Sobre lo absurdo de escribir poesía de Francisco Bojórquez

¿Importa escribir? Paul Auster formuló esa pregunta en su discurso del Premio Príncipe de Asturias de las Letras, en 2006: por qué insistir en una labor sin utilidad evidente. Su respuesta no apela a la utilidad, sino a la condición humana: se escribe, se crea arte porque no hay otra forma de habitar la realidad. Esa idea se me quedó adherida. Echó raíz. De ella surgieron dudas que terminaron por marcar un antes y un después en mi forma de caminar los días y de escuchar el pulso del reloj.

Tras esa pregunta, que me provocara la náusea, su hondura levantó la sospecha de que, en efecto, nada de esto sirve para nada. Dígame usted: ¿a quién podrían interesarle unos versos sobre el oficio del poeta, o sobre la presencia de las bugambilias bañadas por el clamor del sol o sobre las injusticias sistemáticas detrás de las causas materiales?  Sin embargo, aquí es donde coincido con el entrañable personaje encarnado por Robin Williams en la película ganadora de un Oscar, Dead Poets Society (1989), el profesor de Literatura Inglesa, John Keating, cuando incita a sus alumnos a recogerflores mientras puedan, comparte el carpe diem. Esta idea conecta con unas líneas de un soneto de Borges: “ya somos el olvido que seremos”.

Entonces, ¿realmente, a pesar de nuestra finitud en la vida, vale la pena seguir creando poemas? Encuentro vital el acto de poetizar, resignificar cada uno de los momentos que vivo. Escribir, en particular poesía, es un acto de resistencia ante el absurdo: no llena los bolsillos, ni acaba con la burocracia, y con frecuencia, se le considera una práctica inútil. Aun así, tengo fe en ella: en su halo, en sus manos abiertas a quien quiera tomarla, en su paradójica razón de ser, en las expresiones comunes de mis amistades y sus pasiones, en el abismo al que alude Pizarnik en sus versos. “La palabra, un átomo que inventa sentido”, dice Roberto Juarroz en su poema vertical 40: “el oficio de la palabra, / más allá de la pequeña miseria / y la pequeña ternura de designar esto o aquello, / es un acto de amor: crear presencia.”

Más adelante, el profesor Keating, les enfatiza a sus alumnos que las leyes, los negocios y la medicina son oficios nobles; pero la poesía, el amor y el romance son, en el fondo, razones por las que vivimos. Confieso que su expresión me conmovió hasta la catarsis; y, al igual que Julio Cortázar, salgo del cine disimulando la cara. Hubo lágrimas, sí, pero también una forma de esperanza que se cultiva en lo íntimo y que nutre, de algún modo, el hambre espiritual. Cuando uno letrea la vida, encuentra un lugar en el mundo, el suyo, luego, lo comparte con otros: el azul del cielo empieza a parecerse a la melancolía; el rojo deja de ser solo un color y un “te amo” no basta.

“He llegado a comprender que todas las desgracias de los hombres provienen de no hablar claro. Entonces he tomado el partido de hablar y obrar claramente”, dice Albert Camus en La peste. En esa afirmación se condensa una ética de la palabra: nombrar con precisión para no deformar la realidad. La peste no solo se propaga en los cuerpos, también en el lenguaje cuando éste se vuelve evasivo o insuficiente. Sin embargo, la poesía no renuncia a esa claridad; la persigue por otros medios. Se adentra en la duda, en lo incierto, en aquello que va más lento que el ritmo de la rutina. En esa aparente desviación ocurre algo decisivo: al demorarse en lo ambiguo, la palabra se afina. Lo que en un inicio parece opaco comienza a revelarse con mayor peso. Así, la poesía no simplifica la experiencia, pero la vuelve más comprensible. Desde esa tensión, entre lo que no se puede decir del todo y el esfuerzo por decirlo, se desborda nuestra capacidad de expresión y, con ella, nuestro entendimiento tanto de nosotros mismos, como de la otredad.

Escribir, entonces, deja de ser un refugio individual para convertirse en un ejercicio de hospitalidad. Si, como sugiere Sara Uribe, la poesía es un diálogo con otras escrituras, nuestra labor no es la de islas solitarias, sino la de hilos en un tejido compartido. Al socializar esta acción, las “mesas sin patas” que sugiere Gloria Fuertes en su poema “No perdamos tiempo” y las “causas materiales” de las que sospechamos al inicio encuentran un crisol común. Escribir no detiene la burocracia, pero sí funda un territorio de pertenencia donde el dolor y la belleza del otro se vuelven legibles para nosotros. En esa red de palabras, la “actividad individual” se rinde ante la potencia de lo colectivo, nadie nombra el mundo completamente solo.

Al final, importa escribir porque importa habitar la realidad con la precisión que exigía Camus. Posiblemente Paul Auster tenía razón y no hay una utilidad práctica en este oficio, pero hay algo profundamente vital en “crear presencia” antes de que nos alcance el olvido de Borges. En última instancia, escribir es el acto de resistencia más humano.

El tiempo no espera: escribe poemas mientras puedas.

Francisco Bojórquez. Poeta, ensayista y gestor cultural. Sus poemas han sido publicados en Timonel y otras revistas. Es fundador de la revista digital Agorá. Autor de Brújula, plaquette publicada dentro de la colección Timonel Ediciones, en el Instituto Sinaloense de Cultura.

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