La mirada y el arte de la fuga

Por Jorge Iván Chavarín

Después de pasar unas horas sentado en la banca de cualquier ciudad en el mundo, uno descubre que los edificios y monumentos no dicen nada. Más allá de esa falsa satisfacción de conocer un lugar turístico. Permanecen ahí, inmóviles, como gigantes dormidos, esperando la fotografía que confirme su existencia. Son superficies limpias, sin grietas. El verdadero viaje ocurre unos metros más allá: en la banqueta donde alguien duerme con el rostro cubierto, en el local que huele a grasa vieja, en la mirada de quien no espera ser observado.

Viajar no es desplazarse, es desajustarse a la cotidianidad.

La crónica de viaje no debería entenderse como un registro de lugares, sino como un ejercicio de observación sobre la experiencia humana. El error más común del viajero. Y del cronista. Es creer que el mundo se encuentra en lo evidente. Martín Caparrós ha insistido, a lo largo de su obra, en que la crónica no trata de confirmar lo que ya sabemos, sino de mirar aquello que normalmente pasamos por alto. No se escribe para repetir el mundo, sino para interrogarlo.

Hablar en primera persona no sobre la primera persona.

Por eso el cronista que enumera destinos está condenado a la superficie. El que se permite perderse. Aunque sea un poco. Comienza a ver. Porque la vista no basta. Ver es un acto inmediato, una respuesta del cuerpo ante la luz. Los niños de la calle que juegan colgándose en una estatua de Zapata o la mujer enamorada que se despide de su pareja que toma el último tren. Observar, encontrar la mirada, en cambio, implica detenerse frente a aquello que incomoda y sostener la mirada hasta que algo ceda: el gesto, la escena, o uno mismo.

Hay una trampa en el viaje: la ilusión de que todo debe ser significativo. El viajero ansioso recorre calles como quien marca casillas en una lista, acumulando nombres que pronto se vacían. El cronista, en cambio, aprende a esperar. Sabe que el mundo no se revela en los centros, sino en los bordes. Juan Villoro ha señalado que la crónica se construye desde una mirada que convierte lo cotidiano en algo digno de ser contado, no por su espectacularidad, sino por su capacidad de revelar una tensión.

Un hombre que repite el mismo movimiento durante horas.

Una mujer que come sin levantar la vista del plato.

Un objeto roto que alguien insiste en reparar.

Ahí comienza la escritura.

La crónica de viaje no trata sobre ciudades, trata sobre fisuras. Sobre aquello que se rompe, o está a punto de romperse, en medio de la normalidad. Por eso exige una cierta forma de silencio. No el silencio de quien no tiene nada que decir, sino el de quien entiende que la realidad necesita espacio para mostrarse. Como sugiere Caparrós, el cronista no impone una historia: la encuentra en los pliegues de lo real.

El viaje, entonces, funciona como una forma de fuga. No en el sentido de escapar del mundo, sino de escapar de la versión estable que tenemos de nosotros mismos. Al salir, algo se desacomoda: la lengua tropieza, el cuerpo se vuelve torpe, las reglas dejan de ser claras. En ese estado de extrañeza aparece una grieta por donde se filtra otra forma de percepción. El cronista habita ese momento.

Pero hay que tener cuidado: no todo lo extraño es profundo. Existe una tentación constante por exagerar lo ajeno, por convertir la diferencia en espectáculo. Esa mirada no observa, consume. Reduce al otro a una anécdota. Villoro advierte que la crónica debe resistirse a esa simplificación, apostando por una mirada que no traduzca del todo la experiencia, que permita que lo observado conserve su complejidad.

Porque hay cosas que no se entienden, y está bien.

El acto de observar también implica un riesgo. Quien mira con atención termina siendo visto. Observé tanto a los gitanos en Bosnia y no me percaté que yo era el observado. Hay un punto en el que el cronista deja de ser invisible y entra en la escena. Entonces el viaje deja de ser exterior. El cansancio, la incomodidad, la soledad comienzan a filtrarse. Ya no se trata de lo que ocurre afuera, sino de cómo eso modifica la propia percepción.

Escribir una crónica es intentar capturar ese desplazamiento sin domesticarlo.

No todo merece ser narrado. De hecho, casi nada. La mayoría de los días se disuelven sin dejar rastro. Pero hay instantes, breves, casi imperceptibles, donde la realidad se carga de sentido. El trabajo del cronista consiste en reconocerlos. Caparrós ha sugerido que la crónica es, en esencia, una forma de elegir: decidir qué fragmento del mundo vale la pena ser contado y cómo hacerlo sin traicionar su ambigüedad.

Un niño queriendo entrar a un cuadrilátero de lucha libre.

La daga en forma de rayo en un museo en Albania.

La sensación que deja ver un linchamiento.

La escritura organiza esos fragmentos, pero no los limpia. No debería. Una buena crónica no explica del todo; deja restos, zonas oscuras, preguntas abiertas. Es ahí donde el lector entra, no como espectador, sino como alguien que también observa.

Viajar, al final, no enseña tanto sobre el mundo como sobre la forma en que lo observamos. Hay ciudades que se repiten, rostros que se confunden, calles que se borran. Lo que permanece es otra cosa: una modificación en la mirada. Una ligera incomodidad frente a lo conocido. Una sospecha de que lo cotidiano también está lleno de grietas, solo que hemos dejado de verlas.

Por eso el viaje no termina cuando uno regresa.

El cronista vuelve con la sensación de que algo se ha desplazado. No puede señalar exactamente qué, pero sabe que la mirada ya no encaja del todo en su lugar anterior. Y es desde esa incomodidad que escribe.

Porque escribir, cómo viajar, es también una forma de fuga.

No para desaparecer, sino para mirar de nuevo.

Jorge Iván Chavarín. Ha publicado crónicas y ensayos en las revistas TerrarioAkáesFriccionesLa Sombra y Timonel. Colabora con críticas y reseñas viajeras en Booking.com, Google (área de crítica de Maps) y Airbnb. Autor de Cartografía enferma (ISIC-2025)

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