Parece peculiar la conexión que tiene el estado de Chihuahua con el personaje bíblico de Barrabás. Primero, en 1961 se estrenó Barrabás, una película cuyo guion estaba basado en la novela homónima de Pär Lagerkvist, protagonizada por Anthony Quinn, actor chihuahuense, primer mexicano en ganar un Óscar (luego dos) en producción de Dino de Laurentiis y dirigida por Richard Fleischer.
El relato del filme especula sobre un episodio del que los evangelios prescinden: qué ocurrió con Barrabás luego de ser liberado y vivir la vida que le fue arrebatada a Jesús. En la película se nos presenta a un Barrabás que, a pesar de haber presenciado la intervención divina en el mundo (el halo de luz en la cabeza del nazareno, el cielo que se oscurece en el preciso momento de su muerte) y la devoción de los primeros cristianos por el mesías, es incapaz de creer. También conocemos cómo su naturaleza agreste y sus acciones lo llevan por un viaje por los territorios del imperio romano: de Jerusalén como bandido a las minas de azufre (probablemente Hispania o Chipre) como esclavo a Roma como gladiador, donde al fin se resuelve la tensión entre su atracción por lo divino y su incapacidad de tener fe, justo antes de morir.
54 años después, un poeta chihuahuense publicó un libro homónimo. Barrabás, de Arturo Loera, publicado en 2025 por la editorial chihuahuense independiente Medusa, relata el periplo del personaje, pero con un giro que lo vuelve esencialmente distinto; de esta forma, tanto él mismo, como su viaje, su vida y muerte, forman parte de una complicada alegoría que busca reflexionar sobre el sentido de la vida y nuestro paso por ella.
Para este propósito, el libro se divide en tres secciones: “Dios nunca estuvo de tu lado”, “Barrabás” e “Hilo de sangre”. Cada una de ellas posee un determinado propósito comunicativo.
En la primera, pareciera que los poemas utilizan la idea de Dios, su huella en la realidad material, para evidenciar su ausencia en (o indiferencia por) los mundos que crean:
“Un perro interrumpe
mi camino, un crucifijo
es consagrado por su espuma.
Me arrodillo: Padre nuestro
Que estás en el cielo, santificado
Tiemblo de miedo”. (“Dóberman con crucifijo en el pecho”, 23).
“Llego tarde al servicio.
El diácono dice unas palabras
sobre la vida eterna y termina,
con algo de bostezo rutinario,
dando gracias a Dios”. (“Niños corriendo en la capilla Nazaret”, 24).
Esta idea se redondea en el poema “Dios nunca estuvo de tu lado”, cuyo título está relacionado paratextualmente con “God was Never On Your Side”, la canción de Motörhead, que, además compartir nombre con la sección, aparece como epígrafe.
“No te confundas, amigo,
Dios nunca estuvo de tu lado
No estuvo ahí cuando perdiste
los dientes.
Andaba de fiesta cuando murió
tu abuela. Su agonía fue su trago”. (“Dios nunca estuvo de tu lado”, 34).
Además de proponer el tono que prevalecerá en el resto del libro, esta sección realiza ejercicios conceptuales sobresalientes, como la yuxtaposición entre imágenes literales y literarias, la imagen real y la sugerencia, el despertar y el sueño, si se quiere:
“¿Quién juega con los juguetes
que las familias dejan
sobre las tumbas de los niños?
¿Qué hay entre tus huesos
y el perro guardián que orina
los pinos por la noche?” (“La ciudad de los muertos”, 17).
O cómo emplea la écfrasis para borrar la frontera entre lo real y lo imaginario, situando el poema en una región ambigua y difusa, como su mismo objeto lírico:
“Mire bien, este cielo fue pintado
por un migrante ruso
y en la orilla del cuadro un hombre
parece volar o caer, no hay mucha
diferencia”. (“Era el diablo”, 27).
La segunda sección, “Barrabás”, es la más sustanciosa, tanto en extensión como en contenido. Se trata de un poema extenso en el que el sujeto lírico reflexiona larga, tendida y profundamente sobre la figura del personaje bíblico, primero, y luego sobre la condición humana con relación a la construcción antropológica de Dios:
“Por más querer buscarse entre los otros
entre esa multitud ya no había nadie,
solo estos dos patriotas de los nombres,
hijos de un padre, madre, solitarios.”. (46).
Desde el epígrafe de José Emilio Pacheco (“Sólo te acompañó tu semejante, el desierto”), se instala una imagen que aparecerá como leitmotiv en este poema: el desierto. Como tratando de crear un palíndromo perverso, un espejo con la vida de Jesús el nazareno, Barrabás parte de Jerusalén a un desierto por el que transitará y reflexionará:
“El agua ha dividido los caminos
mientras los dos se juegan su agonía,
corderos condenados por un nombre:
cordero que será crucificado,
el otro vagará por el desierto”. (43).
Naturalmente, podemos deducir que el desierto por el que transita Barrabás es alegórico, pues tanto en la novela como en la película (y en la Biblia, en última instancia) con las que este poema tiene una estrecha relación intertextual, ninguno de los pasajes (diegéticos y geográficos) son desérticos (el desierto que Jesús el nazareno recorrió corresponde al territorio palestino hoy injustamente ocupado por el estado israelí). El desierto por el que transita Barrabás, el objeto lírico de este poema, es una alegoría que tiene una motivación extra e intertextual: se asemeja más, por ejemplo, a la extensión del pasaje interior que detalla Manuel José Othón en distintos poemas, como los sonetos de “En el desierto. Idilios salvajes”, cuyos endecasílabos se ajustan perfectamente a la composición de este poema:
“Barrabás mientras mira el horizonte,
el criminal que morirá al momento
en que mis manos dejen de escribir (…)
si se me acaba el aire se me acaba
la arena entre los pies de Barrabás. (…)
¿Describo su camino o trazo el mío?
¿Me encuentro con él como se encuentran ellos,
los nuevos condenados de la historia,
su pensar, su sentir, su propia sombra? (55-56).
Al fin de la reflexión, para culminar el viaje de Barrabás, no queda más que afrontar la muerte, quedar como “(…) un lápiz ignorado / que ha dejado su sangre, su grafito / sobre el papel blanco de las dunas (…)”.
La segunda sección de este libro de poemas es un ejercicio de escritura admirable. La delicada arquitectura filosófica y argumental del poema está contenida en una retahíla de endecasílabos, a veces contundentes y memorables, a veces referenciales y universales, a veces artificiosamente sencillos y cercanos a la oralidad.
El libro finaliza con “Hilo de sangre”, un poema de versos cortos, contrapunto a la sección anterior, aliento de libertad sintáctica que reproduce el hilo gráficamente, como una suerte de caligrama.
A manera de epílogo, este hilo aterriza la reflexión que implica el periplo barrabasiano para la voz poética:
“(…) ¿seguiré
pagándome
la renta
la cruz
su fina estocada?
nombre no
ni un litro
de leche
me pagaré
pero escribo
como si me debiera
la vida
me quiero muerto
sin decirme
algunas cosas (…)” (77).
Este poema, confesional e íntimo, cierra el libro con una nota sombría, con un vacío luego del recorrido que hacemos junto con Barrabás y el sujeto lírico; como si no tuviéramos más que un espejo que nos permite reconocer a un animal marcado por el duelo.
Quizá ahí radica la potencia de este libro: en no ofrecer redención alguna, en negarse a cerrar el sentido del viaje. Barrabás no es salvado ni condenado del todo, y el sujeto lírico tampoco. Ambos quedan suspendidos en ese espacio donde la vida no alcanza a justificarse, pero tampoco termina de extinguirse. El hilo de sangre no conduce a ningún origen ni a ningún destino: apenas se sostiene, tenso, entre la conciencia y el vacío.

