Enriqueta Ochoa: Una poética del cuerpo para nutrir el presente

Por María Padilla

“La poesía como labor es ardua y en ella es fácil perderse,

 desmoronarse en pequeños fuegos artificiales.

Yo quiero ir más allá, decir lo más entrañablemente mío,

 que en todos los casos es de los demás».¹

Enriqueta Ochoa

Leer a Enriqueta Ochoa provoca una embriaguez sin semejanza; estado que sobrevive a la lectura e incide en la escritura de quien se acerca a sus versos. Frente a la sensibilidad contemporánea donde la emoción suele agotarse en la inmediatez, la obra de Ochoa propone un contrapeso crítico al presentar una intensidad articulada a través del rigor formal. Su primera gran aportación es la capacidad de organizar la potencia afectiva mediante un lenguaje que proyecta cada verso sobre el siguiente, otorgando una estructura sólida al sentir que, de otro modo, se dispersaría.

En su poética, el dolor abandona la abstracción para ocupar un lugar preciso. Al transformar el sufrimiento en un «avispero en llamas», Ochoa logra que la experiencia sea tangible; la herida punza directamente sobre la piel. Esta fijación en la imagen evita que la intensidad se diluya en la queja discursiva, permitiendo que la emoción resuene en el lector con la contundencia de una presencia física: «Cualquier cosa es mejor / a este avispero en llamas que me aguija, / porque aquí, donde estoy, me duele / todo: / la tierra, el aire, el tiempo /

y este volcanizado sueño a ciegas, / sucumbiendo.»²

A partir de este dominio del verso, su escritura abre una segunda dimensión fértil para la poesía actual: la construcción de imágenes de gran calado. Enriqueta agudiza la premisa de Pierre Reverdy sobre la potencia de aproximar realidades distantes;³ en su obra, lo doméstico, lo cósmico y lo divino convergen. Las estrellas se transforman en una frazada de trigo que calienta huesos viejos y el mar en una materia dulce; la imagen sostiene la idea y la mantiene abierta, preservando su carácter enigmático: «Desde que nació, recuerda cómo / contra los cristales / tarde a tarde se estrellaba / un mar de miel luminoso / en donde buceaba, goloso, persiguiendo / entre las estrías / el perfil huidizo de Dios.»⁴

Este manejo de la imagen decanta en una plasticidad donde los sentidos se desbordan y se confunden. Al propiciar este contagio entre tacto, olor y visión, Ochoa detiene la lectura automática y obliga a enfrentar el mundo desde una sensibilidad compleja. Calor, olor y textura se comprimen en un solo instante, revelando lo extraordinario dentro de lo cotidiano.

Bajo esta facultad de otorgar corporeidad a la palabra, la poeta afirma que «no son brasas colgando de la higuera, / sino el verano que arde en el corazón / desfallecido de los higos», o  advierte que «trasciende al aire un olor maduro». En su escritura, esto se traduce en escenas donde «las mujeres se ataron la cabeza / y partieron a perderse entre las sábanas / del algodonal nevado», permitiendo que los cuerpos puedan «tenderse a refrescar su sueño / bajo las estrellas / mientras la luna baja a beber la leche tibia / que mana de los copos».⁵ Esta fijeza de la imagen sitúa la lectura de Ochoa en la latitud de un presente continuo. En este punto, la poeta cumple la promesa de su propia labor: ceder lo más entrañablemente suyo hasta convertirlo en un territorio de todos. El hallazgo individual se ofrece como un refugio compartido; es desde esta presencia absoluta que su obra dialoga con nuestro tiempo.

Son muchos los aportes que Enriqueta todavía puede ofrecerle a nuestra poesía, pero el principal es un reclamo: abrir un sexto sentido que sostenga la plenitud con la que ella encarna la palabra.

A su escritura hay que entregársele sin reservas; solo desde esa renuncia se alcanza el conocimiento que habita en sus versos. Me gusta pensarla como el «claro en el bosque» de María Zambrano, ese espacio de revelación donde la luz entra intermitente, para validar aquello que el cuerpo ya ha reconocido de manera intuitiva.⁶ Es ahí donde su poesía se vuelve vital, erigiéndose como un alto en la espesura del intelecto que nos regala un saber absorbido por las sensaciones.

Enriqueta Ochoa ha logrado que el lenguaje recupere su peso y su volumen, y es su saber somático la sustancia que pudiera servir de ancla para que la poesía actual se sostenga, al fin, como una presencia irrevocable ante el mundo.

​​¹ Adriana del Moral, “Bautizada por el viento. Entrevista con Enriqueta Ochoa”, citada en Quince años sin Enriqueta Ochoa, Blog Ruta Norte Laguna, 2023.

​² Enriqueta Ochoa, Poesía reunida, México, Fondo de Cultura Económica, 2008.

​³ Pierre Reverdy, “L’image”, en revista Nord-Sud n° 13, marzo de 1918.

​⁴ Ochoa, Poesía reunida, op. Cit.

​⁵ Ibid.

​⁶ María Zambrano, Claros del bosque, Barcelona, Seix Barral, 1977.

María Padilla. Poeta y gestora cultural. Ha sido parte del colectivo Nadie nos lee. Actualmente es integrante del taller El poema como un cuerpo de palabras, impartido por Ernestina Yépiz en el CELIT- Los Mochis.

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