Inserte una moneda para continuar
En la sala de juegos una mujer introduce diez fichas en la ranura del caballo y monta a su bebé.
Los recuerdos retroceden circulares como la moneda que cae.
La nostalgia se manifiesta en el movimiento que no termina de suceder, una melodía que se reproduce continuamente con el oscilar de un animal mecánico.
Rodeado por máquinas, el bebé se balancea en la caída de un desfile de nombres con los mejores puntajes de la sala.
Ya no sé cuándo inició el juego de apostar entre la posibilidad de llegar a la cima de una lista y perder todas las vidas.
Una se corta el cabello a los 24
Las chicas nos cortamos el cabello buscando solucionar cosas,
ordenar un poco el mundo.
Nos cortamos el cabello antes de un viaje largo,
dejamos trozos por todas partes.
Nos cortamos el cabello y enviamos fotos a los amantes,
aunque después escuchemos:
«Te veías mejor de cabello largo»
«¿Por qué lo hiciste?»
«Ya no lo cortes, déjalo crecer»
Cortamos el cabello para reparar lo maltratado:
los tintes,
las lágrimas que caen hasta opacarlo.
Cortamos el cabello para ahorrar tiempo al peinarnos,
para aprender también
a ver crecer el cuerpo,
a ser pacientes.
Cortamos el cabello porque no queremos salvar nada:
la feminidad,
la simetría del semblante.
Lo cortamos para parecernos a esa actriz de cine,
aunque no seamos Audrey Hepburn
ni ganemos un Oscar.
Para comer pan dulce frente al espejo
y que solo se reflejen
nuestra cara triste
y las migajas.
Cortamos el cabello con tutoriales de YouTube.
Para qué pagar
por un mal corte de cabello
si podemos hacerlo nosotras.
Igual que aprendimos
a fracasar como amas de casa
y en tantas otras cosas.
Cortamos el cabello
para caer más veloces
cuando lo damos todo por perdido
frente al gato.
Para que el cabello deje de colgarnos sobre el rostro
y así habituarnos a la soledad del cuerpo.
Cortamos el cabello
para llorar
por verlo corto,
por haberlo cortado,
como si al verlo caer
algo más también cayera.
Cortamos el cabello porque todo cuerpo es frágil,
para encontrarle formas
cuando cae al piso,
para que una parte de nosotras
se esparza
y ser muchas.
Estado de reposo
Nos acercamos a un grupo de peces que se mecen bajo la sombra de las hierbas. Sumergimos una botella en la poza y algunos entran por el cuello. Al observarlos a contraluz, su nado tiene un límite transparente.
En casa limpiamos la grava del río y preparamos un balde con arena. Tu mano se mueve en círculos y oxigena el agua.
El pequeño ecosistema ocupa un lugar en la habitación azul.
Adoptamos el hábito de desayunar frente a la pecera. Avena, nueces y café. Un caracol manzana extiende la boca sobre el vidrio, justo en la línea del agua.
Veo el reflejo de tu mano abierta y suspendida sobre el pequeño estanque. Dejas que nos acostumbremos a tu sombra. Introduces el índice y el pulgar; una estela de aletas rojas pinta el agua y todos comemos de tus manos.
El resto del día los peces se desplazan lentamente, digieren, se lavan la piel, a veces flotan sin esfuerzo, ignorando los sonidos fuera del agua.
Apagamos las luces y subimos. Tu temblor llega antes de completar el movimiento; abro la boca y respiramos. El agua empuja y nos arquea en una línea tensa de poros circulares. Los peces se frotan suavemente contra las hojas y la grava; su respiración se reduce.
El agua no es silencio.
Después del verano volvemos a nuestro nado circular. Por las mañanas nos llamamos y, frente a la pecera, te describo lo que va cambiando. Otros domingos vemos documentales y nos vemos dormir desde la pantalla, cada uno en su ecosistema.
Mientras duermes, tu respiración permanece en la habitación azul.
Los peces flotan sin esfuerzo.
Cierro los ojos.
Lección de botánica
Una tarde me enseñas sobre tu oficio: Las hojas a veces mueren para no utilizar todos los nutrientes y así generar más en la tierra y reciclarse.
Te detienes frente a un árbol, cortas una hoja y la pones en tus labios. Guardas las semillas en el bolsillo.
Saludas a las abuelitas del barrio.
Claudia Reyes. Poeta y ensayista. Es maestra en Ciencias Sociales por la Universidad de Guadalajara. Fue becaria del programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA), generación 2020-2021, en especialidad de poesía. Ha participado en talleres impartidos por Sara Uribe, Eduardo Milán, Verónica Gerber y Jorge Esquinca. Su obra poética ha sido publicada en la revista Luvina y forma parte de diversas antologías de escritores jóvenes.

