El Oro Falso, un cuento de Isabel Hion

Desde mi ventana podía ver las piernas bronceadas de las turistas en la alberca; sus brazos con pecas de agua, el sol del golfo regalándoles un calor de viejo mundo, y al borde, con un libro de Margueritte Duras cubriendo su rostro, el padre de Ulises. Reconocí su mirada en las turistas con el rabillo del ojo, mientras el otro hacía contacto visual con su hijo. Al lado, la joven promesa de la literatura tenía abierta una Moleskine y escribía un discurso, en apariencia improvisado, para la presentación de su libro. El Sr. Ardor movía los labios, desde mi ventana no alcanzaba a distinguir, pero seguramente eran consejos de escritura que él había recibido a la edad de su hijo, por un maestro que, también seguramente, lo había escuchado en alguna borrachera, en los mejores momentos de su ingrávida carrera como escritor.

Escuché un silbido. Al lado de Ulises, su madre me hacía señas desde su camastro. “¡Ahí voy!” intenté transmitir con la mirada. Ella sonrió y regresó a su teléfono. Sus labios, ese día, me parecieron carnosos. 

Al bajar vi a un grupo de chicos meter sillas y mesas en el salón de eventos. La presentación del libro de Ulises era hasta el día siguiente; cuando se enteró que pondrían el mobiliario unas cuantas horas antes del evento se quejó con su padre. A su vez, el Sr. Ardor se quejó con el gerente. Al llegar a la alberca, escuché a una de las turistas decir en voz baja lo incómoda y evidente que era la mirada de mi suegro, que en esos momentos también me sonrió cuando bajé en traje de baño. 

Dejé mis cosas al lado de un camastro. Ulises, con su Moleskine en mano, me apretó contra sí, frente a su padre. Su pecho era cálido, sentí sus latidos; puse mi brazos alrededor de su cuello y de reojo observé cómo las turistas salían de la alberca. 

Sr. Ardor leía Escribir, un libro de Marguerite Duras, breve y muy personal, con reflexiones sobre su oficio. Le escuché decir, mientras elegía un libro de mi bolsa, que la escritura era similar a un acto de masturbación; “la experiencia jamás logra salir de uno mismo en su totalidad”. Mi suegra, la Sra. Flores, puso en pausa su juego de celular y lo vio, por encima de sus lentes oscuros. No dijo nada. Ulises y su padre hablaban ahora de sexo frente a mí. Vi a la Sra. Flores reanudar su juego. Ulises me tomó de la cintura, el Sr. Ardor lo vio mientras lo hacía, y me llevó al camastro junto a él. Me preguntaron qué estaba leyendo. Saqué de mi bolsa Memorias de Adriano, un libro que había elegido leer antes que la novela de Ulises; pero eso no podía decirlo. Él lo recordó: 

– Está leyendo eso y no me ha dicho aún qué opina de Cóndor 45. 

Le di un beso para evitar decirle que no había comparación entre él y Marguerite Yourcenar. Crucé las piernas a propósito frente al Sr. Ardor, puse mi mano derecha en su hombro, mientras con la otra buscaba la rodilla de Ulises. Sólo bastó decir, con sonrisa de muñeca antigua: 

– ¿Qué era aquello que solía decirle el maestro Corrales sobre escribir más allá de uno mismo? 

Mi suegro desvió la mirada. Los dejé hablar por casi media hora. Tiempo suficiente para pensar en un cuento que tenía semanas en germinación. El salto de un niño en la alberca nos salpicó. El Sr. Ardor y mi novio vociferaron; la Sra. Flores saludó al niño y le mandó un beso. 

– Tiene 6 años pero nada como un tritón – escuché decir a mi suegra – Su mamá, la del bikini morado, dice que con el agua se está curando de una tristeza muy rara. 

– ¿Cree que puede haber tristezas normales? – le pregunté. Ulises abría su Moleskine y escribió, con el ceño fruncido. 

– Tal vez dije rara porque quise decir profunda – me respondió, con la mirada en la mujer a unos camastros de distancia. 

Ulises cerró la Moleskine de golpe. 

– Intento escribir una presentación; ve y anótalo en tu diario. O consíguela de paciente. 

Vi a la Sra. Flores regresar a su juego de celular, mientras la mano de su hijo buscaba, otra vez, mi cintura. Dudé que estuviera pensando en escribir. A nuestro lado, el Sr. Ardor pedía un whisky en las rocas. 

Ulises retomó su escritura. Abrí mi libro y regresé a un cuento que pendía de un hilo. Una parte de mí quería irse a escribir. Otra parte, agradecía de corazón la oportunidad de tomar un fin de semana todo pagado para leer con tranquilidad. También había una fracción que estaba dispuesta a llevar a una joven promesa de la literatura a su habitación, en un intento por desalienarlo del plan que preparaba para su presentación; porque todo era importante, al menos para él. La ropa que usaría. El lenguaje verbal y corporal. Su padre había hablado con la prensa, las invitaciones se habían enviado a críticos, editores y escritores. Incluso se había preparado con un detox de tres semanas… Yo llevaba más de tres meses sin poder terminar su novela. 

La maleabilidad del agua en la alberca me llevaba a un oasis en particular; en mí resonaban grandes jardines acuáticos en antiguas civilizaciones, o de universos alternos, corroídas, junto a colosos destruídos por el millar de los tiempos. Pensé en un lugar así para una historia que aún no encontraba su tesoro al fondo del mar. Así me parecía la experiencia; descender a una profundidad siempre desconocida y única, como quien busca una revelación. Mientras mi suegro leía el libro de una mujer con la que probablemente habría buscado un amorío, escuchaba el score del juego de mi suegra, que a menos de un metro mío parecía despedir notas florales añejas. 

A los pocos minutos, advertí que Ulises se había quedado dormido con la Moleskine sobre la cara. Por la noche hizo un berrinche sólo de imaginar su bronceado con silueta de libro. Salí de nuestra habitación y bajé, con la novela de Yourcenar en mi mano, para ir hacia el bar del hotel. En la barra, junto a una mujer, mi suegro bebía lo que parecía ser otro whisky en las rocas. Al pasar junto a él sentí el peso de su mirada, asentí con los ojos cuando pasé a su lado y me senté en una mesa con el espacio suficiente para no verle la cara. Pedí una cerveza y leí Memorias de Adriano durante casi dos horas. Al retirarme del bar, el Sr. Ardor continuaba en la barra, solo, hablando para sí mismo. 

La noche anterior también había pasado gran parte del tiempo solo. Cuando no compartía sabiduría literaria a su único hijo, bebía y observaba el vacío. Al dejar las maletas la Sra. Flores sugirió un almuerzo ligero en la terraza de la habitación. Nos hospedábamos en una de las pocas suites, pero nuestros cuartos, afortunadamente, no estaban contiguos, sino uno enfrente del otro. Mientras una chica dejaba platos sobre la mesa y servía café, advertí al Sr. Ardor mirarme mientras yo observaba el horizonte; el canto de las gaviotas, los ojos de Ulises sobre su Moleskine, las manos delgadas y largas de su madre. Me sentía en otra dimensión, en una especie de canto somnífero, un desgarre en la glándula pineal, o tan sólo el efecto tardío de alguna droga del día anterior. Sonreí a mis suegros, fingí que el padre de mi novio no observaba mis piernas. Sin quitarme los ojos de encima, el Sr. Ardor preguntó a su hijo qué clase de narrativa tenía pensado usar para la promoción de la novela. 

– No tengo nada que decir: todo está en la obra. – respondió Ulises, sin dejar de escribir. 

– La primera novela de alguien siempre es importante – el Sr. Ardor me vio con solemnidad – Y al mismo tiempo, no es nada. Pierde sentido con el tiempo; pocas personas atesoran su primera publicación. 

– Puede que Cóndor 45 sea lo único que escriba en la vida – Ulises dejó la pluma y vio a su padre a los ojos – Tal vez ese sea mi testamento. 

– Esa idea del escritor de culto en la periferia es absurda – mi suegro untó con particular violencia un trozo de mantequilla en su pan tostado – Sólo el tiempo forja lo suficiente; debes aspirar a una universalidad exquisita. 

– Cariño – la Sra. Flores sirvió jugo de naranja y puso su mano sobre la de su esposo – ¿Qué dices? Tienes una visión demasiado cliché de la creación como oficio.

Pude escuchar cuando el Sr. Ardor dejó de untar mantequilla, sin separar el cuchillo de la superficie del pan. Ulises sirvió un shot de tequila en su jugo de naranja. El Sr. Ardor se levantó, con el pan en la boca, en su mano un caballito y en la otra Cantos a mí mismo. La Sra. Flores sacó su teléfono y tomó una foto del atardecer; al fondo se asomaban unos ligeros riscos. Debajo, las olas rompían sobre él, desnudas, y sin miedo. 

Cóndor 45 iniciaba con un monólogo de veinte páginas sobre la anarquía del espíritu. Cada vez que preguntaba a Ulises a qué se refería con ese término lo volvía más complicado. Después, la voz narrativa se volcaba hacia la tercera persona, con trampas que hacían evidente que no existía una voz que narraba, sino Ulises contando una historia. Inicia con un padre y su hijo, enamorados de una misma mujer; una alumna del padre. Ambos observan su retrato y hacen un pacto simbólico para pensar en ella, exactamente en el mismo momento, todos los días, y hacer un quiebre en la estructura del espacio-tiempo. Mientras Ulises, ya torpe por el tequila y las margaritas, garabateaba en su Moleskine oraciones para piezas conceptuales de cerámica, la Sra. Flores sacó una libreta y un libro.

 – ¿Usted también escribe?

No respondió de inmediato. Colocó sus cosas en la mesa, tomó asiento y apagó su celular. 

– Sí, más que nada por gusto. – volteó hacia su hijo, que se quedaba dormido con la Moleskine sobre el pecho – Y leo de noche, cuando el silencio me lo permite. 

Tomé a Ulises de un brazo y lo llevé a rastras. Me despedí de mi suegra, que no parecía vernos ni existir ya en el mismo plano que nosotros. 

Aproveché la inconsciencia de Ulises para ir a la terraza de nuestra habitación. Estaba suficientemente cerca para ver a la Sra. Flores, pero no demasiado como para invadir nuestra privacidad. No podía ver, siquiera, el título del libro que leía; eso también alimentó mi voyeurismo. Abrí Memorias de Adriano y me recargué contra el barandal. Una parte de mí seguía las disertaciones de un Marco Aurelio ficticio, y otra permanecía en la misma dimensión onírica donde sucedía aquel cuento potencial: ¿cómo das vida a una historia que parece perfecta sin el drama humano? El viento llegó del oeste; la mamá de Ulises sujetó las páginas de su libro y su libreta. Tenía a su lado una taza con café, y por primera vez, la vi fumar. Me gustaba la forma de sus pantorrillas y sus brazos fuertes; tenía los ojos y las cejas de Liv Ullman, o eso pensé desde que la conocí, pero su espíritu no parecía similar a la nostalgia, sino al fuego. A esa distancia, contemplándola con un poco más de interés, se convertía en el coloso de una diosa, silenciosa y fértil. 

Antes de dormir, abrí Cóndor 45 en la página donde me había quedado la última vez: “Cuando Natascha duerme, es como observar a una grulla. Sus piernas largas se pierden en la sábana, sus pantaletas son nada más una premonición. Con delicadeza, baja sus pantaletas, las dobla, y las coloca en una caja que mañana Ulrich entregará a su padre y consumarán un símbolo de erotismo, en honor a un postulado de Kieslowski…”. Lo cerré con el pesar de que, inevitablemente, tendría que volver a abrirlo. Dormí, con un cuento que parecía transmutar en más bien una visión; la última imagen que registró mi mente antes de quedarme dormida fue a mi suegra posando su atención en la luna y los seres del mar. 

De esa madrugada tengo un recuerdo similar a los rayos: un llanto ligero, Ulises en la terraza. Me acerqué a él en silencio, sin salir del cuarto, pero no me vio. Tenía una botella de bourbon en la mano, y a su lado, la Sra. Flores. Él, hecho ovillo, bebía con el rostro hacia el mar; la luna nos alumbraba igual que en los sueños. Su madre, sentada a su lado, no podía verme. Llevó su mano a la mejilla de Ulises. Él alejó el rostro. Lo rodeaba un espectro de alcohol. Ella intentó quitarle la botella, pero él no la dejó. Vi en ella y sus ojos lo amargo de estar por encima de la lógica; “esto es tu hijo, él es tu hijo”. Regresé a la cama. Poco después, Ulises se acostó. Su aura etílica no me dejó dormir. 

El día de la presentación, la joven promesa literaria se despertó a las 5 am. Hizo ejercicios de estiramiento, yoga, y repasó apuntes sobre la novela y probables respuestas. A las 7 am, el Sr. Ardor ya tocaba nuestra puerta para contarnos por enésima vez aquella historia de cuando William Faulkner dejó de dormir durante semanas mientras escribía La paga del soldado. Aproveché el furor entre padre e hijo para buscar café. Tomé Memorias de Adriano, mi libreta, y salí a la terraza. La Sra. Flores entró con un kimono y un florero lleno de claveles. 

– Vamos a necesitar flores para un día tan especial – dijo, con una taza de café en la otra mano. 

Tomó asiento y comenzó un juego de rompecabezas en su celular. Podía escuchar los sonidos intermitentes que felicitaban su pericia; por unos segundos, eso y el bramido del mar me recordaron a la sensación de visitar aquel espacio para el que tenía una atmósfera, mas no una historia. Me senté con la disposición de escribir. Abrí la libreta, hice un ligero garabato para soltar la mano. Serví café en una taza, cogí melón y sandía para mi plato. Vi una imagen clara y una frase para abrir la historia. Dos manos cálidas en mis hombros me expulsaron de aquella dimensión. Ulises llegó por detrás y me dio un beso en el cuello; voltee con pena hacia la Sra. Flores pero ella seguía rompiendo pompas de jabón para acceder al próximo rompecabezas. El Sr. Ardor se acercó a nosotras con un vaso de whisky en la mano. 

– ¿Por qué decoran innecesariamente las habitaciones? – Ulises tomó el florero con los claveles y los llevó dentro, en la mesa de sala. 

La mirada de la Sra. Flores me interceptó antes de responder; negó con la cabeza y con los ojos dijo “Todo está bien”. 

– Vendrán muchas personas, compartí el evento en todas partes – dijo el Sr. Ardor. Junto a él, Catedral, de Raymond Carver, aún con el empaque de la librería. 

Ulises tomó el libro y lo abrió con su cuchillo. Después, hizo sonar una campana. – Ahora necesito con qué untar la mantequilla. 

La Sra. Flores sonrió y cerró su juego. Sirvió fruta y cereal en los platos para Ulises y el Sr. Ardor. Ulises leía el cuento “Plumas”, con el ceño fruncido. 

– ¿Por qué nadie puede escribir como él? – cerró el libro de golpe y lo colocó junto al plato de su padre. 

– Porque nadie puede escribir como nadie más, cariño – la Sra. Flores le pasó a Ulises su plato con frutas. 

El Sr. Ardor sirvió tequila en su jugo de naranja. 

– A Carver lo hizo su editor y todo mundo lo sabe. – musitó. Volteó a verme, fingió que no fue intencional, pero lo fue. 

El resto del desayuno giró en torno a la presentación y la necesaria camaradería entre padre e hijo, ambos escritores. Ulises quería que su padre y yo nos sentáramos en primera fila, junto a un editor al que buscaba convencer de editar Cóndor 45 en Polonia. Mientras ambos hablaban, percibí cómo la Sra. Flores veía de nuevo el agua; fue un instante, cerró los ojos, regresó la mirada a los hombres de su vida, y sonrió a Ulises, mientras llevaba su mano a la de él. Ulises la quitó con sutileza y me llevó hacia él. Apoyé mi cabeza en su hombro, porque jamás será demasiado cliché, y cerré los ojos. No podía ver, pero sí imaginar al Sr. Ardor pensar en mis clavículas. Por primera vez, elegí que no me importaría. 

Ocho horas después, estaba en un salón que tenía como ruido de fondo covers de clásicos del rock en bossa nova. Ulises se molestó porque la tela del mantel en la mesa no le parecía apropiada. El Sr. Ardor hizo lo posible por conseguir otro pero resultó inútil. Faltaban veinte minutos para el inicio del evento; perdí la cuenta de cuántas veces Ulises se tomó fotografías en la mesa para comprobar que la iluminación fuera de su agrado. Pidió que colocaran difusores con aceites esenciales en puntos estratégicos e hizo sound check más de tres veces. A sólo veinte minutos de la presentación, estaba exhausto.

Lo abracé como forma de motivarlo. En esos momentos, su cuerpo expedía una gran cantidad de calor; le dije que se sentara y tomara agua helada. Mientras Ulises se reponía en su lugar, el Sr. Ardor se acercó a mí. Llevaba una copia de Cóndor 45 en las manos. Había una pequeña mesa cerca de la salida donde estaban más de 500 ejemplares a la venta, aunque en el salón había un aforo para 100 personas. La Sra. Flores había tomado asiento en la última fila: el mejor punto, nos dijo, para tomar una foto panorámica de un auditorio lleno. 

– ¿Cuándo tendré tu lectura de Cóndor? – el Sr. Ardor sonreía. Siempre que volteaba a verme, sonreía. 

Hice un chiste, desvié su atención. 

– ¿Sabes que ayudé a Ulises en todo el proceso de escritura? 

Se acercó aún más a mí, me tomó del hombro, y me hizo señas para caminar hacia nuestros asientos. 

– ¡Brudny człowiek! 

Detrás de nosotros, un hombre similar al protagonista de Mi villano favorito se abalanzó hacia el Sr. Ardor y lo abrazó con fuerza. Cibot, su amigo y editor, tomó asiento junto a él y acaparó su atención. Desde su lugar, Ulises releía la Moleskine y exigía a gritos una Sant Pellegrino. A menos de cinco minutos de iniciar, el salón estaba casi lleno.

Por decisión de Ulises, el libro no lo presentaría el Sr. Ardor, sino un amigo de mi suegro, y una evidente competencia. Sus libros eran más exitosos, aunque, según el Sr. Ardor, “no tenía el duende para crear obras con gravedad”. La presentación inició con una ola de aplausos; según mi suegro, estaban todas las personas necesarias para que Ulises tuviera la oportunidad de ir por el camino de los grandes. Volteó hacia mí, mientras su hijo hablaba:

 – Necesito explicarte el verdadero sentido de Cóndor 45. 

Sonreí como autómata. Mientras observaba el rostro de mi novio, modulando cada facción y pose, con un tono de voz similar al de una inteligencia artificial, pensé en el lugar de mis sueños. Un cuento sobre lo verdaderamente importante, y el oro falso. No veía con claridad, pero aquellos lugares y las emociones detrás de todas esas imágenes eran reales, y supongo que se pueden extraer en un cuento, si hay suficiente maestría. La extracción de lo esencial, o incluso los antiguos relatos sobre alquimistas transformando lo burdo en oro; tenía sentido. La solemnidad alrededor de un hombre y un joven que hablaban sobre una novela donde se romantiza y sexualiza, para variar, un ideal femenino, de repente me causó náuseas. Ulises ahora leería un fragmento de la novela, que le había tomado tres semanas elegir. 

– No sé qué leer, tomaré un fragmento al azar. – Dijo, mientras abría el libro en la página que ya había marcado con un separador invisible. 

Mi vista se comenzó a nublar ligeramente. El Sr. Ardor colocó su mano en mi muslo: “¿Estás bien?”. Asentí y crucé mi pierna, lejos de él. 

Fuera de la voz de Ulises, había una amalgama de silencio. Todos escuchaban, como una especie de oración o arrullo, la escena en la que Ulrich y su padre observan a Natascha bailar desnuda en la playa, mientras cree estar a solas. No recordaba haber leído ese pasaje, probablemente porque aún no llegaba a esa parte de la novela, pero el fraseo me pareció soporífero, común, y el erotismo demasiado gratuito. Algunas de las personas en el público leían directamente de su ejemplar impreso, abstraídas. Salí con discreción de la fila, en búsqueda del baño. Tenía un nudo en la garganta, un probable ataque de ansiedad. Me detuve contra la pared, me abaniqué con Memorias de Adriano; Ulises me observó de reojo, pero no podía detener su lectura. El Sr. Ardor, desde su asiento, me preguntó sin hacer sonido alguno: “¿Necesitas algo?” Negué con la cabeza, sonreí, me abaniqué con más fuerza. No sabía cuánto tiempo leería, inhalé y exhalé como sé hacerlo desde los trece años. La ansiedad comenzó a bajar. Aún veía a Ulises y todo alrededor en blur, pero al menos no quería salir corriendo. 

Se escuchó un ligero rumor unas cuantas filas atrás de nosotros. Ulises subió el tono de su voz al leer, para opacarlas. Todos volteaban alrededor, extrañados. Al fondo, desde su silla, la Sra. Flores, con ambas manos en su boca, no dejaba de reír. Al verse descubierta dejó de intentar controlarlo; reía a carcajadas, como el fuego, al punto de las lágrimas. Nadie hizo nada. Nos quedamos ahí, contemplándola vicariamente, hasta el final.

Isabel Hion (Navolato, Sinaloa, 1988). Es escritora. Ha obtenido las becas FOECA y PECDA. Además, fue parte de la estancia para Jóvenes Creadores por la FLM en 2009. Aparece en las antologías Lados BTodos los nombres cuentanOnce Navajas y Mexicanas 2. En 2024 publicó su primer libro de cuentos, Hemos descendido al caos (Gato blanco).

Isabel Hion

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