Lo conocí una tarde en la que el calor era de cuarenta grados, en un agosto extenuante y húmedo; no había nube en el cielo ni aire que refrescara poquito; yo había ido a la tienda de la esquina por unas cocas y un pan, aprovechando que mi mamá se había ido al casino a ponerle doscientos pesos a la máquina. Ahí me la llevaba cada tarde, hiciera o no calor, fuera o no fuera mi mamá al casino, ensoñado, fumando Marlboros de toque en toque con los otros cholos de la cuadra.
Nos quedábamos en la cochera de la casa de don Fernando, el de la tienda, hablando de los Creedence, de la school, de las morritas que caían, yo nomás callaba, a mi apenas me alcanzaba para pensar en lo mío, en mi piel, en mi cuerpo envuelto en sombras, hiciera o no calor.
Me acuerdo con mucha firmeza de todos los detalles, la tierra que se levantaba con el aire fresco que empezó a soplar a eso de las seis de la tarde, las rolas de Queen, las nubes que una a una fueron aborregando el cielo en un gris espectacular, melancólico, y luego la tormenta y las gotas gordas y pesadas que caían desde ese cielo que apenas copeteaba los árboles de amapas.
Máscara Negra apareció entre la tormenta, entre la fresca sensación del olor de la tierra bien mojada, lleno de agua, volteó a verme y sonrió; no enamorarse de él y de su sonrisa tan torcida era imposible en ese momento.
—¡Pinchi llovidón que me agarró! Ojalá se pase luego, ¿ustedes qué onda? Qué a toda madre se la llevan, morros —apenas me dijo esto y yo atiné a murmurar un «sí» con timidez; desde donde yo estaba sentado, en la orilla de la cochera de don Fernando, bajo una larga cornisa y mirando hacia arriba. El Máscara Negra se veía imponente, con sus negras botas enlodadas, su cuerpo cubierto por mezclilla negra, una camiseta y una gabardina que no se quitaba así el cielo diera lumbre en vez de agua, se veía sólido y pleno de fibra, lleno de vigor.
Se quitó la gabardina y se sentó a mi lado buscando en sus bolsillos una caja de cigarros que nunca hubieran prendido esa tarde, ni ninguna otra, de lo mojados que estaban. Mis piernas temblaban, me paré sin decir nada, entré a la tienda apenas unos momentos, regresé a donde el Máscara Negra seguía sentado, con dos Marlboros rojos que había prendido adentro. Le ofrecí el cigarro al que más baba le había dejado, cuando le estiré el brazo para dárselo; él lo tomó mirándome de abajo para arriba, ahora era él quien miraba al otro desde esa posición, calladito tomó el cigarro, callado también yo, nuestros dedos se rozaron levemente y sentí una corriente eléctrica recorrer mi cuerpo, la brasa del cigarro que traía en la otra mano se avivó. Recuerdo haber escuchado unos truenos justo en ese momento, justo cuando le pasé ese cigarro, justo cuando la lluvia se detuvo y un hermoso viento azulado comenzó a recorrer la cuadra.
La proximidad nos juntaba a menudo, él vivía a un par de calles de la tienda y pasaba seguido a fumarse un cigarro, o a tomarse unas cocas, a veces hasta le entraba a las retas en las maquinitas. El 29 de septiembre, un día antes de mi cumpleaños, durante los fes- tejos del aniversario de Culiacán, nos enteramos de que aquel hombre alto, de largos pasos, que andaba siempre con una gabardina y unas botas negras era luchador enmascarado, llegó en la tarde a invitarnos a una lucha en el horno al que le decían Gimnasio Revolución, que su nombre era Máscara Negra, el enmascarado de cuero; en la cuadra ya todos sabíamos que se llamaba Rodolfo, y nos hizo mucha lógica que se llamara así como El Santo, el enmascarado de plata, y que fuera luchador el vato, sabe.
El día de mi cumpleaños el plan era ir a las luchas a gritar y a poner en carrera las tripas, nuestra idea de ir estaba fundada en la invitación que nos hizo Rodolfo.
—Vayan, va a ser gratis, va a empezar como a las cinco, ya que se acabe me buscan, nos chingamos unas caguamas.
Los cholos de la cuadra y yo llegamos temprano al Revolución, a eso de las cuatro para no hacer tanta fila, nos habíamos imaginado que iba a estar bien lleno porque la lucha iba a ser gratis y cuando en Culiacán dan las cosas gratis la gente nomás se agolpa como si el asunto se tratara de algo único en la vida.
Yo aproveché para ver los carros que pasaban por ahí, para ver el mural del Revolución afuera del parque, para ver las caras de la gente que también hacía fila limpiándose el sudor del rostro con el dorso de la mano o con alguna toalla. También aproveché para sentir el contacto de mi ser con mi ciudad y el lento caminar del sol, nomás por sentir algo que no fueran ansias de morderme los brazos, de arrancarme las uñas por verlo cada tarde, como lo había estado sintiendo desde aquella vez que lo vi en la tienda de don Fernando.
Adentro del gimnasio no había ni cómo estar, el calor de la tarde era molesto y exagerado, el techo de lámina del lugar no más calentaba y llenaba los espacios de vapor de sudor, de desodorante de pies y axilas. El de la cerveza ni se nos acercaba, nos veíamos bien morros, apenas nos salían unas pocas barbas; pero sobre todo aún teníamos cara de pendejos, en especial yo, que nomás me largaba un trago de coca para apaciguar el calor y me paseaba la lengua sobre los labios, chupando el azúcar que aún me quedaba en ellos.
Las luchas estaban ahí nomás, uno que otro gordo pegándole a un enano, luchadores que apenas sudaban la lona, si acaso un tibio lance entre segunda y tercera, llaves mal aplicadas y golpes que ni movían ni sacudían nada. No había estelas de plata, de azul o de oro haciendo surcos en el aire, ni máscaras rotas, ni sangre manando a chorros. Entonces, salió el Máscara Negra enfundado en unas altas botas negras relucientes, y unos pantalones de cuero ajustados a la cintura, con el torso depilado al descubierto; su máscara tenía una sencillez deliciosa: sólo unos remates de un cuero negro alrededor del contorno natural de los ojos y la boca, realzados contra la tela del resto de la máscara que aunque también negra se apreciaba más clara.
—¡Maaaaaaaaáscara Negraaaaa, el enmascarado de cuero!
Se apoderó del pasillo que conducía al ring, levantó ambos brazos al aire y, en medio del griterío y del alboroto que provocó en el gimnasio, comenzó a enfilarse al ring al tiempo que bailaba frenéticamente la rola del Macho Man, golpeándose el pecho con sus enormes manos, lamiéndose los bíceps.
—¡Pinchi putooooooo!, ¡no mames! —gritó el Meño, los otros cholos de la cuadra no pararon de gritarle insultos a Rodolfo. Para cuando se acabó la última lucha ya estábamos secos y flacos de las bolsas, ninguno se quiso quedar a lo de las caguamas, ni porque las iba a pagar él.
—Pinchi puto. No mames, Chino, ¿a poco te vas a ir con el vato ese? —yo no respondí, sólo moví mi cabeza de arriba a abajo con tímida resolución. —Chale, homes, ahí te wacho—.
Me dejaron con mi ropa empapada de sudor, con mi pinta de cholo triste rodeado de un montón de gente a las que no les importaba, en el contraste de las luces de la tenue noche de sep- tiembre en Culiacán.
Rodolfo me alcanzó por la espalda posando su mano que ahora me parece suave en mi hombro, yo me saqué por el repentino contacto, al voltear lo vi esbozando su sonrisa, me acomodé la camiseta de los toros y me subí los khakis que me había regalado mi mamá. No sé por qué, como que buscaba protegerme con mi ropa, con mis colores y mis marcas de cholo ante ese hombre que me había dejado hechizado con su teatralidad, sabe.
¿Qué onda, Chino? ¿Y los otros cholos qué? Se fueron, que tenían negocio, yo me quedé porque al rato voy a ir al casino por mi mamá Ah, ¿entonces ya te vas? No, vamos por unas caguamas.
Rodolfo me lazó con su brazo sobre mis hombros mientras empezamos a caminar sobre la Obregón con rumbo a la catedral, se colgó una maleta con su ropa y su equipo y me preguntó si me había gustado la lucha, que si había estado a gusto, que si era mi cumpleaños diecisiete, le dije que sí a todo, a su caminar garboso, a sus preguntas nerviosas, a su brazo, a su sombra caminando sobre la Obregón. Nuestro rumbo torció rumbo a la plazuela de la universidad, íbamos callados, apenas platicábamos, de los festejos de la ciudad, del aguachile más grande del mundo, «como si en el mundo hicieran muchos aguachiles», le dije a Rodolfo.
Para cuando llegamos a la Plazuela Rosales, la luna ya brillaba en un cielo despejado, el calor ya no era tan agudo, hasta un aire fresco se sentía, Rodolfo me llevó a un bar justo frente a la plazuela, nos sentamos a beber en serio, nos tomamos todo lo que pudimos, en la embriaguez nos mirábamos de frente, en la complicidad de saber que esto no duraría para siempre.
La cuadra estaba lejos, sin carro, sin camiones que pasaran; ahogados en cerveza, tomados de la mano caminamos por las vacías calles del centro de una ciudad que se veía absolutamente fresca, limpia y libre de violencia. Parados en la Riva Palacio y la Ángel Flores podíamos ver el Edificio Central de la universidad a un lado, y a la iglesia del santuario por el otro, con las farolas y la luna alumbrándonos los pasos que justo ahí detuvimos. Jalé a Rodolfo de la camisa untada que traía y le di el beso más eterno que jamás he dado, nuestros cuerpos se juntaron tanto que parecían uno, el sabor de la carne de sus labios y de su lengua me recorrió por cada poro de la piel, una piel que sentía ahora la otra piel, la piel del diablo, de todos esos años en los que el deseo me aplastaba las uñas de los pies, la piel que al fin se ponía sobre la mía y me liberaba de esa gravedad aplastante que ahora se empujaba a sí misma por atrás de mis ojos y salía en forma de una lágrima gorda, salada y brillosa.
—¡Cholos y putooooooos!
Rodolfo se apartó un poco de mí cuando escuchó el grito de un borracho pelón que iba pasando en un Montecarlo azul con plata piloteado por otro ebrio que hacía lo que podía para no estrellarse contra los árboles de la plazuela; secó con su callosa mano la lágrima que se extendía sobre mi mejilla, casi ni le sentí la mano, me tomó por la cintura y me llevó caminando hacia el santuario, subimos por la Ángel Flores y dimos vuelta por la Donato Guerra, en sentido contrario, con rumbo al Madero, las casas del centro me parecían tan limpias, tan blancas y tan libres de todo, ni sentí cuando llegamos al hotel; ahí entramos al bar, Rodolfo me dejó solo en la mesa, con una cerveza que nomás sudaba de frío, sabe.
Volvió con una llave en la mano, coqueto y sonriente, con los ojos chispeantes y una erección que se le notaba fácilmente. En la habitación 415 los ruidos de la noche no llegaban, ni el pasar de los carros, ni la música del bar, ni lo que fuera que pasara adentro de los otros cuartos, como un mundo raro, sabe.
Las piernas me temblaban mientras caminaba nervioso, reconociendo los espacios del cuarto; me asomé por una solitaria ventana estirándome la camisa de los toros que traía puesta y me quedé así, mirando hacia el bulevar, casi arrepentido de haber ido, pero Rodolfo era lindo, me dejó solo en la distancia para poder mirarme de forma más lejana. Rodolfo, sentado en la cama, me llamó hacia él, me abrazó la cintura y recordé la vez aquella que le di un cigarro, él mirándome de abajo para arriba desde su lugar en la orilla de la cochera de la tienda de don Fernando, así igualito me miraba ahora, me soltó de la cintura y tranquilo comenzó a desabrocharme el cinto y el pantalón, mi piel morena estaba llena de brotes, como de los que le salen a las gallinas cuando las desplumas. De a poco, Rodolfo me acarició con su mano por arriba de los boxers, tomó la firme erección que tenía, la acarició, la acaparó entre sus dedos y su palma, y luego lo vi, lo vi sonriéndome mientras abría su boca y acercaba su cara a mi sexo erecto y palpitante, comenzó a lamerme y a chuparme y a tragarse todo lo que en ese momento le ofrecí. Con los pantalones y los boxers en los tobillos, me quité la camisa de un movimiento, un arrebato como una comezón me recorría todo el cuerpo, su lengua hacía que no me pudiera sostener en pie, me tenía agarrado de las nalgas y no me dejaba escapar de esa postura mientras seguía atacando y besándome el pene; acaricié su miembro erecto con frenesí, sintiéndole sus pliegues y su pubis depilado, le tomé de los cabellos, lo besé con violencia, su boca sabía a cerveza, a orines, a pene erecto. Desnudos por completo, en la totalidad de la luz, nos acostamos para entregar- nos, para recorrernos los músculos y para besarnos y penetrarnos de frente, como largos amantes. Explotamos en éxtasis, cerré los ojos y me entregué a la oscuridad de la ensoñación, al cansancio del orgasmo violento del sexo anal, a la profunda seguridad de sus brazos de luchador.
Despertamos llenos de olor, con ansias de bañarnos y quitarnos la pesadez de las sábanas con agua tibia, Rodolfo tenía que irse a trabajar, daba clases en un gimnasio desde temprano, quería ba- ñarme con él, pero por alguna razón me dio vergüenza, dejé que se metiera solo; me había entrado la congoja de no haber avisado, de no haberle hablado a mi mamá para avisarle que no llegaba a dor- mir. Rodolfo ya estaba listo para irse, vestido con sus pantalones de mezclilla negra, sus botas, una camisa y su eterna gabardina negra, lo contemplé callado pero en asombro. ¿Cómo hacía para tenerme así? Nos despedimos con un largo abrazo y una serie de besos apasionados en los labios, en el cuello y en la cara.
Llegué a la cuadra apurado, quería entrar a la casa sin tocar, intentar girar la perilla así nada más para ver si estaba abierto, o meter la llave que mi mamá me había dado desde que estaba en la secundaria, no alcancé a hacer ninguna, mi mamá abrió la puerta con cara de descanso: sus ojos hinchados de tanto llorar por sus otros hijos parecían haberse rejuvenecido. No me habló, nomás me abrazó, me llenó de cariño, me preguntó que si ya había desayunado, que le había preguntado a todos los cholos de la cuadra por mí, pero que nomás le habían dicho que me había ido a tomar con el hombre ese que decían que era luchador. En el fondo ella sabía que había encontrado quién era, ella sabía que ya no usaría una máscara para esconderme de mí mismo y, en ese sentido, estaba agradecida con Rodolfo.
En la tarde mi mamá se fue al casino, como para volver a la normalidad después de una noche de angustia, yo agarré camino con rumbo a la tienda de don Fernando. En la distancia vi a varios de la clica nomás sentados en la cochera de la tienda, jugando a las máquinas, fumando de los rojos. Se me quedaron viendo, el Leo, el más pesado de la raza de ahí de la cuadra, tenía un montón de palabras en la cabeza.
¿Y qué onda, Shino, te encontró tu jefa? Sí, no hubo pedo ¿Y es cierto que te fuiste con el vato puto ese?, el luchador. Sí, nos fuimos a pistear, nos pusimos un pedón, el vato es bien chilo. Ah, ¿y te cogió, te hiciste puto?
Los otros cholos me rodearon, uno me sujetó por la espalda al tiempo que gritaba: «¡Así le gusta al Chino ahora!»
Yo no entendía qué pasaba, oía las risas a todo pulmón, con la boca abierta a más no poder, era un juicio sin oportunidad de defenderme, buscaban mi sangre.
—Chale, un cholo puto.
Me empujaron y me golpearon la cabeza con sus manos abiertas, a cachetadas y a jalones de pelo; luego el cielo se empezó a poner gris.
Arrodillado, cubierto de polvo, sudor y burlas, empecé a llorar, me dieron una patada que me sacó el poco aire que aún me quedaba, creo que fue el Meño, entonces todos se entregaron a un frenesí de violencia. Don Fernando quiso ayudarme, gritaba que me dejaran, que me iban a matar.
Intenté correr, pero las piernas y el aire no me alcanzaban, con claridad vi sus caras llenas de odio, sentí un rumor hormigueante que me recorrió los nervios desde los ojos hasta los oídos, creí que quedaría ciego y sordo para siempre, caí en un profundo mareo que no parecía existir en el tiempo…
Máscara Negra llegó enorme, ultraviolento… El enmascarado de cuero, ejecutor de una doble vida absoluta y secreta, salvador del mundo, cazador de vampiros, recolector de deudas, rompe piernas; era como un rayo y un trueno al mismo tiempo. Una leve lluvia comenzó, los movimientos de Máscara Negra se fundieron con el temporal en una danza simétrica de sonido y luz y furia.
Uno a uno fue tumbando a los cholos de la cuadra, con sus manos, con sus pies, con la pura mirada: al Leo le llenó la cara de puñetazos y de codazos, su torso estaba erguido como el de una cobra, no paraba de machacarle la cara, le golpeó tanto y tan duro que le rompió el cráneo; el Chato lo jaló de la gabardina, lo quitó de encima del cadáver del Leo, le levantó la cara jalándolo de su hermoso cabello negro y le recorrió la garganta de izquierda a de- recha con una navaja 007.
Llorando, cubierto de agua, me arrastré hasta el cuerpo moribundo de Rodolfo, su sangre diluida se escurría con rapidez de la herida profunda que dejaba ver su lengua y su tráquea, lo abracé e intenté poner su cabeza en mi regazo, Rodolfo miró mi rostro golpeado, hinchado, sangrado y lloroso, miró mis ojos reventa- dos por el odio, esbozó esa sonrisa infalible que tanto me había enamorado y me dejó solo en medio de la lluvia en la única calle pavimentada que había en la cuadra en aquellos días.
Jorge Alberto Avendaño (1978). Es narrador, traductor y profesor. Es autor del libro de cuentos Bajo la sombra de las amapas (Universidad Autónoma de Sinaloa, 2024). Ha colaborado en diversas revistas literarias digitales e impresas. Entre las distinciones a las que ha sido acreedor, se encuentran el Certamen Nacional de Relato Personal Mi historia inolvidable en 2015, el Premio Nacional al Estudiante Universitario Sergio Pitol en la categoría de cuento en 2017, y una mención honorífica en el Premio Estatal de Artes Visuales y Cuento de Horror en 2023. En 2024 recibió el PECDAS en la categoría de creadores con trayectoria.

