Ernestina Yépiz

A las diez de la mañana salgo al patio,

adherido al tendedero de la ropa

encuentro un dragonfly.

El cielo azulísimo sin una sola nube

y el sol de tan intenso

—como deben ser todos los soles—

me incendia la piel.

Debo tender la ropa húmeda

—me digo una y otra vez—;

pero antes de hacerlo me pregunto

si tengo algún derecho

a importunar el descanso

de ese majestuoso e impasible dragonfly.

Postergo el tendido de las prendas,

total no pierdo nada —lo confieso—.

Me reconforto al pensar

que mi imprevisto visitante

no habrá de prolongar su estancia demasiado:

un parpadeo o una ráfaga de viento

y el vuelo emprenderá;

después de todo es solo un dragonfly.

Pasan los minutos

y contra mi pronóstico

el insecto no se va.

Debo tender la ropa húmeda

—me digo una y otra vez—;

pero el bicho sigue prendido del alambre:

mueve en pequeños círculos

su cola de color naranja

y algún tipo de magia ejerce sobre mí.

Luego gira la cabeza y lo hace

como si quisiera desprendérsela del cuerpo,

pero esta no resbala ni un ápice,

ostentosa, permanece en su lugar.

Y ahora —ahora— son los ojos

—sus desorbitados ojos—

los que voltean hacia mí.

Nada, solo falta que me hable

como aquel cuervo habló

al gran poeta Edgar Allan Poe.

No, no voy a interrogarlo,

tampoco le daré status de mensajero celestial                           [o del averno,

pues solo es un simple dragonfly.

Ficha del autor
Poeta y Narradora (1968). Ha publicado los libros de poesía: La penumbra del paisaje, dividido en cuatro partes: “Los insomnes y el mar”, “La noche se desangra”, “Los insomnios perdidos”  “Entre las sombras, te busco” y la novela El sueño de Paloma Sanluca.