“Lleno de mí –ahíto—me descubro
en la imagen atónita del agua (…)”
“Muerte sin fin”, José Gorostiza
“He aquí, en agua, mi carne de luna y de rocío,
¡Oh forma obediente, opuesta a mi mirada!
¡He aquí mis argénteos brazos de gestos puros! (…)”
“Narciso habla”, Paul Valéry
I. Narciso
Hegel, en su Fenomenología del espíritu (1807), con el afán de trazar el recorrido del espíritu humano desde lo concreto, la experiencia inmediata y sensible, hasta la razón, la ética, el saber absoluto, el espíritu de todo cuanto existe, cambió la historia de la epistemología para siempre y definió múltiples conceptos que resultaron importantísimos para la Filosofía, y por tanto, la experiencia humana. Hoy quisiera reparar en dos de ellos: conciencia y autoconciencia.
El primero, la conciencia, se refiere a la capacidad humana de sensibilidad y el entendimiento de la misma; veo un algo, una rosa, un ave, y lo entiendo como parte del mundo, externo, distinto a mí mismo, no me reconozco en ello; este objeto delineado por la conciencia está dotado de una capacidad universal de sapiencia, pensaba Hegel.
El segundo, la autoconciencia, se refiere a la capacidad del individuo de reconocerse a sí mismo, es decir, de que la conciencia sea sujeto y objeto al mismo tiempo: la conciencia no solo percibe, sino que se percibe. Hegel propone que la autoconciencia, gracias a otras autoconciencias, es en sí y para sí; se realiza cuando existe otra autoconciencia que la reconoce: un individuo capaz de identificarse a sí mismo y que también busca el reconocimiento externo.
Este último predicamento permitió que Hegel formulara la famosísima dialéctica del amo y el esclavo, uno de los pasajes más estudiados de la filosofía moderna, el cual describe a dos autoconciencias que se enfrentan buscando el reconocimiento mutuo, y provocando lo que Hegel dramáticamente nombra como una lucha a muerte, cuyo resultado es la relación amo-esclavo: en ella, una voluntad se somete a otra por el deseo e instinto de preservar su vida; y el amo, la conciencia vencedora de esta “lucha a muerte” recibe un reconocimiento incompleto, que tiene raíz en la inexistente libertad del esclavo; el esclavo, por otro lado, a través del trabajo y la manipulación del mundo material, desarrolla una mayor autoconciencia.
La necesidad de reconocimiento mutuo de la autoconciencia hegeliana se manifiesta materialmente en la palabra: cada acto comunicativo exitoso en la historia de la humanidad significa el triunfo de la capacidad de encontrarnos en otro. Somos lenguaje y nos entendemos en lenguaje. La palabra es el eslabón que une a la colectividad humana. Por tanto, todo acto comunicativo es una oportunidad de reconocimiento mutuo: a través del ciclo de la comunicación manifiesto mi individualidad y entiendo la del otro.
Podría pensarse que la experiencia de la obra literaria es una excepción a esta dinámica, pues no es propiamente un diálogo, sino un monólogo, dicho de otra forma, la escritura implica la aserción de la conciencia del autor, no obstante, carece del reconocimiento inmediato del otro: el autor habla a la nada, islas de monólogo sin eco; la literatura no alcanza a ser comunicación.
De esta manera, el poeta es como el personaje mítico Narciso: un ser que, buscando el reconocimiento en otro, se descubre a sí mismo; en vez de encontrar un otro que valide su conciencia, el espejo, la imagen atónita del agua, le devuelve su propia ausencia. La imagen es objeto, permite el despliegue de la conciencia, no de la autoconciencia. Pero es a través de la interacción con la imagen que el individuo se construye a sí mismo, se personaliza: toda acción consciente que implique la construcción propia, ya sea mediante la manipulación del mundo material (el traje, la máscara, la alteración de la corporeidad) o la palabra (el discurso, la acción literaria), tiene como fin la construcción de sí mismo.
II. El espejo
¿Es, entonces, imposible cerrar el ciclo de comunicación con el autor solamente con la lectura de su obra? No, la conclusión del ciclo vendrá una vez que el lector pronuncie palabra y sea a su vez reconocido como un otro por el autor; a través del ejercicio de la socialización de la literatura, de la retroalimentación, rompemos el espejo de Narciso y exponemos al autor el mundo real, que no su propia imagen o el mundo que intenta replicar a través de su discurso.
Al mismo tiempo, toda obra literaria, como unidad cognoscible, puede ser una herramienta de autoconocimiento para el lector. Tras emprender una lectura, podrá responder, al menos parcialmente, la siguiente pregunta: “¿qué información nueva (del mundo, de quien escribe, de la obra, de mí mismo) des-cubriré al final de esta encomienda?”.
III. La imagen
Luz demorada, la plaquette del poeta sinaloense Alfredo Soto Guillén, publicada por el Instituto Sinaloense de Cultura, es un libro de poemas (que no un poemario) que entabla un diálogo estrecho con la tradición mitológica griega. De manera similar que Cervantes, Valéry, Sartre, Calderón de la Barca, Joyce, Atwood, etc.: es una reinterpretación de algunos mitos de la antigüedad clásica; estos son la chispa del motor creativo, de la poiesis. El mito clásico, las voces de los autores que los recontextualizaron antes, se entrelazan con la necesidad de expresión del autor, su punto de vista y obsesiones:
“El cielo trae su fibra de luz sobre la calle,
Ariadna pasa y yo soy un mendigo.
Bajo el miasma y la mugre deshago las madejas
que, entre bufidos desolados, se pierden para siempre
en las alcantarillas.”
“Cnosos” (15)
En otras ocasiones, menos, el mito es apenas una tangente, una mera coincidencia en la necesidad de expresar algo que lo trasciende: una reflexión filosófica o moral, un apunte a la cultura, si se quiere, o la expresión de algo que se siente como una anécdota intimísima, como en el poema “Dafne o la extenuación del tiempo perdido”, del que me permito rescatar el siguiente fragmento:
“En el transcurso de unas horas,
con el agobio de dejarnos,
de salir a trabajar y ganarse la vida,
nos enfrascamos en la práctica
de regresar a un tiempo sin lenguaje
como arena y el cristal que la contiene
hasta que es hora de volver,
volver con diligencia
el uno al otro.” (20)
Podemos notar que la intimísima necesidad de expresión de la que hablaba antes se ve reflejada en algunos motivos temáticos, como la ansiedad que expresa la voz poética a través de distintos poemas:
“La súbita, insoportable sed,
el ansia ante la perspectiva de un émbolo
que te golpea la sangre acelerando el pulso,
halando al límite el nervio de todos los sentidos”
“Lycaon” (16)
Estar casi ahí,
infinitamente a punto del encuentro,
de la misma forma
que el que espera subir a un escenario:
en el patíbulo de los nervios y la emoción
el tiempo se vuelve prolongable,
cada segundo es extensible
pero llega; tiene que llegar,
la realidad siempre nos alcanza,
en su momento,
y estar ahí lo sentiremos en la piel
como infinitos ojos,
nos morderá el silencio aunque peleemos
con manos temblorosas
y queramos ahogarlo en el cristal
de nuestra voz quebrada (…)
“Psique y Eros” (9-10).
Otro motiv que aparece desde el epígrafe al poemario es la imagen del ave, el ser que vuela, como una evocación simbólica de la libertad; el ave es un ser sin conciencia que, por eso mismo, goza de libertad plena; como alegoría, sin embargo, vemos que esa libertad es ganada gracias al (o a pesar del) descuido, al abandono, como se observa en el poema “Sobre la valentía de las pequeñas aves en sus nidos”:
“La madre le dice adiós a sus polluelos
y parte irremediablemente,
los más pequeños se mueven del amor hacia el amor
como de rama en rama en intervalos de su vuelo;
como el que pasa de los quince a los dieciocho años,
de los veintiocho a los treinta y dos.” (25-26).
El ave también ejerce su libertad en contraste con el enunciatario de la voz poética:
“Te buscarán las aves,
en los jardines te encontrarán sintiendo
el vago sentimiento de nosotros” “Eros y Psique” (13-14).
O como una alegoría para el ejercicio del desconcierto provocado por la libertad individual:
“Cantar es necesario para el ave
aunque a veces no se sabe para qué.
Mentir también es un oficio
y una forma distinta de cantar” (33).
Además de las preocupaciones personales del autor, Luz demorada es un escaparate del tiempo en el que fue escrita: nos revela la construcción que la voz poética, el autor, hace de sí mismo.
Y así como Narciso se encuentra en la imagen del agua, contemplamos ese encuentro y liberamos al mítico de la imposibilidad de la autoconciencia; leer este libro y cerrar, al fin, el ciclo de la comunicación, es saciar la “sed de comunión”, esa que vuelve al cuerpo “la deidad más caprichosa”. Leyendo este libro, pues, siendo partícipes de lo común, ese espacio donde habita el otro, logramos reconocernos mutuamente a través de la palabra.

