Mensaje en la botella, un texto de Verónica Murguía

¿Para qué sirve la lectura en el momento que México atraviesa? No sé, y lo digo con toda humildad. Felipe Calderón lo afirmó con sorna: los libros no se comen, ni se hacen casas con ellos, ni curan enfermedades. Supongo, o más bien espero, que hablara sólo de la ficción. En México, como sabemos, hay un lema tácito, del que mi propio padre era incondicional: el libro debe contar cosas ciertas, verdaderas y comprobables o no se leerá. Ay de quien explore la ficción, como si ver películas o leer ciertos periódicos no fuera adentrarse de lleno en la fantasía.

Marx Arriaga, en el extremo opuesto del espectro político que ocupaba Calderón, aseguró que leer por placer es un acto burgués. El lúgubre sentido de la bondad del que presumía tanto este funcionario, parecía excluir el placer del acto de leer. A pesar de ellos, quiero decir, a pesar de los políticos, casi todos los padres del mundo desean que sus hijos lean, así que algo de sensatez queda respecto del asunto de la lectura, sobre todo entre quienes no gobernamos.

En el futuro, quizás, otros mexicanos, entre los que ahora están en pañales o algunos que todavía no llegan al mundo, lean con interés lo que se escribe ahora. Estos mexicanos del mañana leerán a tantos poetas y novelistas que trabajan en un país que se incendia a diario y recuerden con más precisión lo escrito por periodistas, novelistas y poetas, que las horas y horas de palabrería política que nos aturden cotidianamente. Estoy segura, porque no hay nada menos literario y menos libre que un discurso político, sea del bando que sea.

            Sospecho que acercarse a algo que desafía nuestra forma de leer habitual, es una forma de sueño lúcido, de tocar un deseo ya escrito por otro y concretado en una página de papel.  Quizás leer sea un diálogo personalísimo con un desconocido, quizás muerto hace siglos, una confrontación con otras formas de vivir. Si leo la Iliada, compruebo y es una verdad que he tratado de entender, que la guerra siempre ha tenido prestigio, por ejemplo. Pero las palabras de Aquiles en el primer canto, donde escoge la gloriosa fama a la vida, se transfiguran en el canto XI de la Odisea, cuando el de los pies ligeros ya es un espectro, una sombra coronada. Entonces dice Aquiles que preferiría estar vivo y ser el más humilde esclavo de un porquero, a ser el rey de los muertos. Esa verdad proferida por un espectro, es un faro de mi vida. En otras ocasiones, en otros momentos tempestuosos, ha sido una estrategia para resistir de forma individual y se convierte en algo mejor y más potente cuando se transforma en algo colectivo.

Comenzaré por el principio, que, en el caso de las palabras, es la etimología. El término escuela proviene del griego antiguo σχολή (skhol) por mediación del latín schola. Significa tiempo libre, el tiempo libre dedicado a la conversación, a la argumentación, el intercambio de ideas. Leer viene del latín legere, percibir y comprender. Comprender es asir algo, agarrarlo por completo, integrarlo. El trabajo continuo de comprensión por medio de la conversación, la lectura y la escucha, son una de las vertientes más humanas que hay de la existencia.

Es decir, que en esta conversación les propondré la percepción y la comprensión para ayudar a resistir los embates del desánimo, de la sensación de impotencia que nos puede provocar el estado —admitámoslo— terrible de las cosas.

Todo conspira contra la lectura. En muchas partes del país, como aquí, donde están ustedes a merced de la tormenta, leer debería desplazar aunque sea unas horas a la presencia plúmbea de la inquietud más dolorosa, la compañía constante de mil formas del miedo. Digo debería, a sabiendas de que vengo de la Ciudad de México y que apenas imagino lo que ustedes ya llevan tiempo padeciendo: los terrores, insomnios y los miedos, la tristeza por las pérdidas.

Lo digo con el deseo de quien es juez y parte. Además sé, y vivo como cualquiera, el cansancio de la jornada laboral, de la doble y hasta triple. El trabajo doméstico que no se paga, tantas cosas. A eso hay que sumar las obligaciones que emanan de las redes: tienes que ser guapo, tener dinero, estar al día, opinar correctamente para que no te funen, no te rechacen, para tener likes. Tienes, sobre todo, que tener muchos likes y gastar. Porque nunca antes en la historia del mundo habíamos tenido las riquezas de información que ahora están tan cerca de una gran parte de nosotros, a la mano, en el celular. Y nunca antes se había ejercido un poder tan grande sobre la gente para que no lea, no sepa, no se entere y gaste mucho.

No es casualidad que, al mismo tiempo que las libertades duramente conquistadas por las minorías comienzan a desenvolverse en la escena social, vuelvan ciertas esclavitudes que, ahora, parecen ser escogidas libremente. Sabemos que el machismo mata, que el cuerpo de la mujer no es un objeto. Y al mismo tiempo, como nunca antes, las mujeres se someten voluntariamente, suponemos, a procedimientos que las convierten en caricaturas de una feminidad hipersexualizada digna del Jajá. También son agredidas con ferocidad. Vivimos en el momento de la historia en la que la esclavitud se disfraza de liberación.

Me temo que la globalización ha creado un mercado mundial que ha procreado a los hombres más ricos de la Historia, en lugar de fundar un ágora multirracial. He visto con asombro cómo en la internet se premia al más cruel o al más descarado, mientras disminuyen los niveles de lectura en el mundo. Bajan, el chatgpt redacta las cartas de amor de los timoratos y perezosos y sólo los hijos de los muy ricos leen, escriben a mano y saben vivir sin celulares ni tabletas en la escuela.

Yo vengo a decirles que leer, hacer un espacio a comprender y percibir ayudan a resistir, a sacudirse de encima ciertas obligaciones falsas y a mirar el mundo desde otro ángulo. A ser. Pienso ahora, como otras veces, en personas a quienes invoco cuando la modesta forma de creación a la que aspiro me rehúye: en el padre John Clynn, quien vivió en la abadía de Kilkenny, en Irlanda, durante la Peste Negra y que creyó que era el último hombre del mundo. Documentó ese Apocalipsis y escribió sus últimas reflexiones cuando ya comenzaba a sentir los síntomas. Dejó, además, pergamino y tinta, en caso de que alguien más hubiera sobrevivido a la epidemia que vació su aldea y su monasterio. En Jorge Semprún, que se organizó para resistir en Buchenwald; en Aleksander Solzhneyitsyn quien estudiaba con paciencia el diccionario para sostener su decaído espíritu en el Gulag. Pienso en mi amado Marc Bloch, tratando de redactar para qué sirve la Historia en la lucha clandestina contra los nazis “En el momento en que escribo, sobre la tarea común se ciernen muchas amenazas. No por culpa nuestra. Somos los vencidos provisionales de un injusto destino” escribió en la dedicatoria del libro que no llegó a ver impreso; en Walter Benjamin y en tantos escritores que escribieron ensordecidos por la guerra. Kafka lo supo antes que nadie. El Estado condena al individuo que piensa y más si piensa y escribe. Es por eso que hay que atender a sus palabras, leer sus libros con el alma dispuesta. Sentada en mi escritorio, repito sus nombres cuando la sensación de futilidad me intimida. No me parezco a ellos: soy una artesana que escribe cuento en la Ciudad de México, atenta a lo que quisieron y quieren decirnos. Pero hay tal humanidad en sus bitácoras, que me obligan a escribir.

Es por eso que leo. Es por eso que escribo. Y, también, por eso, les doy las gracias, por este premio que llega a mí desde la mitad de la tormenta.

Nota: Palabras de agradecimiento en la recepción del Premio Gilberto Owen 2026 en la rama de cuento

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