Conocí poco a Inés Arredondo porque yo era muy joven; mi hermana y yo éramos amigos de sus hijos Inés, Ana y Pancho en la escuela, y habré estado en algunas fiestas en su casa, una adolescente perdida en las preocupaciones de su edad y medio apenada porque ahí estaba la señora. La señora era Inés, por cierto; pocos años después acompañé a mi hermana a visitarla y nos convidó un café en unas tazas pequeñas que uno escogía de una hermosa vitrina. ¿Hablarían mi hermana y ella de Thomas Mann? Es mi impresión y ella no se logra acordar, pero recuerdo que me impresionó su amabilidad, su tranquilidad en aquella ocasión, más sabiendo ahora todos los tormentos que pasó debido a su enfermedad de la columna. Y también fue muy amable la tercera y última vez que la vi; le hacían un homenaje en una librería y los asistentes nos formábamos para saludarla, pedirle la firma e intercambiar algunas palabras. Yo había publicado algún cuento aquí y allá, pero la juventud es ingrata y no entiende cuando la vida le pone enfrente la oportunidad de acercarse a las grandes cosas. Con esto quiero decir que fue después de fallecida Inés que leí con atención La señal y Río subterráneo. Y lo que puedo decir de entrada es que no ha habido una escritora que concentre como Inés Arredondo la profundidad en el lenguaje, el estudio detenido de los personajes y el ímpetu de la narración; por eso a mi modo de ver es uno de los mejores escritores mexicanos del siglo xx, hombres y mujeres.
Se ha hablado ya de lo que representa para Inés Arredondo ese territorio mítico que fue El Dorado, la hacienda azucarera cercana a Culiacán que era propiedad de su abuelo materno, Francisco Arredondo –de quien tomó el apellido para componer su nombre de pluma–, donde ella pasó largas e idílicas temporadas en su infancia: paraíso, lugar entrañable de sitios señalados –la casona, el ingenio azucarero, el río, la avenida de bambúes, las frutas exóticas, las plantas traídas de todo el mundo- y también escenario de los descubrimientos y de las transformaciones incomprensibles; un cuento como Los espejos me impresiona porque revive ese ámbito paradisiaco donde sin embargo suceden tragedias. Pocos novelistas mexicanos tienen su Combray de Marcel Proust, un territorio mítico, nostálgico, que siempre enmarca la representación de sus historias de manera un tanto ritual, desde el cuento “Lo que no se comprende”, donde una niñita se esconde en el granero tras quedarse viendo a su hermanito que ha nacido deforme, hasta la hacienda de los gustos refinados, exóticos y oscuros del personaje de don Hernán en “Las mariposas nocturnas”, personaje que por cierto aparece también, como visto de lejos, en “Los espejos”.
Cuando leo las evocaciones que hace Inés de su infancia, de aquel lugar que describe tan vívidamente, en el que, dice, no existen de manera visible las diferencias de color y de clase que definirían una idea de México, casi puedo intuir a la mujer llena de curiosidad por el mundo que al llegar en 1946 a estudiar a la Facultad de Filosofía y Letras en la Ciudad de México se topa con un ambiente intelectual profundamente estimulante y rico, en la época de la posguerra, y más tarde en los años sesenta, donde formará parte de un generación brillante de escritores.
En la obra de todos ellos –pienso en Juan Vicente Melo, en Salvador Elizondo, Juan García Ponce, José de la Colina, Guadalupe Dueñas— y en los cuentos de Inés Arredondo laten las visiones de otros mundos más allá del nacionalismo que había sido la corriente principal en la primera mitad del siglo xx, y de otras profundidades del ser humano, visiones de la perversidad como el envés del lenguaje, o del terreno sagrado en donde se tocan dios y el diablo, aquel que habla de la belleza de la oscuridad. Sin embargo, en los relatos que conforman los tres libros de la autora, “La señal”, “Río Subterráneo” y “Los espejos”, aparece antes que nada el otro lado, el de la conciencia de lo perdido, una claridad inicial que después se pudre en la locura o en el impulso ciego que lleva a las tragedias, o al contrario, un instante de revelación que rompe el mundo de los protagonistas y los sitúa en un deslumbramiento paralizante. Pienso justamente en “La señal”, este personaje ateo al que un hombre le lava los pies en una iglesia y en este acto entrevé la naturaleza de lo sagrado, o aquel otro cuento donde la protagonista que llora en el metro de París, es consolada por la mirada de un desconocido. O la mirada de Mariana, la protagonista del cuento de mismo nombre, posada en lo infable, en un vacío inalcanzable que enloquece a su amante. Esta mezcla de refinamiento incluso perverso dentro de una cierta cotidianidad –esa provincia asfixiante y a la vez entrañable que es el personaje principal de muchos de sus relatos- convierte a Arredondo en una autora inasible: moderna y a la vez clásica, densa y a la vez espiritual.
Los personajes de los cuentos de Inés Arredondo se transforman minuciosamente al paso del mundo y sus latidos, y su propio interior avanza en correspondencia con una naturaleza que es también espíritu, el trasfondo telúrico del agua que pudre y el sol camusiano que enloquece:
“Siempre cruje un paso único sobre las hojas secas, cae una fruta, chilla un pájaro extraño, pero por encima de eso está el silencio –dice el narrador de “Olga”-. Y esa noche él pudo sentirlo. Central silencio que no alcanza a remover el viento, respiración vegetal, quietud viva, secreto transparente por el que se filtran las tormentas y los retumbos del mar. Ese silencio mismo que se siente extenderse más allá de las llamas y el humo cuando queman los cañaverales, abono domeñador de ruidos que contiene a la paz y la impaciencia, espíritu terrestre aposentado en la noche de las huertas. Arriba el cielo alto, limpio e inmóvil.”
Esa escucha responde también a la simultaneidad, la correspondencia entre el mundo y los seres humanos como una totalidad perteneciente a una pulsión común. En esta literatura de latidos todo, incluida la prosa, transcurre al mismo paso, como en los libros de la gran novelista inglesa Virginia Woolf, si bien la prosa de Inés está alejada del flujo de conciencia anglosajón; estaría más cerca quizá de la confesión, pues en muchos de sus cuentos la voz narrativa se dirige a alguien a quien le va revelando las verdades posibles y soterradas de la historia. Sin embargo, me parece encontrar algunas correspondencias entre ambas escritoras e incluso entre las depresiones y enfermedades que ambas padecieron. “Tú no tomas en cuenta el río y sus avenidas –dice la narradora de “Río subterráneo”-, el sonar de las campanas, ni los gritos. No has estado tratando, siempre, de saber qué significan juntas las cosas inexplicables, las cosas terribles, las cosas dulces.” Esa metáfora de la locura es también una imagen de lo que era la literatura para Inés Arredondo: una indagación sobre las cosas inexplicables, terribles y dulces que vivimos los seres humanos, esa amalgama que forman la inteligencia, lo que ven los ojos y sabe el entendimiento y las pasiones, aquello que nos llama desde adentro de nosotros mismos, que nos impele a buscar en otro lado.
Estas correspondencias entre el interior y el exterior, el ser humano y el mundo, se apegan, a su vez, a la metafísica del bien y el mal, lo sagrado y lo sacrílego, la redención y el pecado, presentes en la cultura judeocristiana. La escritura de Inés Arredondo es una escritura abismal, donde no hay lugar para la felicidad completa; los pocos instantes de felicidad que pueden vivir algunos personajes les cuestan siempre la vida o quedan despojados de sentido frente a la conciencia del otro lado: la muerte, la caída, el origen turbio. Y de igual manera, en la caída y el pecado se encuentra ya presente la conciencia del pago, del cumplimiento de un destino, del sacrificio, como en “La Sunamita”: “Me levanté lo más rápidamente que pude, con la cara ardiéndome de coraje y de vergüenza, pero al enfrentarme a él me olvidé de mí y entré como un autómata en la pesadilla…” La Sunamita entra como un autómata a la pesadilla del matrimonio con el viejo tío, de igual manera que lo hacen las heroínas de “Las mariposas nocturnas” y “Sombra entre sombras”. Estos tres relatos que, como bien ha señalado la investigadora Claudia Albarrán, se hermanan en la anécdota de la mujer joven y plena que entra al mundo de un viejo lascivo, como la manzana fresca que se pudre al contacto con la manzana podrida y que queda hipnotizada por aquella visión del abismo. Hay ahí una escritura de terror, pero desde el punto de vista moral.
Pocas veces he visto, en la literatura escrita por mujeres, una mirada tan atenta y sutil a las amistades entre hombres como en “El amigo”, relato que parece dar pie a otros similares en los que un hombre vive vicariamente la relación con el hombre que ama a través de la amistad con la novia. Esta idea del trío se desarrolla en otros cuentos como “Atrapada” -con el personaje de Federico, el amigo de Ismael, el hombre imposible de atrapar-; también en “Las mariposas nocturnas”, con el personaje de Lotar, el criado de don Hernán (aunque no sabría decir cuál es la naturaleza exacta de esa relación), en “Sombra entre sombras” y, finalmente, de manera más directa, en “Opus 123”, que cuenta la historia de dos “amanerados” de provincia a los que sus familias ocultan y que finalmente se salvan a través de la música. La tragedia de estos dos hombres es no poder nunca encontrarse, espiarse siempre. Arredondo es una maestra en la construcción de relaciones frágiles, inusitadas o distintas en ambientes rígidamente conservadores, sin recurrir al fácil expediente de la victimización ante el escándalo o la falsa liberación. Escritora amarga, reserva a este tipo de personajes la misma soledad existencial en que transcurren las vidas del resto, si bien a Feliciano y a Pepe Rojas (el que interpretó la misa solemne de Beethoven oculto como una especie de fantasma de la ópera) les concede el consuelo de las vidas paralelas, de los vasos comunicantes. Y un personaje que no es homosexual pero que está en un margen de aislamiento e incomprensión es el chino de “Las palabras silenciosas” (por cierto, ahí también aparece don Hernán).
Otra cosa que me llama la atención es cómo para contar una historia real, personal, que sabemos gracias a Miguel Sabido, se transfiguró en el personaje opuesto a ella misma, y la contó desde el otro lado, como sería el caso de “Estar vivo”.
Existe también un interés de Inés Arredondo por los personajes marginales, monstruosos, como en el caso del niñito ya mencionado en “Lo que no se comprende”, aquella niña-rata que aparece en el inquietante “Apunte gótico” o la niña sin brazos y sin piernas de “Orfandad”. Esta fijación por la deformidad se traslada asimismo al terreno moral: Don Hernán, el de “Las mariposas nocturnas”, el tío de “La Sunamita” y Ermilo, de “Sombra entre sombras”, son seres interiormente monstruosos corruptores, como la madre que desea a su propio hijo en “Estío”. La escritora se acerca a estos personajes como quien quisiera respirar el aire de los abismos, con el fatalismo de saber que ineludiblemente forman parte de nosotros, igual que el pecado original.
En su ensayo “La cocina del escritor”, Inés Arredondo escribió:
“Sin aire en los sueños bajo tierra de Rulfo, preferí el mundo con sonido de cristal de Arreola, un mundo de luces y sombras de tamaño humano, hiladas no con la palabra sugestiva sino con la palabra exacta, que es más difícil y expuesto. Preferí el bordado sobre crudo que el sobrecosido. Y no por eso renegué de Rulfo, no, ni dejé de adivinarlo, simplemente escogí una postura: la del narrador que pone entre él y su sueño escrito el menor difuminado necesario. La actitud moral más recta hacia la escritura. No el menor artificio, que Arreola quizá sea más artificial que Rulfo, sino su moral, repito, su juego interno con la escritura.”
En efecto, algo que nos imanta de su prosa, que es nítida y a la vez oscura, escrita como ella dice, con la palabra exacta, aquella que nos acerca a la verdad —la verdad literaria y la verdad humana— o el presentimiento de la verdad, como tituló ella un ensayo. Por ejemplo, el final de “Los espejos” cuando uno de los personajes –una jovencita que se da cuenta de lo que ha sido su vida y la de su pequeña hermana–, descubre la verdad. La narradora termina el cuento de una manera magistral, enunciando una verdad sumamente compleja: “La amargura de esta historia es el subsuelo sobre el que nacen, crecen y sonríen nuestros nietos y encima del cual se yergue la juventud de nuestra hermosa Lila.”
Podríamos hablar infinitamente de los cuentos de Inés Arredondo, pues en ellos la escritora abarcó, además, una diversidad de estilos, desde los relatos de tono costumbrista, hasta aquellos más crípticos, aparentemente absurdos y rituales, al estilo del francés Pierre Klossowsky. Su literatura no es fácil ni se despacha en unos cuantos ensayos, pues Inés Arredondo pertenece a la estirpe de los grandes escritores mexicanos: en la lectura y la relectura de sus cuentos encontramos siempre algo nuevo, un aspecto que no habíamos sospechado. La gran literatura tiene como característica esta densidad, esta riqueza, que sin embargo no aleja al lector, pues se dirige a aquello que se encuentra más profundamente en todos nosotros y que podemos reconocer transfigurado de mil maneras en sus cuentos.
Ana García Bergua. Nació el 8 de octubre de 1960 en la Ciudad de México. Narradora y cronista. Estudió Letras Francesas en la ffyl de la unam y Escenografía Teatral en el cut. Colaboradora de El Obelisco, El Semanario Cultural, Este País, La Jornada Semanal, La Orquesta, Letras Libres, entre otras publicaciones. Becaria del fonca en 1992. Miembro del snca desde 2001. Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2013 por la novela La bomba de San José. Premio Bellas Artes de Narrativa Colima para Obra Publicada 2016 por La tormenta hindú y otras historias. Premio Bellas Artes de Literatura Inés Arredondo 2025 en reconocimiento a su trayectoria y aportación a las letras mexicanas.

