Sonia Higuera Montaño
Es impensable hablar de escritoras clásicas sin referirnos a dos figuras icónicas: Simone de Beauvoir y Virginia Woolf. En sus libros advertimos la presencia del cuestionamiento del ideal femenino, que se asoma en cada una de las perspectivas que exponen sobre la maternidad, los roles de género, el proyecto de vida, las limitantes de la creación literaria, así como de la racionalidad y sensibilidad asignadas a cada sexo.
Para realizar este análisis, emplearemos la propuesta de vasos comunicantes, entendida como aquellos conectores que nos permitirán ir de una idea a otra sobre una misma temática. Y es que hablar de vasos comunicantes no es fortuito, puesto que, gracias a este recurso, es posible construir una unidad entre las obras de las autoras en cuestión, a partir de un denominador común: el ideal femenino, presente en sus ensayos, cuentos y novelas de ambas autoras
Virginia Woolf, en su célebre ensayo Una habitación propia, indaga sobre el lugar que las mujeres ocupan en la creación literaria, para ello, la protagonista se da a la tarea de visitar el Museo Británico y revisar sus anaqueles, en búsqueda de las obras de escritoras. El resultado es una cantidad impresionante de libros sobre mujeres escritos por hombres. Lo que llama la atención de la autora es que las mujeres no escriben libros sobre los hombres. La autora se da cuenta de que existe una necesidad común por parte de catedráticos, maestros, sociólogos, clérigos, novelistas, ensayistas y periodistas de disertar sobre las mujeres, sin embargo, al hacer una revisión de lo que estos libros dicen sobre las mujeres, Virginia Woolf se encuentra frente a una serie de acepciones despectivas que, a su vez, han abonado y perpetuado la construcción de los ideales femeninos que han intentado describir a las mujeres.
En ese mismo terreno, Simone de Beauvoir escribe su obra El segundo sexo, donde expone la presencia del ideal femenino a partir de un marco histórico, psicológico, biológico y mitológico, lo que le permite plantear una serie de argumentos y cuestionamientos para comprender el eterno femenino al que viven sujetas las mujeres. Para la autora, es necesario repensar y cuestionar lo que “debían ser” o “son” las mujeres según estos marcos que las describen, como adoradoras de dioses, madres perfectas, vengativas, dependientes e indefensas, puesto que han funcionado como referentes de ideales que se han perpetuado en diversas áreas. La autora profundiza aún más sobre la presencia de los ideales femeninos en las distintas etapas de vida de las mujeres, tales como la infancia, juventud y adultez, para dar cuenta, cómo a causa de ello, es que las mujeres no se plantean un proyecto de vida que les permita trascender.
Otro aspecto del ideal femenino es el de ceñir a las mujeres a un área de su vida, tal es el caso de la maternidad y, en particular, éste es un tópico que se encuentra presente en las obras de ambas escritoras. En el caso de Simone de Beauvoir, lo observamos en su obra autobiográfica Memorias de una joven formal, donde cuestiona el destino que debía seguir por “ser mujer” desde niña. Observa todos los estereotipos en los que las mujeres son encasilladas desde la infancia. La autora narra que ella quería verse como las protagonistas de las novelas que leía, aspiraba ganarse la vida mediante un oficio. No sabía a qué se dedicaría, pero cada vez acariciaba más la idea de dedicarse a la escritura. Y es que, a lo largo de esta obra, Simone de Beauvoir no hace más que cuestionar lo que se considera propio de las mujeres: las normas tradicionales, el matrimonio y el cuidado de los hijos.
En el caso de Virginia Woolf, tenemos su muy aclamada novela La señora Dalloway. En esta obra, se narra el día de una mujer de clase alta que se prepara para dar una fiesta por la celebración de sus 52 años. Las preocupaciones de Clarissa Dalloway, la protagonista, van desde el acomodo de las flores, la evocación de un amor pasado y la pérdida de la juventud. Clarissa reflexiona sobre las decisiones que marcaron su vida y las posibilidades que dejó atrás. Aquí observamos todos los ideales femeninos que fueron determinantes en la juventud de la protagonista y que lo siguen siendo en su vida adulta.
Woolf analiza el sinsentido que la existencia de las mujeres tiene frente a la vida y la muerte. En este relato, observamos que lo que se espera tanto de las mujeres como de los hombres tiene agravantes de insatisfacción. Estos claroscuros que se van develando no hacen más que mostrar lo vivido de lo que pudo haber sido, por lo que la protagonista oscila entre una sutil melancolía por las elecciones no tomadas y la convicción de haber seguido un camino asociado a la estabilidad, la responsabilidad y la aceptación social. Mostrando con ello la sujeción a los ideales femeninos, que dan pie a que ambos personajes se replanteen lo que pudo haber sido de sus vidas de no haber seguido el camino de agradar.
Tanto Simone de Beauvoir como Virginia Woolf tenían claro que era necesario poner sobre la lupa todos los ideales femeninos, ya que, de continuar naturalizados e impuestos como preceptos, normas y referentes cotidianos, su cuestionamiento se tornaría más difícil. En el caso de Virginia Woolf, en su novela Al faro, la autoraretrata la vida de la familia Ramsay, compuesta por el señor y la señora Ramsay y sus ocho hijos, cuatro hombres y cuatro mujeres. En esta obra, vemos los ideales femeninos en la vida de la señora y el señor Ramsay, así como la forma en que socializan con sus invitados. Los ideales son la parte medular, pues determinan sus vidas a lo largo del relato. Virginia Woolf, sigue reflexionando sobre el deber ser y la necesidad social de que las mujeres siempre estén dentro de los márgenes de dichos ideales.
Ahora bien, a juicio de Simone de Beauvoir, seguir los ideales femeninos limita la libertad de las mujeres. Un ejemplo de ello lo aborda en su obra autobiográfica Una muerte muy dulce, ahí, la autora relata cómo, al encontrarse en su momento más álgido como escritora, su madre tiene un accidente y es hospitalizada, y es ella, Simone, quien debe asumir una serie de cuidados y atención: debe cambiarla, darle el medicamento y ocuparse de que consuma sus alimentos. Toda esta situación la descoloca y la mueve a reflexionar sobre el tema de la vejez y analizar cómo es que a las mujeres siempre se le ha asignado el papel de cuidadoras del hogar.
Finalmente, una obra de vital importancia es Orlando, en la que Virginia Woolf narra la vida de un noble inglés del siglo XVI, que vive más de 300 años sin envejecer y, a los 30 años, se transforma en mujer. Aquí se exponen los ideales femeninos en todo su esplendor, ya que la libertad de Orlando contrasta con la que experimenta cuando cambia de sexo. En esta transformación, Woolf propone un juego a sus lectoras, nos invita a cuestionarnos si Orlando hombre aprendió a causa de ello, o bien si siendo Orlando mujer, en automático, adquirió los ideales femeninos.
Más tarde, curiosamente, Simone de Beauvoir escribió su novela Todos los hombres son mortales, en la que Raymond Fosca vive seis siglos gracias a que bebió el elixir de la vida, por lo tanto, ha visto la repetición de la vida de forma circular, lo cual lo ha llevado a encontrarse en un momento de sinsentido, hasta que conoce a Regine, una joven actriz vanidosa, que vive con plenitud y goza de la adulación, es decir, vive ceñida a los ideales femeninos establecidos por la sociedad. Regine, llena de vigor, mueve a Fosca a intentar hacerlo de nuevo: vivir. Es aquí donde Simone de Beauvoir lleva su planteamiento a un punto límite, ya que recurre a la inmortalidad para mostrar que los mandatos y los roles responden a una lógica efímera.
En conclusión, tanto Simone de Beauvoir como Virginia Woolf se ocuparon de cuestionar el ideal femenino impuesto a las mujeres, es ahí donde podemos observar la presencia de los vasos comunicantes. A partir de ellos, advertimos que las autoras pusieron sobre la mesa temáticas como la maternidad impuesta, la identidad, el género, la visibilización de las mujeres, la lucha por la igualdad y la construcción de un proyecto de vida propio. El ideal femenino se ha configurado así por mucho tiempo, pero, hoy en día, más bien observamos una diversidad que no sujeta a las mujeres a adecuarse a un prototipo particular. Por el contrario, nos encontramos en un momento de visibilización desde diferentes vectores, que más que tratarse de una postura radical, es considerada una más de las batallas que tenemos por ganar. La vigencia de ambas radica en que nos obligan a preguntarnos quiénes podemos llegar a ser fuera de los moldes que históricamente nos han definido a las mujeres.
Sonia Higuera. Fundadora y directora de Tejiendo Historias, una plataforma que ofrece talleres dirigidos por escritoras de habla hispana. Ha publicado y coordinado la antología de cuentos Destejiendo heridas; así como la de ensayo, cuento y minificción Medusas. Su ensayo “De cómo aprendí a ser madre” está incluido en Materna. Actualmente, trabaja en una antología de ensayos feministas y en la edición de su primera novela.

