Claudia Bañuelos

Crear una forma significa atravesarla con todo su ser, como se atraviesan las edades o las etapas de la propia existencia.

Emanuele Coccia

Regresamos a la tierra. Nunca nos hemos ido.

Cristina Rivera Garza

Tengo tiempo escuchando hablar de una nueva forma de crítica literaria, la ecocrítica, que podría parecer algo reciente y novedoso, pero cuyos antecedentes datan de los años setenta del siglo pasado, cuando en 1978, William Rueckert acuñó el término en su ensayo Literature and Ecology: An experiment in ecocriticism, en el que propone utilizar los principios ecológicos, como la energía y la sostenibilidad, en los estudios literarios.

Algunos años han pasado y muchos estudiosos y académicos han explorado el tema desde entonces, motivados por las preocupaciones por el medio ambiente y el impacto que la mano del hombre ha tenido en los ecosistemas de nuestro planeta. Se han acuñado términos como antropoceno y capitaloceno para describir esta era en la que la actividad y el capital humanos han sido determinantes en la devastación de nuestro entorno.

Hace unos días, Edmundo Paz Soldán hizo referencia a un libro recién publicado sobre este mismo tema: Imagining a New Natural History, Latin American Cultural Production in the Anthropocene (2026), coeditado por Nicolás Campisi y Lucas Mertehikian,  una colección de ensayos de escritores, artistas y críticos sobre la producción cultural en lo que llama “tiempos de convulsión climática”, que nos muestra una nueva visión de la historia de la naturaleza: la considera un ente vivo, con inteligencia y con una capacidad de supervivencia superior a la humana.

En realidad, es un tema del que no se podría escribir en un espacio limitado como éste, pero considero sumamente interesante y me ha tenido pensando y reflexionando en los últimos meses; me pareció también que reflejaba perfectamente la visión de la novela de Fernanda Trías —Premio Sor Juana Inés de la Cruz—, El monte de las furias (2025).

En esta novela, Trías construye “una nueva historia natural”. Al elevar a una montaña a la categoría de ser vivo, impone una nueva visión de la naturaleza —tradicionalmente vista como algo separado del hombre y de materia inorgánica —, y la dota de una nueva dimensión no solo vital, sino también estética, histórica, ecológica e incluso poética.

Cristina Rivera Garza es otra escritora y teórica literaria que ha explorado el tema de la ecocrítica. En su libro de ensayos Escrituras Geológicas (2022), acuña el concepto de la “voz geológica”, la cual surge de una perspectiva no humana, aquella de los seres que hablan desde su propia materialidad. Fernanda Trías, refleja también este concepto de manera magistral, hace hablar a la montaña y al mismo tiempo nos traduce la simbología de un entorno en riesgo ambiental.

En la novela escuchamos una voz que podríamos denominar “geológica”, esta voz nos habla de la montaña como un ser no solo vivo, sino consciente de su vitalidad, un ser que asume sentimientos y actitudes propias de los seres humanos. La descripción de la montaña es de una belleza sublime, conmovedora y al mismo tiempo implacable, pero además el lenguaje trasciende a la montaña, porque no solo recurre a esta nueva visión de la naturaleza, sino simboliza al mismo tiempo la condición histórica del entorno, en él van implícitas problemáticas como el riesgo ecológico, la sobreexplotación, la violencia y el feminismo.

No pretendo agotar aquí el tema, solo quiero compartir algunos fragmentos que me parecieron de suma belleza y que simbolizan esta nueva forma de expresión de lo natural. En ellos, la naturaleza cobra vida y respira con una fuerza tal que termina por asimilarlo todo. La montañera, el contrapunto humano de la montaña, sufre una transformación que se narra no solo como un evento fantástico, sino como un devenir vegetal y una fusión simbólica con el paisaje que ocurre progresivamente a lo largo de toda la obra. Por esto, la historia natural cambia y la mirada humana deja de tener el ángulo dominante.

En el capítulo cuarto, escuchamos una voz mineral que se manifiesta con una voluntad asombrosa: Trías le permite a la montaña dejar de ser un objeto pasivo para convertirse en protagonista:

“La montaña decidió convertirse en aldea. Construyó casas y se creyó pájaro; construyó túneles y se creyó oruga. El túnel dejó una cicatriz del tamaño de un árbol, un agujero imposible de cerrar. Está ahí como diciendo: no todo lo que se vacía puede volver a llenarse. En esa cueva ahora anidan las serpientes; los guácharos esperan la llegada de la noche. Un olor animal impregna la roca. Está ahí como diciendo: incluso tu herida puede convertirse en casa.”

En estas líneas la montaña se comporta como un organismo vivo. No solo construye casas y túneles, sino se cree pájaro y oruga; es una montaña y es roca que decide, construye, cree, dice, es decir, es sujeto de acciones verbales propias de los seres vivos. Por otro lado, en sus túneles viven los guácharos, una palabra extraña que nos sitúa de golpe en el ecosistema andino. Julián Herbert —jurado del premio citado, obtenido por Frías— señaló que una de las virtudes de esta novela es su capacidad para abordar los temas esenciales de la literatura contemporánea sin nombrarlos: No hay azar en el vocabulario de Trías, a través de términos específicos, la autora traduce la simbología de un entorno en riesgo ambiental. Los guácharos son aves dispersoras de vida en los bosques de niebla colombianos, habitan cuevas de miles de kilómetros que hoy se encuentran en situación vulnerable.

Continuando con el párrafo:

“La montaña quería sentirse hermosa… Organizó una fiesta y se vistió de flores y colibríes. Mostró con orgullo las esponjas que absorbían el agua para convertirla en arroyos subterráneos (eran pompones, borlas de un vestido muy fino). El musgo rozagante, hinchado como un clítoris, convertía la roca en criatura de terciopelo.”

La vitalidad de la naturaleza es tal que lleva a la fiesta, una fiesta deslumbrante y sensual, llena de flores y colibríes, de musgo rozagante, hinchado como un clítoris, pompones como el vestido más fino y la roca como criatura de terciopelo.  La voz nos ofrece las imágenes más potentes y deliciosas de la montaña, una maravilla visual y sensorial que estimula la mirada y todos nuestros sentidos. El tacto, el oído, el olfato, la vista, nos llevan a atravesar con todo nuestro ser esta arquitectura natural y sentirnos parte de ella.

“Y la fiesta, ¡la fiesta! Aquella alquimia que transformaba la nube en agua era una danza entre los frailejones y el cielo. Los gusanos se retorcían en aplausos; las libélulas batían sus alas iridiscentes; las abejas se enloquecían en zumbidos.”

En este párrafo, la fiesta es también la gran danza del agua que nos regala una palabra nueva: los frailejones. En el páramo, estas plantas recolectan la niebla para saciar la tierra, sus tallos carnosos son las esponjas que sostienen la sed de todo el país.

Como nos enseña la montañera, no hay palabras inofensivas: cada una es símbolo potente. Frailejones es, al mismo tiempo, el lento crecimiento ante el peligro de extinción y la celebración vibrante de la vida a través del agua. El lenguaje por tanto es parte de esta arquitectura simbólica de contrastes, de contrapuntos, de símbolos y de identidad.

Eso constituye la gran maestría de esta novela, nos da una nueva visión de la historia natural: por un lado, el compromiso con los problemas actuales, un gran amor por el lenguaje y la poesía, por la vida y por la creación, pero por otro nos recuerda la superioridad histórica y vital de la naturaleza, así como su permanencia en la tierra durante millones de años.

Claudia Bañuelos. Licenciada en letras españolas y maestra en gestión cultural. Ensayista, lectora devota y estudiosa de la literatura. Ha sido profesora de Lengua y Literatura. Fue coordinadora de la Feria Internacional del Libro de Los Mochis (2011-2013) y directora del Instituto Municipal de Arte y Cultura de Ahome (2014-2019). En 2018 publicó Ahome: raíz e identidad. Historia, desarrollo y patrimonio cultural, en colaboración con otros autores. Actualmente coordina talleres de fomento a la lectura.

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