Saltar las fronteras físicas y literarias. Sobre Cristina Rascón y Miguel Tapia Alcaraz

Por Sergio Ceyca

Las literaturas de Miguel Tapia Alcaraz y Cristina Rascón me emocionan demasiado, quizá más de lo que sería prudente decir. Ambos crecieron en Culiacán. Ambos viven fuera. En ambos me adentro en dos acercamientos distintos no solo de narrar el Culiacán en el que crecí, sino que también encuentro dos visiones que siempre me hacen pensar en qué otras vidas se pueden elegir cuando creces en una ciudad que no brinda muchas opciones para construir un futuro.

En las historias de Miguel Tapia Alcaraz, ya sean relatos o novelas, me encuentro con un mundo similar al que existía cuando estudiaba la preparatoria y la universidad. Por ejemplo, en Los ríos errantes se describe un mundo de toquines, bandas de rock y fiestas en el que me tocó navegar, con un lenguaje similar al que usaban mis amigos en aquellas casas que siempre alguien disponía para las fiestas, mientras alguna banda tocaba en un garaje. Pero también está la vida en autobuses urbanos precarizados, a veces sin aire acondicionado. O las caminatas por el centro de la ciudad en dirección al parque a la orilla del Tamazula. En otra novela, Tumbas de agua, Miguel describe una escena en la que dos personajes viajan en un automóvil sin ningún problema y, de repente, inicia una balacera en plena calle; una escena que genera una fractura en el protagonista, pero también en el lector, ya que después de ella la novela no desacelera hasta su final trágico. En sus libros el lenguaje siempre fluye y cambia de igual manera que el cauce de un río: a veces hay más fuerza en la corriente y llega a volverse divertidamente barroco, como en Del famoso y nunca igualado corrido del Quicón Uriate, y a veces fluye con tranquilidad, con claridad, contando el día a día de sus personajes jóvenes. Por encima de todo esto, mi relato favorito de Miguel Tapia fue publicado en línea y se llama “El niño perdido” y haciendo paráfrasis de la pieza de tambora, cuenta la historia de una banda de rock que es llevada a la serranía a realizar un concierto y que, de regreso, son detenidos por unos policías, quienes deciden llevarse al chico de la trompeta en otro de los automóviles.

Por otro lado, Cristina Rascón toma otros derroteros. Rascón pocas veces narra sobre los mismos lugares: cumpliendo el sueño de ser escritora de viajes, cuando no está hablando de la Patagonia, lo está haciendo del Japón moderno o del ancestral, o de cualquier otro lugar del mundo en el que se encuentre una historia que revele las hebras que constituyen aquello en lo que las personas cimentamos nuestra identidad. A partir de eso busca, pareciera, construir puentes entre diferentes culturas. Unir aquello que el lenguaje no separa, a pesar de que lo pareciera, como el amor, el erotismo o la pérdida. Hay muchas capas en la literatura de Cristina Rascón: recuerdo un texto de Mi Patagonia en el que toma un elemento tan simple como las huellas de una gaviota en la playa para hablar sobre el pasado y el lenguaje, y cómo su integración es lo que nos va construyendo; pero a veces habla de otras situaciones que poco se tocan, como en el cuento “Hanami”, en el que un grupo de extranjeros realiza una fiesta en una casa de Japón, mientras a la protagonista le llegan correos electrónicos de una amiga mexicana que la invita a unirse a una organización de derechos humanos, haciendo que la protagonista se reproche a sí misma su propia fatiga de compasión ante lo que ocurre en su país natal.

Además, ambos escritores cambian de registro narrativo cuando lo necesitan. En Señor de los señores / Los caimanes, el texto de apertura es un poema con tono de corrido que cuenta una historia sobre narcotraficantes; le siguen historias sobre una especie de educación sentimental en Culiacán, hasta que regresa a ese primer estilo en Del famoso y nunca igualado corrido del Quicón Uriate. Cristina Rascón, por su lado, brinca entre el relato corto, la crónica de viaje, el ensayo, el poema haiku y la minificción con una habilidad intimidante; pero además pasa de relatos sobre viajes al fin del mundo, en Mi Patagonia, a cuentos sobre relaciones fallidas que son comparadas con teorías económicas en La desilusión óptima del amor.

Quizá sea muy fácil intuir, con esta comparación, que la literatura sinaloense tiene espacio tanto para el relato íntimo como para el de denuncia. Espacio para la parodia y para el relato erótico. Miguel Tapia y Cristina Rascón son dos sinaloenses que llegan a las fronteras —las de los países o las de los géneros— y las brincan para escribir las historias que desean contar.

Sergio Ceyca. Autor de las novelas Carta al hijo (2024) y No tendrás perdón (2018); así como del libro de cuentos Magia moribunda (2021). Estudió leyes en la Universidad Autónoma de Sinaloa y se ha desempeñado como reportero y colaborador en diversos medios electrónicos e impresos como La Jornada Semanal, Milenio, Revista Timonel, Tierra Adentro y La Pared Noticias, entre otros.

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