El inmortal te custodia, Guardiana de la memoria.
Veinte metros mide el árbol que rodea el lugar donde reposas. Es el Inmortal o Bocote, Barcino, Cordia. El vuelo de sus flores, ingrávidas, denuncian el cauce del río invisible que forma la corriente del viento, rehiletes crujientes de lo eterno que vuelan hasta posarse en sus propias raíces: la tierra. Así tu canto, Amparo. Así Tú, que también tienes otros nombres, como el árbol que te acompaña: Vida, Alondra, diosa, (lo dice Modesto López, autor de tu documental), La voz de México.
La electricidad de tu voz expresa afanes, heridas, sueños y se ha unido, con el tiempo, al de otros, de otros países de Latinoamérica, escribiendo algo inédito en esta República musical que es el México contemporáneo: Canto Nuevo o canciones de protesta que llevaste a Europa, Estados Unidos, El Caribe,
Para ello te volviste peregrina. De nuevo la nomadía por un sueño, el viaje tras otro viaje, que habías experimentado cuando tus padres y hermanos salieron de Culiacán, (donde naciste en 1946, justo un año después del término de la Segunda Guerra Mundial) luego al Campo 3, Costa Rica y luego a Los Mochis en busca de mejor vida para todos. También estuviste en Sonora donde estudiaste dos años de enfermería.
Dejaste aula, padres, hermanos, tu tierra, para buscar en Ciudad de México, escenarios distintos a la mesa donde bailabas y cantabas de niña entre el aire dulce y el volátil hollín del Ingenio cañero de Costa Rica, los concursos de canto, festivales y las escuelas primarias de La Palma y Tierra Blanca donde eras profesora. Dijiste que solo irías por tres meses y ya no volviste. Nunca pensaste que serías cantante profesional. Era 1969. Un año antes, el movimiento del 68 había conmocionado México y participaste en manifestaciones en Culiacán.
Allá José de Molina te lanzó esta pregunta:
Amparo Ochoa:
¿A qué ha venido a México?
¿Y qué es el canto que va a ofrecer?
Tú dijiste:
Yo me quedé así. Era una incógnita para mí también.
Me gustaba hacer muchas cosas pero en sí, ¿qué era?
Contesté así de pronto:
Pues me gusta mucho la poesía y el canto que hable pues,
sobre la flor, el cielo, la luna hermosa. Pero si habla de lo más urgente,
del hombre, de la vida, del amor y de la necesidad de comunicación,
entonces, yo prefiero ese cantar.
Persiste la urgencia Amparo, se desaparecen de otra manera, a los que reclamabas en tus canciones, los desaparecidos de los setenta, ochentas y cuya presencia exigían Las madres con hijos desaparecidos: ¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos! Cómo había marchas en esta ciudad y tus canciones, como himno a todo volumen en la Plazuela Álvaro Obregón y Radio UAS, encendía las voces y brío para seguir. Me gustaría decirte que, tras treinta y un años de tu partida ahora es diferente, pero no.
Siguen vivos los Jacinto Cenobio encarnación de forzada migración del campo a la ciudad o al país del norte de donde son perseguidos y expulsados. Pero hay otro éxodo de personas en naciones asediadas y flotan, como Sindbad el varado, detenidos por países que los rechazan con potentes chorros de agua de mar. También sigue actual la letra de tu disco Mujer, continúa la violencia en general y contra la mujer en particular; los cenotafios (tumba sin cuerpo) en los semáforos, en las esquinas de escuelas, y donde no alcanzaron a levantarse, invisibles, han tomado las calles en busca de la memoria, alzados contra el olvido y siguen siendo sus madres y seres queridos quienes los siguen buscando. Y ello hace recordar oraciones de tu canción Jugar a la vida:
Y de nuevo en la calle me remiendo
la ilusión
Y de nuevo en la calle yo me muerdo
el corazón
Esto de jugar a la vida
es algo
que a veces duele
Como también estremece la reflexión que haces sobre la impostura, la apariencia de bondad, maldad y sus clichés en El mundo al revés, sigue siendo tan actual.
Más, sí hay ráfagas de aire puro, como los coros de niños que te acompañan en tu disco Amparo Ochoa canta con los niños.
Cuando dices:
Yo creo que hay que alimentarse y retroalimentarte con el público, con los conocimientos que tú tienes, que debes tener. Yo me estoy superando y quiero superarme hasta que me muera…
Porque yo tengo sed.
Tengo sed.
Yo pienso que me da miedo
morirme
y no beber todo
lo que quisiera beber.
Cuando te escucho al leerte, me haces recordar a Charles Baudelaire: ¡Embriagaos sin cesar¡ De vino, de poesía o de virtud, como os plazca.)
Amparo, dices de otra forma la verdad a la que llegaron dos poetas:
Sor Juana Inés de la Cruz:
Yo no estudio para saber más
sino para ignorar menos.
Y Emily Dickinson, a quien creo, te pareces no solo en ideas, sino físicamente:
La esperanza es algo con plumas que se posa en el alma y canta melodías sin palabras y nunca se detiene.
El saber y la esperanza en forma de canto es tu legado, Inmortal.
Lucía Leyva. Nacida en Mazatlán, pero radicada en Culiacán desde hace años, ha sido profesora e investigadora de la UAS. Ha conducido programas radiofónicos en la UAS y actualmente colabora en el programa literario Expresso café, de Radio Sinaloa. Es autora de Morado Blues; coautora del libro ‘En el andén de los sueños ‘y colaboradora de la revista Timonel.

