De la imagen a la vida: Luz demorada, de Alfredo Soto Guillén

Por Iván Rocha Rodelo

Reflexionando sobre la poesía de Luis de Góngora, decía Federico García Lorca que el poeta tiene que profesar los cinco sentidos, de modo que, para ser dueño de las más bellas imágenes, tendría que propiciar una justa comunicación entre la vista, el tacto, oído, olfato y gusto. Por medio de la escritura, el poeta se encargaría de entrelazar las sensaciones que configuran imágenes, inscribiendo en ellas una afectividad singularmente humana, o bien, un espesor reflexivo, conceptual, que ensancha el horizonte de sentido.

Esto es lo que encontramos en Luz demorada (ISIC, 2025), último libro del poeta sinaloense Alfredo Soto Guillén (1992). Luz demorada es un poemario donde se redescubre la capacidad imaginativa del lenguaje y su potencia, con la habilidad del poeta que es profesor de sus cinco sentidos. En Luz demorada, a esa potencia visual que Lorca exploró en la poética gongorina, se añade la capacidad, propia de Alfredo Soto, de confeccionar imágenes que relatan historias. Historias que, en diálogo con los elementos de la naturaleza y los símbolos del mito, dotan de un relieve singular al tiempo cotidiano. Se trata de una poesía que nos revela el asombro de lo íntimo en el trajinar de la existencia.

A través de la voz que inscribe Alfredo Soto en su libro, de pronto la sencillez de la vida solitaria, la marcha sobre una calle sola, el movimiento detrás de una ventana, los avatares de lo inmediato y lo común, son alumbrados por la luz, siempre paciente, de la imagen poética. Así, en Luz demorada, un ave que pasa despliega la posibilidad de pensar, poéticamente, la caída. Así lo dice Alfredo Soto en “Descensos”:

Volar, sabemos que debemos evitarlo,

porque volar implica un riesgo,

pero el descenso no es caer sencillamente;

es algo inevitable,

es un descubrimiento.

Caer es necesario para no caer

de nuevo y de la misma forma.

Los elementos de la naturaleza confluyen en una imaginación material impregnada de vida y movimiento, dando así un pulso esencial a los actos donde tierra y el aire, fuego y agua, luz y oscuridad se encuentran para contar el relato de quien reflexiona en su propio descenso.

Así, en Luz demorada irrumpe el mito, ya como símbolo que sostiene a la imaginación, o como horizonte donde se dibuja el paisaje luminoso de la intimidad. De esta forma, en la caminata nocturna, en pleno trance de la edad, surgen indagaciones y cuestionamientos de quien se sabe sujeto a un tiempo que avanza sin retroceder; un tiempo cuyo presente, pleno de revuelos e incendios, se aleja como el fruto imposible en la condena de Tántalo. Escribe Alfredo Soto en “Tántalo o del tiempo a solas”:

¿Quién se detiene a pensar que el tiempo pasa,

que está pasando justo ahora?

Un día nos haremos viejos.

Yo creo que nadie piensa en realidad

que un día nos daremos pena y lástima.

Mejor morirse pronto.

Por eso algunos se mecen como frutas en el árbol,

llorando para siempre se quedan en el lecho de su río,

el néctar de su floración bajo la lengua.

En Luz demorada, Alfredo Soto trabaja la arquitectura del poema con un dominio ejemplar del lenguaje lírico: surgen orgánicamente los endecasílabos, los octosílabos y otras formaciones métricas, acompasados por palabras que nutrieron la lírica clásica del castellano desde sus fulgores renacentistas, llegando a nosotros en la voz de Alfredo Soto con frescura, con claridad enunciativa: en Luz demorada el lenguaje, con sus guiños a la tradición, no deja de aludir a su dinamismo contemporáneo; es una lengua que insiste en su riqueza sin hacer estatuas de sal con las palabras. Todo lo contrario: Alfredo Soto organiza el poema con soltura, con inteligencia y cuidado, fraguando edificios poéticos que suenan, hablan y se leen con ritmo y nitidez. Esto es perceptible en poemas como “Lamento de Asterión”:

No concluyen las preparaciones:

sigo llenando formularios, hago apuntes,

descarto y rescato líneas y vuelvo a descartarlas.

Los suministros, las cajas se acumulan,

pero jamás se ajustan las fechas, los horarios.

No se despierta el címbalo de mis campánulas:

no suenan ya mis cascabeles ni mis cencerros.

Nunca tenemos tiempo

hasta que ya no hay tiempo para nada.

La lectura de Luz demorada reivindica el influjo íntimo de la poesía, redescubriendo la materialidad del mundo interior en la contemplación, activa y profunda, del mundo exterior. La poesía de Alfredo Soto Guillén alienta a concebir el género poético como ese espacio que resiste al tráfago y al ruido de la modernidad rampante, sin la necesidad de que el lenguaje cargue con el bronce del pasado. Tener la posibilidad de imaginar la tierra que se pisa, las aves —que son, a decir del poeta, lo único que pasa—, los lazos amarillos del sol, y ligar esas imágenes con las emociones y los pulsos que nos constituyen, es una de las muchas apuestas en Luz demorada. Alfredo Soto Guillén otorga a la palabra un espacio digno en el panorama efervescente de la vida. Así en “Psique y Eros”, un texto que podría ser la columna vertebral de este libro:

Andar es pronunciar la tierra en cada paso,

darle rienda suelta a la pulsión

de llegar a la siguiente esquina.

Mi voz es mi pisada: llega

mi voz hacia tu voz y viene

también tu voz a la mía.

Se tocarán en el trayecto,

se besarán en tu boca y en mi boca

mi palabra y la tuya.

Esa verdad es simultánea

y cada afirmación nos lleva

al momento preciso del encuentro.

Luz demorada, novedad editorial del Instituto Sinaloense de Cultura, engalana la colección Timonel, un trabajo esplendido que proyecta la obra escritural de talentosos creadores y creadoras sinaloenses jóvenes que emergen de este rincón del mundo, tan herido por estigmas funestos y realidades infames. Son estas voces sinaloenses las que están dándole vuelta al estado de cosas a través de su ejercicio creativo, siempre sensible y crítico. Es tiempo, pues, de leer a Alfredo Soto Guillén, de adentrarnos en las luces de su obra y acompañarle en esta conversación vital.

Iván Rocha Rodelo (1996) es poeta y ensayista. Es autor de los libros Nosología imaginaria (UAS, 2024) y Bitácora para nombrar la locura (ISIC, 2025). Forma parte de las antologías La liebre es ligera (ISIC, 2018) y Álbum Rojo (ISIC, 2018). Obtuvo la Beca de Estimulación Artística “Antonio Haas”, en la categoría de Poesía, por El Colegio de Sinaloa. Ha publicado reseñas, ensayos y poemas en revistas como Nexos, Timonel (ISIC), Trazos Pedagógicos (UPES), Aequitas, Revista de la Universidad Autónoma de Sinaloa, entre otras. Es corrector de estilo en Editorial UAS y profesor en la Facultad de Filosofía y Letras (UAS). Actualmente cursa la Maestría en Estudios Culturales (FFyL UAS) y coordina programas de lectura y difusión literaria en el ámbito universitario. 

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