avemarías en el camino, suplicando por mi vida. Aunque ya habían fallecido Juan Alfredo, su primer hijo, Mino y la Goyita, no se acostumbraba a ver morir a sus hijos. Apenas estaba aprendiendo. Cerré los ojos y, al abrirlos, me hallé instalado en una cama de un hospital muy limpio y ordenado, con crucifijos encima de cada lecho, biombos que separaban a los internos y un piso color blanco. Las monjas iban y venían desde la puerta del fondo hasta mi cama para tomarme la temperatura, darme pastillas y jarabes que tragaba sin percibir el sabor, suministrarme sueros y sustancias que atacarían el cáncer. También me inyectaban con sus jeringas inquietantes, que yo recibía sin protestar porque me encontraba en un estado muy débil. Los ojos se me apagaban y había un sopor que me invadía y que, de algún modo, me decía: “Ríndete, ríndete”. Yo no cerraba los párpados, pues temía no poder volver a abrirlos. Los días pasaban sin prisa y esa lentitud acrecentaba el dolor que me embargaba. Mi estado empeoró. Al tragar agua, bebía vidrios que corrían por mi garganta y caían por mi laringe; respiraba un aire envuelto en llamas y una mano invisible golpeaba con un marro mis huesos hasta volverlos polvo. Mamá se angustiaba al notar que las medicinas no mitigaban aquel dolor que ella deseaba absorber, hacer suyo, arrebatárselo a la enfermedad y albergarlo en su propio cuerpo. Yo la miraba llorar en silencio —cuando pensaba que dormía—, con un llanto caudaloso que se esmeraba en ocultar, mientras repasaba las cuentas del rosario con los dedos y elevaba plegarias al cielo. Me quedaba observando con fijeza el crucifijo que estaba encima de mi cama y, en mi delirio, veía llorar a Cristo en la pared. 

Cuando gozaba de unas horas de serenidad, porque el cáncer se olvidaba de mí, observaba qué sucedía a mi alrededor. Notaba que otros niños me acompañaban en aquel pabellón —el pabellón de la muerte—, un jardín poblado de flores moribundas; la casa de la agonía, pintada con ángeles y nubes blanquísimas, para que los enfermos nos fuéramos acostumbrando a nuestra nueva morada y no nos asustáramos cuando flotáramos como ellos en aquel cielo azul tan perfecto. Una monja regordeta llegaba a mi cama cuando mamá salía a tratar de comer algo, ya que, por lo general, no tenía hambre, y me daba sus reconfortantes consejos. Aseguraba que éramos una cofradía de niños elegidos directamente por el dedo del Señor y que debíamos estar agradecidos de que Él, que es tan grande, hubiera puesto sus ojos en nosotros. Era una bendición llegar al fin a esa edad tan temprana y debíamos hacer lo posible por no quejarnos tanto. Yo no sabía si darle las gracias o escupirle en la cara, y ya no tenía fuerzas para ninguna de las dos opciones.

(Fragmento del capítulo “Veía a Cristo llorar en la pared”, de la novela Juan y sus sombras).

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Alfonso Orejel escritor

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