LES FULLES SENSE CASA 

Les fulles que cobreixen la bala

que travessa l’ombra

del meu amor sense casa.

Maria-Mercè Marçal

Nos llaman el mercado de la miseria, de la vergüenza, a mí me enseñaron que vergüenza era robar, hacer daño a los otrxs, no buscarse un trabajo. Nosotros no vendemos cosas robadas, eso es lo que en las noticias les quieren hacer creer, tratamos de vender ropa y objetos que nos encontramos en la basura o cosas que la gente nos regala para apoyarnos, porque ya saben que nos dedicamos a la venta ambulante, los polis nos persiguen, a cada rato les andamos sacando la vuelta, hace poco nos hicieron una redada aquí en la plaza de Sant Antoni, llegaron de repente, ni tiempo nos dio de recoger nuestras cosas, nos quitaron lo poco que teníamos, a una compañera la empujaron y cayó al suelo, ninguno de los polis la ayudó a levantarse, iban de paisas, vestidos de civiles. A la compañera agredida la ayudamos a sentarse en la acera, estaba desorientada, no abría los ojos, se tapaba la cara, no decía nada, el poli que la empujó siguió como si nada pateando y llevándose nuestras cosas, «todos pa’ casa, se acabó el show», gritaba. Una señora que iba pasando nos hizo el favor de llamar a una ambulancia para que atendiera a nuestra compañera, pero en cuanto se dieron cuenta que éramos nosotros dijeron que no había ambulancias disponibles y que la afectada si quería ser atendida debía ir a la clínica por su propio pie, «ella también es humana» dijo una compañera que le estaba dando agua para que se le pasara el susto, ella no quería ir al hospital, tenía miedo, porque justo al lado está una estación de policía, y hasta donde sabíamos ella apenas iba llegando a Barcelona y no quería que la agarraran y la subieran a un avión de regreso a su país del que había salido huyendo. Todavía seguía aturdida en la banqueta, no podía levantarse, decía palabras sueltas que para nosotros no tenían sentido, pensamos que le dolía el pecho o el corazón de lo fuerte que abrazaba el objeto que el policía no pudo quitarle, una compañera le dijo que se lo sostenía para que pudiera levantarse, pero ella no quiso, con la cabeza y con los ojos cerrados se negó. 

Casi se llevan a uno de nosotros, pero otro compañero salió en su defensa, les dijo que nos dejaran en paz, que eran unos asesinos, unos corruptos, yo creo que los polis creyeron que estaba loco y por eso no se lo llevaron,  agarraron lo que pudieron, dijeron que eran pruebas del delito, «¿cuál delito? », le dijimos, «el delito de venir a mi país», dijo mirándome directo a los ojos, quise desgraciarle el rostro por hocicón, pero me tuve que morder uno y la mitad del otro, a los polis no se les toca ni con el pensamiento, y tampoco los puedes grabar con el teléfono porque la ley los protege; en cuestión de segundos se subieron a sus motocicletas, a sus coches, uno de ellos escupió al piso riéndose en nuestra cara; agarraron camino hacia plaza Catalunya, como pudimos nos llevamos a la compañera a la casa del migrante, nos daba pendiente que se durmiera y ya no despertara, ella seguía aferrada a ese objeto, se acostó en un rincón y ahí se quedó toda la madrugada en posición fetal como un bebé abandonado.  

  Tenía miedo de salir de nuevo a la calle, pero si no lo hacía no comía, tuvo que salir a rebuscar entre la basura cosas que pudiera vender, zapatos, ropa, muñecos de peluche, lámparas, libros, sillas, sartenes, ir a tratar de venderlos en el mercadillo y correr como si la vida se le fuera en ello cuando aparecieran los policías. Antes de migrar el médico le dijo que necesitaba tomar más calcio que sus huesos se estaban desgastando más rápido de lo esperado, pero ella sólo pensaba en que debía ganar montones de dinero para traerse a su hija, seguía aferrada a ese objeto, no dejaba que nadie lo viera, que nadie lo tocara, eligió enmudecer, no hablar con nadie, prefirió ahogarse en su propio dolor. 

Algunos pensaron que dentro de ese objeto escondía algo muy valioso porque no se separaba de él, mientras dormía un compañero intentó quitárselo, pero la mujer abrió los ojos y comenzó a gritar “fuego, fuego”, todos nos despertamos pensando que la casa se estaba quemando, que algún cable pelado había hecho corto circuito, quien quiso robarle salió corriendo y nunca más volvimos a saber de él, después de ese episodio se volvió más desconfiada, más huraña, a nadie veía a los ojos, éramos nosotros quienes le hablábamos a ella, como que algo se le rompió, lo único que sabíamos era que había vivido algo muy jodido en su país y que por eso se fue, que su hija se había quedado allá bajo el cuidado de una tía lejana, que esa era la causa de su tristeza, eso era lo que se decía, ella nunca quiso contarnos nada, su cuerpo era el silencio.  

 Tuvimos que mover el mercadillo hacia una de las calles del Raval, los vecinos nos ven como si no fuéramos dignos de su presencia, se quejan de que el barrio está muy sucio, lo dicen por nosotros, porque todos los días pasan los del ayuntamiento limpiando con chorros de agua, nos usan como chivos expiatorios para culparnos de todos los males, en cuanto vemos que se acerca una patrulla levantamos nuestras cosas y salimos corriendo; le cosimos una cuerda a un pedazo de tela y así levantamos todo más rápido para que no nos alcancen los polis, para que no nos roben lo poco que tenemos, porque esas cosas que nos quitan luego las vemos en el mercado de los domingos allá cerca del puerto, son unos cínicos, no les importa que nos demos cuenta, como si les hiciera falta el dinero, yo creo que lo hacen nomás pa’ jodernos, para que nos quede claro quiénes son los que mandan aquí, como si no lo supiéramos. 

 Hemos buscado trabajo pero nadie nos quiere contratar porque no tenemos papeles y porque no hablamos su idioma, Sin papeles nos apodan, aquí no existimos, para ellos somos una molestia, una plaga a la que hay que exterminar, de la que hay que deshacerse para que no se reproduzca, vivimos en esta ciudad pero no tenemos los mismos derechos que ellxs, aquí estamos pero es como si a la vez no estuviéramos, no sé si me explico, como si nuestros cuerpxs fueran invisibles al caminar por la calle, cuerpxs a los que hay que sacarle la vuelta, cuerpxs marcados por el exilio, cuerpxs desdibujados en el olvido. 

Antes vivíamos en la casa del migrante, ahí por el Raval, pero un banco que es dueño del edificio nos echó a la calle, era un refugio para quienes íbamos llegando mientras encontrábamos un trabajo y un lugar donde vivir, nos cerraron la puerta en las narices, apenas tuvimos tiempo de sacar nuestras pertenencias, nos dieron una supuesta indemnización para que pudiéramos pagar el anticipo de una habitación, para que nos dispersáramos y dejáramos de reunirnos, para que cada uno se fuera por su lado, ahora el edificio es la bodega de un supermercado o de una farmacia, no estamos seguros, nos echaron a la calle y en pleno invierno, entre nosotros había una pareja de jóvenes con una niña pequeñita, no se tientan el corazón ante nada, los dejaron a su suerte. 

Todavía hay quienes siguen durmiendo en las calles, a uno de ellos le prendieron fuego mientras dormía, no se supo quién o quiénes fueron, dijeron que las cámaras que daban al parque no servían, nomás cuando les conviene, tampoco a la policía le interesó seguir investigando, hicimos colectas para que la casa del migrante continuara siendo un espacio comunitario con personas de todas partes del mundo, pero ellos tienen el dinero y el poder de hacer con nosotros lo que les venga en gana; todos los días paso por ahí y me da mucha tristeza ver que se ha convertido en una bodega sin vida donde antes se escuchaban las risas, las pláticas de quienes vivían y se reunían ahí, aquí no nos quieren, ni vivos, ni muertos. 

Abrió un libro de pasta dura que se encontró al lado de un contenedor de basura y leyó lo siguiente: 

«Barcelona albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza única; y aunque los sucesos que en ella me han sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha pesadumbre, los llevo sin ella, sólo por haberla visto». 

Pensó en su hija, pensó que quizá ese libro la haría sentir como en casa cuando viniera a vivir con ella, que la ayudaría a no sentirse tan sola, lo puso en su carrito del supermercado y se lo llevó a donde ahora dormía por las noches, debajo de uno de los arcos de la plaza Reial, donde al menos intentaba dormir junto a otros compañeros de la casa del migrante, dormían juntos mientras uno de ellos vigilaba, se turnaban en la madrugada para que no les prendieran fuego, decían que eran varios encapuchados los que atacaban a las personas que dormían en la calle, que era una limpieza de la clase baja, de las personas migrantes, que había que estar muy atentos y no bajar la guardia.

Entre varios conseguimos rentar una especie de piso, luego de la pandemia los precios de los alquileres bajaron como en resbaladilla y pudimos juntar dinero suficiente para el primer mes, una señora catalana nos hizo el favor de hacer los trámites porque a nosotros nos oían el acento y nos colgaban el teléfono, piensan que no les vamos a pagar el alquiler, que les vamos a destruir sus pisos, que les vamos a robar. El piso en el que ahora estamos da directo a la calle, es más como un local, no podemos empadronarnos porque no tiene cédula de habitabilidad, pero al menos ya no dormimos a la intemperie que era lo que más miedo nos daba.  

Mientras iba de regreso a su casa le sorprendió ver a un par de niñas sentadas en una banca en la calle platicando solas a medianoche, le sorprendió haberse sorprendido, ¿por qué no podían estar en la calle tranquilas a esa hora sin que nadie las molestara, sin correr ningún peligro, sin que nadie quisiera llevárselas?, le parecía imposible, quiso llamar a la policía, a los padres de esas niñas para decirles que no dejaran a sus hijas solas, que podían desaparecerlas, matarlas al primer descuido, pero recordó que no estaba en aquel lugar donde más de once mujeres eran asesinadas cada día, que aquí estaban a salvo, que aquí no iba a pasarles nada malo, o que al menos había menos probabilidades, que no iban a ser tiradas a las orillas de la carretera como basura, que iban a llegar con bien a sus casas, que sus madres no tendrían que andar buscándolas entre las piedras, entre la sierra, entre los basurones. Pensó en su hija, tuvo miedo a que la mataran antes de poder traerla con ella, miedo a no volver a verla, a no abrazarla de nuevo. 

            Corrió para huir del miedo, 

        para escapar de la incertidumbre

Sabía lo que debía hacer para reencontrarse con su hija, su abuela se lo había enseñado, así es como logró que su abuelo regresara con su familia de donde nunca debió marcharse, eso era lo que decía su abuela, la familia que debía resistir, su lugar seguro en el mundo, estaba convencida de que debía hacer lo mismo, nadie debía tocar ni ver ese huevo de cristal que su abuela le había heredado, ese huevo que al mismo tiempo era una lágrima, lo único que le quedaba de ella, de esa vida que la perseguía, un pasado a donde no quería regresar, un pasado que cada vez que dormía la arrastraba río abajo. 

Ya comenzaron las reformas en la plaza de Sant Antoni, ya no podemos ir a vender nuestras cosas, dicen que van a pacificar las calles de los coches, de la contaminación, de las ventas ambulantes, de nosotros; quitaron la plancha gris de concreto, podemos ver las entrañas de la calle, de la ciudad, ahora los vecinos se quejan del ruido de las obras, nada les parece, dicen que van a poner más árboles, que van a poner bancas, mesas para que la gente se reúna a comer al aire libre, juegos para los niñxs y que eso va a mejorar la convivencia entre los vecinos, pero todos sabemos que seguirán quejándose, que a algunos les molesta que los niñxs que viven en el Raval vengan aquí a jugar, sólo porque la mayoría son hijxs de migrantes, como si ellos no tuvieran derecho a disfrutar de los espacios públicos, han de querer que se queden encerrados en sus casas y no salgan de ahí. 

La madre frente al espejo se corta los cabellos negros que van ya mutando hacia lo gris, se mira a los ojos intentando encontrar la mirada de su hija, piensa en la distancia que las separa, desea volver a parirla, volver a sentir ese dolor de traerla al mundo, desea arrullarla de nuevo en sus brazos, cantarle canciones de cuna para que duerma tranquila, para que nada la perturbe. 

 Con cuidado abre el huevo saca el cabello negro de su hija, lo huele, trata de no olvidar su olor, intenta atraerla hacia donde está ella, toma su cabello y el de su hija y comienza a tejer una trenza, una trenza gris y negra, una es el complemento de la otra, mientras va trenzando va diciendo una oración en un idioma que no conoce, una oración que hará que su hija regrese a su lado, confía en que así será, ata la trenza con un listón morado para que no se desprendan los cabellos, para que el lazo permanezca, para que nada vuelva a separarlas, coloca la trenza dentro del huevo, ya no llora, hace tiempo que su cuerpo se secó, guarda también la hoja de un plataner y el caparazón vació de un caracol que se encontró mientras caminaba por el Montjuïc, para que su hija siga el llamado de esta tierra, para que no se equivoque de sitio, cierra el huevo, camina hacia la calle que ya ha sido levantada, ahí donde antes se ponía el mercadillo, ahí donde casi pierde el huevo que su abuela le heredó, el huevo en espera de un nacimiento, el nacimiento de su hija, volver a parirla en otro lugar, el ojo blanco donde su hija renacerá, donde ambas renacerán como madre y como hija, es de noche y ya sólo algunos turistas continúan en la calle, alguno se quedó dormido sobre una banca de madera ya despojado de su teléfono y su cartera, trata de no hacer ruido, de no despertar a nadie, las entrañas de la calle continúan abiertas, la lluvia ha removido la tierra, va justo hacia donde las cámaras no detectan ningún movimiento, se desliza por debajo de una reja de metal, con cuidado baja hacia el lodo que se ha formado, con sus manos escarba entre las raíces de un plataner, abre un hueco donde introduce el huevo, lo coloca de forma vertical, le da un beso, de nuevo la oración que sale de su boca, una oración que repite como un saber antiguo, un saber que le viene de no se sabe dónde, cubre el agujero con lodo y con ramas que han caído luego de la lluvia, se despide de la trenza que vivirá dentro del huevo, con ayuda de un cuchillo escribe el nombre de su hija sobre el tronco del árbol donde ha quedado el deseo del reencuentro, el deseo de protegerla, de no perderla en el camino sobre el que han andado sus pasos.

El huevo se rompe y de su interior renace la hija, la hija que ya no pudo parir, la hija que hubiera deseado tener una vez más, la madre camina hacia al mar en busca de esa niña que se le iba desdibujando en el recuerdo, la hija no sabe dónde está, pero su cuerpo sabe a dónde debe ir, va hacia el encuentro con la madre, en el mar se deja arrullar por las olas de su abrazo materno. 

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Iliana Cervantes Llamas. Costa Rica Sinaloa, 1992. Estudió Psicología en la Universidad Autónoma de Sinaloa. Cursó un máster en Literatura comparada en la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha publicado en las antologías Álbum Rojo, Narrativa sinaloense de no-ficción (2018), La espina es la flor de la nada (2018), Conversaciones en el umbral (2020) y en las revistas Timonel y La Vaca Multicolor. Es autora del libro Atravesar la incertidumbre (2023) el cual se escribió con el apoyo de la beca Pecda Sinaloa en el 2017 y ha sido publicado por el Instituto Sinaloense de Cultura.

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