La búsqueda del sentido: un apunte con Élmer y Orejel

Por Ronaldo González Valdés

1. ¿Todavía se puede hablar de algo así como una literatura del norte? Uno podría pensar, como se ha dicho reiteradamente, que las escritoras y escritores que durante un buen tiempo fueron considerados parte de ese presunto movimiento literario, tienen como rasgos en común aludir a las grandes extensiones del Septentrión, la cultura fronteriza y una búsqueda estética tramada en eso que se llamaría “lo norteño”. Y está, desde luego, la violencia, más puntualmente aquella fraguada y desplegada desde el mundo del narcotráfico. Pero, como ocurre con otros casos, la diversidad de temáticas, lenguajes, estilos literarios y contextos geográficos y temporales, pone pronto en crisis dicha presunción.

2. No es que no existan preocupaciones compartidas por sus autoras y autores, sobre todo en sus inicios, empezando por una cierta vinculación con un espacio y una atmósfera que se convirtió (por lo menos desde los sesenta del siglo veinte) en un laboratorio social prefigurador de lo que después se extendería a buena parte del país. No es gratuito que alguna literatura del norte acompañe a géneros como el corrido, desde su expresión semirrural hasta su urbanización en nuestros días (ya hibridado con otros estilos para dar lugar a la flamante etiqueta de “música regional mexicana”). No es casual tampoco que esa “música regional” de origen norteño y fronterizo, sea, ahora mismo, el sello de la “mexicanidad” en el extranjero (los Tigres del Norte siguen teniendo un gran arrastre en EEUU y hasta en Europa, Natanael Cano y Peso Pluma son punteros en las ligas de Spotify y Youtube).

3. Sin embargo, pese a este primer impulso compartido por escritores como Daniel Sada, Luis Humberto Crosthwaite, Julián Herbert, Élmer Mendoza, Eduardo Antonio Parra, entre otros de una ya larga nómina, poco a poco la denominación se fue acercando al estereotipo, y de ahí vienen las más bien tontas descalificaciones que acusaban (y en menor medida lo siguen haciendo) a esta narrativa de “glorificar la violencia” (“¿De qué quieren que hable si vivo en Culiacán?”, dirá Élmer Mendoza en alguna entrevista). Un estereotipo que, como toda buena simplificación, parte de un sustento verdadero (el espacio geográfico y sus producciones sociales, en primer lugar, y desde luego, el lenguaje, aunque no siempre), para, desde ahí, llevarlo al exceso de su caricaturización por parte de alguna crítica del centro del país (provincianos, “bárbaros del norte”, etcétera). En fin, lo que sucede casi siempre con las etiquetas.

4. Lo que se olvida con frecuencia son dos cosas básicas: primero, la literatura se ofrece como realidad lingüística, pero tiene una vinculación inevitable con lo extralingüístico (origen, estatus, vida social, problemáticas, convenciones normativas, historia, dimensión simbólica en la que entran las tradiciones literarias, musicales, populares, religiosas, es decir, lo que pudiera llamarse un Ethos); y, segundo, al creador y a la creadora les impulsa el eluardiano y duro deseo de durar. Está claro, en consecuencia, que no se trata de escribir sobre lo que ocurre en el norte y la frontera para quedarse en el norte y la frontera, sino de reparar en que no es necesario irse a Nueva York, a París, a Buenos Aires, a Jerusalén, a la región de Gaza, a Johannesburgo o a la Ciudad de México para aspirar a ser parte de la literatura universal, para incorporarse al gran flujo de la historia de la literatura.

5. Recuerdo, a propósito de esto último, cuando, en enero de 2025, en la presentación de la novela Dios no escucha el chillido de los cerdos, Élmer Mendoza preguntaba a Alfonso Orejel por qué no hacía mención explícita de Los Mochis como escenario de su relato, a lo cual este último respondía que lo que importaba era la trama antes que el espacio: la historia de la aldea, la ciudad, el lugar que podía ser otro lugar (aunque, en definitiva, en el caso de dicha novela, uno sepa que se trata de Los Mochis); una geografía humana y social antes que una geografía física: una verdad literaria antes que una verdad histórica, sociológica y topológicamente ubicada.

6. En sus historias, Alfonso Orejel echa mano de los sublenguajes del norte (caló urbano hibridado con el lenguaje rural llano, aunque cada vez más lo ha hecho predominantemente con los sublenguajes urbanos, las malas palabras, la expresión directa que resuena altisonante o susurrada en la imaginación lectora), con todo y lo cual hay siempre en su escritura una búsqueda estética que, a diferencia de no pocos autores norteños, abandona, por tramos, el abierto y hasta brutal realismo para, utilizando recursos poéticos, recrear un paisaje, una situación, un imaginario, un pensamiento. Tadeo, uno de los personajes de Dios no escucha el chillido de los cerdos, lee todos los días la frase Solo el dolor nos hará libres en una de las paredes de su refugio doméstico, es el mismo Tadeo que piensa, fatigado por el ejercicio alguna tarde, “¡Uta madre, ya estoy viejo para esto!”.

7. Y, desde luego, no puede tampoco escapar a la mirada hermenéutica una constatación en la que no se ha insistido lo suficiente: la búsqueda del sentido, no solo estética, sino en la recepción de las y los lectores. Una búsqueda en la que reside, en buena medida, el quid del significado; tal tendría que ser uno de los presupuestos, según George Steiner, de la tarea del crítico y del historiador de la cultura: no limitarse a reconocer una tradición literaria, una “angustia de las influencias” como en Harold Bloom, sino avanzar en la interpretación, en la pesquisa por el sentido.

8. Por ejemplo, El Zurdo Mendieta, personaje de la saga más conocida de Élmer Mendoza, reside en la Col Pop, el mismo lugar en que vivió su niñez y adolescencia el autor. Col Pop (Colonia Popular) o Col Ros (Colonia Rosales) eran maneras en que los jóvenes de las clases populares designaban a sus barrios en los setenta en Culiacán y el noroeste de México: eran cholos, una transmutación del pachuco de los estados fronterizos con Estados Unidos en los cincuenta y sesenta. Cholos, se autodenominaban mexicanizando el californiano Show Low: el espectáculo lento, la vida lenta del take it easy; “Llévatela calmada, carnal”. Eran los cholos antes de los narcos, los del tiro derecho y a mano limpia, a puño bichi y no a pistola empuñada, esos que templaban el metal de sus navajas o sus manoplas escuchando a Credence Clearwater Revival, con sus códigos de honor (muy urbanitas, según esto) y sus sublenguajes que comparten el Zurdo (el personaje literario) y Élmer (el autor), ese par de sujetos que ahora lidian con la desaparición de las viejas identidades barriales y la marea avasalladora de la violencia, su esperanza oscura y su impronta física en las casas de sincrética arquitectura, los panteones o los cenotafios citadinos.

9. Los personajes de Orejel, sobre todo en su obra más reciente —desde los cuentos de La balada del hombre muerto hasta Odisea negra y Dios no escucha el chillido de los cerdos—, son, en este sentido, distintos a los de Élmer: seres lastimados por el peso de una contigüidad opresiva, desencantada (pronto publicaré un ensayo más puntual sobre el recorrido literario de Poncho). Y no solo socialmente, sino una contigüidad personalmente desencantada, patologizante. Personajes que no conservan identidades sustantivas, aunque, como en la novela Juan y sus sombras, sepan de una genealogía familiar que, sin embargo, los eslabona en una cadena más oscura que añorada. Los de Orejel son, podría decirse, personajes poselmerianos.

10. Por lo mismo, algo similar podríamos decir de los culiacanes en la literatura de Élmer y de ciudades como Los Mochis (aunque no se le mencione explícitamente) en la obra de Orejel: los espacios de Orejel son mucho más umbríos que los de Élmer (distinta es la cosa con el Guasachi de César López Cuadras que merece tratamiento aparte). Se conoce a las ciudades, también, a través de la literatura. Y he aquí una asignatura pendiente para la nueva crítica, algo que Javier Velázquez ha hecho con el mar y su imaginario en la poesía sinaloense. Una producción de sentido, ciertamente, muy diferente del que arroja (sí, arroja, casi expulsa) la lectura de la prensa diaria y las redes sociales, pues de lo que aquí se trata es de buscar un sentido de mayor fondo, explicando y comprendiendo, por ejemplo, a los culiacanes (y sí, también su violencia) sin agarrarlos por el pescuezo como lo hacen los medios exclusivamente ocupados en vender productos noticiosos o en generar contenidos likeables y monetizables. ¿Son esos culiacanes o esas ciudades como Los Mochis escenarios definibles solo a través de los hechos violentos, convertidos en las noticias del día? ¿Son las novelas de Élmer o las de Poncho Orejel narraciones sobre la violencia, la cotidianidad oscura y atroz o los personajes patológicos? Sí, tendríamos que responder, sin duda son eso: pero son mucho más que eso.

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Ronaldo González Valdés. Culiacán, Sinaloa. Sociólogo, historiador y ensayista. Entre sus últimos libros publicados se encuentra: George Steiner: entrar en sentido (Prensas de la Universidad de Zaragoza, España, 2021), Culiacán, culiacanes, culiacanazos (Ediciones del Lirio, México, 2023) y Tiempo y perspectiva: El Guacho Félix, misionero secular (Universidad Pedagógica del estado de Sinaloa y Ediciones del Lirio).

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