(Texto leído en la recepción del Premio Gilberto Owen 2026).
Yo buscaba la frase con relieve, la palabra
hecha carne de alma, luz tangible,
y un rayo del sol último, en tanto hacía luz.
Gilberto Owen.
Estoy aquí para agradecer la risa que me regalaron con la llamada que me avisó que había sido galardonada, también estoy aquí para agradecer las risas que acompañaron esa risa desde el otro lado de la línea y para agradecer la risa de Verónica, tan cercana a la mía. Risas que convergieron en su emoción de haber atravesado difíciles y dolorosas escrituras para encontrarse riendo y hermanándose.
También estoy aquí para recordar y nombrar la risa de Luz, esa risa que he querido guardar del rayo asesino y del odio. Esa risa que debería estar aquí hoy en lugar del poemario “Flor de agua”. Esa risa de Luz.
(Pausa y silencio para que la risa de Luz nos retumbe)
Pienso que no es casualidad que Verónica y yo hayamos reído en respuesta al aviso de haber sido seleccionadas. Además de la innegable alegría literaria, me atrevo a decir que era la “alegría del duelo”, de quienes transitamos letras y palabras para edificar desde la tristeza; sin ser naif, sin omitir la desgarradura, sin dejar de lado dolor y rabia. Arribamos a un puerto, el puerto fue este premio y lo que significa…
Hoy estamos aquí con nuestras risas y con las risas que custodiamos desde la memoriosa palabra, desde el recuento y el recuerdo.
Mucho hay que agradecerle al Premio Gilberto Owen que llega este año a su emisión número 20 albergando, custodiando y siendo promotor de la literatura, de la vida y de una cultura para la paz.
Este premio que tanto tiene de especial y que con tanto cuidado, amor y compromiso se realiza cada año de la mano del ISIC y de su Dirección de literatura y al calor (literal) de un Culiacán que a través de los oficios artísticos resiste y se sostiene, teje comunidad, nos muestra su rostro de carcajadas, de defensa feroz de la alegría, de abrazo de la complejidad humana, de defensa de la vida toda desde el teatro, la literatura, la música, la comida, la calidez de ser siempre anfitriones amorosos y gozosos… No por nada yo me enamoré y me casé en Sinaloa, rodeada de amadas hermandades sinaloenses.
Gracias a esa calidez es que yo hoy puedo estar acá, a la distancia pero no distante, acompañada y apoyada por la maestra Ernestina Yepiz, el Dr Juan Salvador Avilés y cada persona en el ISIC que se sumó a encontrar el modo de que yo estuviera, acompañada por m’ija La Yola, que está ahí sentada con ustedes como si fuera yo, porque es yo. Todo mi corazón está en el de ella.
Gracias también a los jurados, Mercedes Alvarado, Mijail Lamas y José Roberto López Martínez, por haber leído Flor de agua, acompañado el trayecto de esa “elegía en la que, desde el duelo y la rabia, se reconstruyen las imágenes del feminicidio” y, mediante este premio, hacer eco de las palabras que intentan seguir defendiendo y acunando a Luz.
Flor de agua es un poemario que “me nació” sin mi permiso. El día que me enteré del feminicidio de Luz empezó a crecerme, árbol de amor y rabia, y lo dejé, lo dejé crecer, plantar raíces, nacer palabras para Luz; también es un poemario que le responde al mundo, que le dice que NO, que Luz no es nota roja, que Luz es luz, que la resguardaremos. Años estuvo el poemario forjándose en mí, doliendo en cada letra, trabajado con cuidado y sin prisa, con contundencia. Haciendo de sí mismo (además de una denuncia) un cantar de amor y de gesta. Desafiando al silencio con que se ha intentado desaparecer por segunda vez a Luz.
Intentando contener los corazones de Aurora, Bruno y Maricarmen, decirles: Yo me acuerdo. La nombramos juntas.
Luz Raquel era una madre cuidadora de un hijo autista y epiléptico, por eso la mataron:
A Luz la quemaron viva
en un parque público.
En el estómago
un avispero rompe el silencio
se imagina y tiembla el grito.
No deberían existir palabras
para decir
a Luz la quemaron viva
en un parque publico
porque su hijo –autista–
porque su hijo –epiléptico–
molestaba a los vecinos.
Yo no quiero tener palabras para decir
a Luz Raquel Padilla
la quemaron viva en un parque.
No quiero tenerlas (necesitarlas).
Quiero nombrar a Luz
pero nombrarla no basta.
No basta su nombre sin ella
su nombre que ahora carroñan
las notas rojas.
Hay que devolverle su nombre a Luz
hasta que alumbre la oscuridad
de este territorio que es cada vez más fosa
cada vez más exterminio
cada vez más morgue
patíbulo.
A Luz le prendieron fuego
porque su hijo –autista–
hacía ruido.
Y no hay palabra que baste / indignarse no es suficiente.
Suficiente sería (y apenas y quizá y cómo y pero cuándo)
quemar el parque público en el que quemaron viva a Luz.
Luz era también abogada y defensora de las infancias con discapacidad. Flor de agua intenta arrebatarla de las manos que la arrebataron de sus amadas y amados. La nombra y se resiste al olvido, es un ejercicio memorioso de re/enunciación para que las palabras que hablen de ella sean nuestras, no de ellos, los asesinos, jueces y periodistas de nota roja.
No queremos que tu historia
sea bufete de nota roja
hacemos nacer nuevas palabras
todas para ti
ni una para los asesinos.
Debo decir esto, porque quizá es lo más importante de este premio y de este libro escrito para Luz: Este poemario no debería existir, en su lugar debería estar Luz en el mundo. Ese es el sentimiento complejo que habita mi cuerpo con este premio; preferiríamos a Luz viva, entre nosotros; pero ese feminicidio ocurrió y hubo que construir un dique de palabras para nombrarla, para que no la volvieran a silenciar, para abrazar a su hijo Bruno e intentar arrimar el hombro a su hermana Aurora y a Maricarmen, su mamá.
Dejar constancia
El feminicidio de LRP*, en Jalisco, sigue sin ser esclarecido. A casi un mes del ataque que causó la muerte de la joven, los agresores que la quemaron viva no han sido detenidos, toda ella era una llama narró Lucy, vecina de la zona.
Tachamos las notas rojas
de todos los periódicos
queremos dejar constancia
de que eras agua
agua que ilumina
no hay fuego que te sea penumbra.
26
La ciudad se llenó de tu nombre
la inundaste en cada una de nosotras.
En miles de ojos tus pupilas
en miles de cuerpos tu cuerpo
en miles de voces tu voz
multiplicada.
Las calles se llenaron de ti
de pancartas y besos
de gritos y bullicio.
Ahí estabas tú en todas
empujando la rabia y la ternura
dándonos de beber tu luz.
Retumba en mis oídos:
Si soy la siguiente
quiero ser la última.
Epílogo
Para Bruno, hijo de Luz
Se escucha a lo lejos una cigarra
¿canta o llora? te preguntas:
Canta / ha dejado de ser ninfa
ha mudado de piel su piel
ha nacido de sí misma
pasando del marrón al verde brillante.
Canta saliendo de la tierra
te canta / te llama
Bruno entre la bruma.
Bruno hijo de Luz
alumbrado por sus ojos
parido por un río de luminiscencia.
Bruno
he aquí mis brazos
(estas palabras)
para que llueva a diario
para que nunca más el fuego.
Bruno hijo de Luz
tocado por sus manos
cuidado por el rayo.
por esta contundencia memoriosa de tu nombre.
Somos cigarras cantando
surgiendo de la entraña de la tierra.
Niño Bruno
hermoso niño dado a Luz
alumbrado a diario ya por su memoria.
Revoloteo estas palabras
para que puedan un día maravillarte
tintineando
luciérnagas de agua.
Bruno entre la bruma
creces
sigues creciendo desde hace 4 años.
Creces Bruno
y brillas bajo el sol.
Este premio abre un espacio para que Luz vuelva, para que se nombre su belleza y también la desgarradura de perderla, para que su muerte ilumine y dé camino contra la violencia feminicida y contra toda la violencia. Este poemario es un acto alquímico para que Luz nos siga hablando y desde su voz sostener un futuro posible para sus amados y amadas y también para todas aquellas personas que queremos habitar un nuevo mundo.
Gracias al ISIC y Premio Gilberto Owen 2026 por proveer un espacio donde exista la frase con relieve, la palabra hecha carne de alma, luz tangible, y un rayo del sol, y por hacer sinergia con las voces que intentamos, acuerpar y acompañar, desde nuestras trincheras, la vida que en Sinaloa se está defendiendo a diario, deseo que este premio y estas palabras logren ser dignas acompañantes de su diario resistir y existir. Deseo, también, que algún día, esta enfermedad me dé un respiro y me permita regresar a ese lugar que tanto amo y que, durante casi una década, visité por lo menos una vez al año.
En este momento, en este mundo, donde el presentismo es erigido como la única vía de existencia social y cultural, donde todo acto, todo gesto, toda palabra, sólo es aceptada si obedece al mandato de la inmediatez, me parece que el camino de la literatura es el camino de la memoria. Que estos dos libros, tan distintos entre sí, sostengan la rara flor de la memoria, me produce una alegría nueva, una certeza que (aunque difusa) me permite poner los pies en la tierra de un trabajo común: el trabajo de construir la realidad del presente frente al presente que nos ofrece y exige la inmediatez. Este presente memorioso es un presente real, desde la literatura, y sólo puede construirse con la certeza de que, en efecto, sólo tenemos el presente y lo estamos construyendo juntos, aquí estamos habitando el presente y el futuro de Sinaloa (que es el del mundo también), junto a ustedes que son nuestro nosotras (os).
Zaría Abreu. Ciudad de México, 1973. Poeta, guionista, dramaturga y tallerista. Estudió Literatura Dramática y Teatro en la UNAM. En 2004 obtuvo el Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo con la obra Carajo, Malena. Fue becaria del Fonca y en 2008 ganó el Premio Interamericano de Poesía Navachiste. Es autora del libro de poesía Solo un aullido (2022).

