El corazón del presente. En el 80 aniversario de Elsa Cross

Por Claudia Hernández de Valle-Arizpe

Y los dormidos, siempre mudos, peces,
en los lechos lamosos
de sus oscuros senos cavernosos,
mudos eran dos veces


Sor Juana Inés de la Cruz

Elsa Cross está celebrando este 2026, 80 años de vida, y más de 50 de trabajo creativo. Tomo su aniversario como el buen pretexto para releer y escribir sobre su poesía. Se me aparece en esos mismos días, el siguiente párrafo de la filósofa catalana Victoria Camps, que viene muy a cuento en tiempos actuales: “…la lectura de los clásicos, filósofos o no filósofos, nunca será una pérdida de tiempo. Aunque la cultura en general no es una garantía para vivir mejor ni tener planes de vida más razonables, despreciarla es carecer de armas para enfrentarse a la brutalidad que todos llevamos dentro. La filosofía, la literatura, el arte, la música, tienen la virtud de dejarnos perplejos, de sembrar el desconcierto allí donde todo parecía claro, de estimular la curiosidad hacia lo desconocido, de dar valor a las expresiones ajenas. En una palabra, de introducir complejidad en una existencia que, por ser humana, no puede ser simple”.

Establezco entonces vasos comunicantes entre esta idea y los poemas de Cross: analogías que me llevan de una cultura a otra: de Mesoamérica a la India; de Francia a las islas griegas; del mundo maya, pero también mexica y totonaca en su libro Jaguar, a los ecos de lugares que no conozco, y que guarda su libro Baniano, en el que deslumbran el centro y el desdoblamiento, la vibración y la conciencia. Y aunque cada lector tenga una experiencia propia, será común a todos quienes la leamos, una certeza: la de estar frente a una poeta de amplio registro; ante una voz que abarca, con riqueza rítmica, los más diversos lugares físicos, pero también, la abstracción de los estados interiores del ser humano.

Si bien toda poesía involucra los sentidos para poder gestarse, en el caso de Elsa Cross destacan, en mi opinión, lo visual y lo auditivo. Ella misma ha hecho hincapié en la importancia de escuchar, tanto en la vida cotidiana, como en el ejercicio de la creación. Los elementos de la naturaleza parecen estar en su obra siempre dispuestos a ser percibidos, no para una prosaica descripción, sino para ser transmitidos en su vibración. ¿Cómo lo logra? Supongo que, en primer lugar, a través de la contemplación; después, por medio de la consagración al silencio, para de ahí partir a la más afilada percepción.

¿Por qué dejar que corra el viento en prácticamente toda su obra poética, con ese grado de visibilidad? ¿Por qué insistir en la grieta y en lo que deja pasar, o no? ¿Por qué la necesidad de la piedra, del muro? Desde su primer libro: Naxos, publicado cuando tenía 19 años, ya escribe versos que dejan clara esta extraordinaria capacidad sensorial: “Percibo a mis espaldas la grave reiteración del mar…” La vemos, pues, de espaldas al mar, concentrada en escucharlo, no en verlo y en oírlo al mismo tiempo. Es un verso lleno de misterio, elocuente en la imagen que crea, y poderoso en la elección de cada palabra: reiteración por olas; grave por sonoro. Es un verso oscuro, rojo como el vino, casi negro, como el mar de los griegos; el mar de La Ilíada y La Odisea

La naturaleza fluye en Elsa Cross desde ese primer libro, Naxos, y a lo largo de toda su obra, visible en lo más pequeño como en lo más grande de los mundos animal, vegetal y mineral. Sus versos y estrofas han construido a lo largo de más de cinco décadas, un edificio sostenido por ideas y percepción; ideas provenientes de sus lecturas de griegos y latinos, de filósofos de diversas tradiciones y de su conocimiento de religiones también distintas. La han nutrido Basho y los poetas en lengua francesa, la poesía mexicana y latinoamericana, los románticos alemanes, los poetas griegos modernos; la han alimentado las artes plásticas, la historia del arte, sus múltiples viajes.

En La dama de la torre, publicado en 1970, Cross es ya la poeta que será: la que incorpora símbolos, mitos, personajes de leyenda, imágenes y sentencias que nutren su poética. En este libro es implacable: “No fue el alba/ la que me separó de los brazos del amado/ porque no soy la dama de la torre,/ porque tú no eres sólo el caballero./ Una rosa no es más que una rosa./ La metáfora no existe”. Se trata de poemas que despliegan fuerza; un tambor en el que resuenan las contradicciones de la vida en la Tierra; la dualidad de lo que existe y se nombra. Porque en su poesía toda, la luz reconoce la sombra que crea, y se observa el fruto en la rama tanto como el fruto en su caída.

En ese universo de las ideas, “con voz gentil”, “con mesurada cadencia” (como Arnaut), canta en su obra “su dolor furioso” que también es el de Arnaut, el trovador provenzal que ella nombra; el del “firme deseo que se aloja en mi corazón”, y se detiene en temas trascendentes. Uno de ellos, también evidente en sus primeros libros, es el de la naturaleza de las palabras. ¿Cómo entender que se les requiere con urgencia para escribir el poema, pero que, a su vez, no alcancen para abarcarlo y revelarlo todo? No en vano, escribe: “Salgan las palabras que no son más que palabras./ Salgan a formar espejismos solamente,/ a no decir lo que las sombras son,/ a no decir que un punto luminoso/ puede ser también un punto oscuro”.

En todo buen poeta, la conciencia sobre el lenguaje es vital. En Cross, nombrar las limitaciones que la palabra impone, implica, de entrada, traspasar dicha limitación. Si digo que la palabra no es noche y día a la vez, ya estoy diciendo ambas. Además, aquí, las palabras son más que palabras; son personajes del poema; se humanizan, se vuelven sujeto actuante: en “La isla de los muertos” leemos: “Persigo una palabra extinta”. También hay una conciencia sobre su poder invocador: “Miedo a las palabras/ a que la historia que hilvanan al azar/ se cumpliera”, dice en El diván de Ántar, un libro pleno de cromatismo y espejismos, integrado por 25 cantos.

La palabra, pues, se reconoce en el peso que tiene, pero, al formar parte de la realidad y de la experiencia, y al considerar la poeta: “que la poesía es un conocimiento más allá de la propia experiencia”, necesariamente hay que referirnos al ejercicio de la meditación, a la experiencia mística que ha marcado su vida y obra. Es poesía que aborda el vacío; ese espacio tan temido en el que, quizá, el ojo no se satisface con entender lo que existe, sino lo que crean, juntos, mente y espíritu. 

Pero lejos de verla por ello como una poeta distante a nuestra realidad occidental, latinoamericana o mexicana, creo que, al entender que la experiencia espiritual genera un sentido de lo atemporal y de la permanencia, lo que se produzca a partir de ésta —en combinación con lo vivido en el plano más inmediato— será universal y disipará fronteras de toda índole.

Si bien los conceptos de la filosofía oriental (que permite encontrar sus correspondencias en el mundo occidental), permea su obra en temas y en respiración,  eso no la hace evasiva de la realidad. Por el contrario, en sus textos hay una preocupación por lo que pasa en el mundo, y un renovado asombro por lo que los otros hacen. Es ejemplo “Éxodo”, poema que se aproxima a una de las fotografías de la serie así titulada por el fotógrafo brasileño Sebastião Salgado, y que denuncia éxodos masivos y crueles travesías que el ser humano se ha visto obligado a emprender desde siempre.

La poesía de Elsa Cross ofrece múltiples gozos. Entre ellos, el de la resonancia: ¿De dónde viene esto? Por ejemplo, en el canto último de El diván de Ántar, dice: “Yo repasaba tu cabello, igual que la cebada de los campos./ Como un guerrero, inmóvil, te recuerdo./ Y la Luz,/ más fuerte que la luz del sol,/ seguía jugando en nuestros párpados”, y yo, al leerlo, evoco de golpe, la imagen de un muy joven soldado muerto, caído sobre la maleza en un valle, con la boca entreabierta. Brilla el sol sobre su cuerpo, y Arthur Rimbaud, ante el dolor terrible que gesta esa imagen, lo transforma en “El soldado dormido”, uno de sus poemas más entrañables. ¿No radica en ello, parte de la importancia del arte? ¿No es trascendente que un poema nos hable desde su cuerpo independiente, pero que, a la vez, logre vasos comunicantes con otras obras, otras formas de ver y de traducir el mundo, para con ello aproximarse a su belleza y a su drama? Eso sucede con los verdaderos poetas, y así es la poesía de Cross: universal y plena de sustancia. Leer su obra, que suma más de treinta libros —sin contar con los de ensayo y traducción— permite emprender un viaje luminoso donde hay uvas negras en racimos, el mar y el sol; el silencio de los peces, la belleza insoportable, y la que, en su apogeo, está a punto de morir. Lejos de la imposición, sus poemas fluyen, y con su herencia proveniente de civilizaciones antiguas, nos sitúa en el corazón del presente.

Deja un comentario