Escribir el mapa de la entraña. Sobre Geografía del hambre, de León Cartagena

Por Iván Rocha Rodelo

«El hambre —nos dice el escritor español Ramón Andrés— es más grande que cualquier templo, que cualquier ideología, que cualquier bandera». Es grande porque nos viene de la entraña: es asunto del cuerpo y del espíritu. El hambre atraviesa la vida y se instaura en la profundidad del ser; se encarna en los silencios del cuerpo, aflora en el éxtasis del deseo, en los espasmos del dolor. Es por ello que precisa un mapa. Geografía del hambre (UANL, 2022), del poeta sinaloense León Cartagena (Los Mochis, 1978), explora, desde la poesía, los intersticios vitales donde el hambre funda su territorio. Cada uno de sus poemas configura una cartografía, íntima y entrañable, del hambre y sus regiones.

En Geografía del hambre, Cartagena da luz a una sensibilidad que recupera los escenarios de la cotidianidad, los llamados del cuerpo, los incendios del deseo, los derrumbes de la soledad, a través de una poesía provista de ritmo, claridad y de un sólido bagaje de imágenes desde las cuales se vislumbran los paisajes del hambre, en un viaje que va del cuerpo al alma, del alma al mundo y del mundo al poema. Sus poemas destellan ternura, emotividad; a su vez, son rabiosos, potentes: navegan entre el canto y el grito; en ellos queda refrendado el pathos del hombre que siente el hambre rugir en sus tripas.

Es interesante observar la atención que León Cartagena pone a la construcción discursiva, visible en el manejo de la economía del lenguaje: en Geografía del hambre, el poema abandona las florituras de vocación barroca para situarse en la articulación de un lenguaje claro, más inclinado hacia la anécdota o hacia el monólogo interior. Esto es perceptible, sobre todo, en los poemas breves, aunque sus versos de largo aliento también gozan de esa capacidad. La voz lírica en Geografía del hambre es cercana al diálogo, lo que dota a las palabras de una entrañabilidad profunda, de una cercanía conversacional. De este modo, leemos en «Condensación» el relato de quien mira un panorama y lo aprehende en su interior para luego compartirlo con otros, como si la voz lírica contara aquello que ve, aquello que piensa; esto, por medio de una condensación discursiva que valida el título del poema:

Así como la lluvia cae del cielo

y no regresa hasta mojar la hierba,

mis palabras no regresarán a mi boca

hasta que ardan

—luminosos—

los huesos de mi ayuno.

Este paisajismo elemental —es decir, esta conciencia visual que regresa a la simbología de los elementos como el agua, el viento, la tierra— da rienda suelta a un amplio espectro de imágenes que acompañan este trazado geográfico. Estas imágenes tejen el escenario carnal, patológico y anímico de la voz que habla en los poemas. Una voz que hurga en los espacios y en los personajes de la intimidad para plasmar sus colores en los diversos puntos cardinales del mapa. En este sentido, el hambre toma diferentes formas. Así, un gato es también el rugir del cuerpo vacío, un ronroneo acurrucado en ese rincón del espíritu donde el hambre finca su mundo. Así lo escribe Cartagena en «Taxonomía»:

El hambre es un gato enorme y muchas veces discreto que,

a pesar de tener un nombre así, pequeño,

es capaz de habitar todo tu cuerpo.

Mamífero placentero, arrojado al mundo en medio de la noche de la razón,

del orden Carnívora, de cuerpo esbelto,

que se pasea dentro tuyo como un turista como un mapa.

La musicalidad sostiene la poética de León Cartagena. En Geografía del hambre, la economía enunciativa no limita la posibilidad de canto. Todo lo contrario: claridad, concreción y ritmo dan cuenta de una poesía que discurre, plena, en el tramado que concibe la poiesis como el cantar de los asuntos humanos, cuestión que corresponde a este arte del hacer-con-las-palabras desde su origen. La libertad que sustenta ese hacer le permite a Cartagena desdoblar las palabras jugando con las reglas de la sintaxis, eliminando comas, saltando puntos, aprovechando el hipérbaton para ponderar la danza de los versos. En poemas como «Flaca» se escucha el eco de otro poeta musical, Juan Gelman:

Cuando apareciste, Flaca,

canté un aroma a sombra que me ponía,

de veras, melancólico.

Tenías puesta una lucecita en tus ojos,

una perla pequeña con toda la niñez en tu dulzura,

entonces vino a mí el olvido de no sé bien qué miseria.

La poesía de Cartagena es una celebración al amor, pero en ese festival que se instaura en las regiones de esta Geografía del hambre se cuela, también, la desolación, un dolor medular llevado a cuestas por aquel que anda solo por la vida; atraviesa el mapa un llamado que busca quien lo escuche. La soledad de las palabras es acogida en el poema, esa cima con la suficiente altura para que el llamado llega a todos lados:

La soledad en mi voz

lleva un ejército de versos que no escuchará nadie.

Mi voz también

es de nadie.

El hambre surca la conciencia, la atraviesa como el territorio fértil del pensamiento. La voz lírica en Geografía del hambre observa el mundo a su alrededor, advierte las circunstancias que se fraguan allá, al otro lado de la intimidad, en esa zona fronteriza donde el hambre desemboca en lo político. En las páginas de este mapa, el cansancio es un fruto amargo en el germen del lenguaje. Cartagena abraza esa emoción y la convierte en filo. En sus poemas se nombra a los muertos, a la corrupción, a la pobreza crónica impuesta por el poder, a la rutina de la precariedad. De este modo, el hambre emerge en esta geografía como manifestación del cuerpo, pero también como experiencia de la vida social. De ahí su profunda vocación política, aunque alejándose, años luz, del panfleto o la consigna ideológica. Escribe Cartagena:

Me cansé de todo:

de la verdad,

de la noche, que se destruye apenas amanece,

de caminar cada día hasta el trabajo,

del país que entierra sin cruces a sus muertos,

de los muertos que antes fueron asesinos,

de los que pagan con sangre

los réditos de un dinero marcado con tintavíscera

extraída de otro hambriento.

Geografía del hambre es la escritura del mapa de la entraña. Un poemario íntimo, una conversación que nos viene desde dentro. A través de su poesía, León Cartagena señala las posibles ubicaciones de un territorio del tamaño de nuestra propia historia, donde se fraguan las tormentas del cuerpo, donde ocurren los trances de las palabras; esos trances que estallan en la lengua cuando se recorre el mundo con un hueco en el estómago y con un montón de aves volando al otro lado del silencio. En las páginas de Geografía del hambre, la emoción es un campo de actividad creativa inagotable. Con este mapa, queda en manos del lector la experiencia del viaje.

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