Escribo cuando puedo, un texto de Gloria Manyula

Adrián cambia de trabajo cuando algo no le parece, pero también lo hace cuando el horario no va con su estilo de vida, cuando el sueldo es demasiado bajo o si ya se cansó de las exigencias del patrón. Que detalle tan curioso, darse cuenta que no es el único hombre que dentro de lo que cabe, va cumpliendo con sus sueños y expectativas, porque la vida le dio un regalo, haber nacido hombre.

          De un tiempo para acá, veo a algunos amigos viviendo en casa de sus padres, no tienen responsabilidades más allá de ellos mismos, no se preocupan, trabajan y salen, se van a las luchas, al cine, a pistear. Nadie les dice nada, son hombres. Incluso Mario, mi primo, que dejó la ciudad porque acá no encontraba trabajo de lo que estudió y era más fácil moverse que dejar pasar el tiempo en un lugar que no le daba más que bellos atardeceres. Ahora lo entiendo, este es un infierno y ni quién quiera volver.

         Alguna vez Adrián me comentó que él no había estudiado tanto para trabajar en el sol. En ese momento, lancé una sentencia sobre él “un golpecito de realidad te va doblar”, pensé. Lo miré extrañada y con cierto coraje, como queriendo encontrar en sus ojos algo familiar. Es decir, venimos del mismo vientre, y yo sí he tenido que soportar meses de trabajo bajo el sol, con todo y que tengo posgrado; he tratado de ignorar comentarios horribles por no quedarme sin un sustento; he trabajado horas extras para cubrir otros gastos. Me he tragado las palabras una y otra vez, como vidrios recorren mi garganta hasta cortarla y nadie dice nada, soy mujer. Finalmente, se tiene la idea generalizada de que las mujeres debemos aguantar y sostener, seguir adelante con el orgullo puesto en el cuerpo y la mirada firme, como si eso cerrara las heridas, como si eso borrara cicatrices.

          Caminé kilómetros bajo el sol, con una sonrisa en el rostro que a veces parecía desdibujarse. En ocasiones siento que ya me hice a la idea de que el trabajo de campo me gusta, va bien conmigo, y es que tiene todo que ver con mis estudios —me repito—. Lo que no me gustaba era trabajar embarazada, pero “fue mi decisión”, así me dijeron y lo creí. Callé y aguanté como lo hicieron mis abuelas y mis tías, como lo hizo mi madre, como lo hacen mis amigas. Preferí eso, en vez de enrolarme en el papel de la ama de casa. No soporto la idea de cuidar sin descanso, de quedarme sentada esperando a que un marido llegue ahogado en tristezas. Siento que no va con mi estilo de vida, me lo repito pensando en las mismas palabras de mi hermano. Sí, fue mi decisión, pero todo se acomodó para que así fuera.

          Si en lugar de ser Bárbara, hubiese sido Alejandro, Manuel o Julián, no estaría metida en este bucle de pensamientos intrusivos. Si el embarazo hubiera sido interrumpido, como lo sugirieron algunas amigas, quizá hubiera logrado irme como lo hizo mi primo. Nunca se me atormentó con el matrimonio, me dijeron estudia y viaja, conoce y después lo que quieras. La verdad es que tampoco había dinero para tanto; entre las becas y el trabajo salí, estudié, descubrí mundos en las palabras.

       No me negué al embarazo, consentí como diría Rosario Castellanos y ese fue el último momento que tuve de soledad, quedé expuesta. No gasté mi beca completa en talleres, libros y congresos como lo hicieron mis amigos; a diferencia de ellos, pagué citas ginecológicas, pediatras, guarderías, pañales, huidas de casa, la que creía mi casa y nunca lo fue. En la pandemia no aprendí idiomas, busqué trabajo en un supermercado inventándome una carrera trunca, solo así logré tener empleo durante este periodo. ¿Cuál sería mi interés ahora mismo, si no estuviera intentando descifrar el mapa de mi cuerpo y mis memorias?

            Platico con mis amigas, escribo y lloro con ellas, su mirada es un bálsamo que cura mis heridas. Recorremos los dolores que nos mantienen unidas, y una ternura radical nace en el centro, con la necesidad constante del cuidado, ese que se nos exige dar a diestra y siniestra, pero nunca vemos volver.  Pienso en mis amigas, en la inmensidad de su ser, en el potencial y la creatividad que ponen en pausa, porque la carga física, mental, y económica termina por dejarlas deambulando, pero el fuego en sus entrañas no les permite derrumbarse, incluso si esto implica posponer sus trabajos, sueños, pasiones, vidas.

        Desarrollar el lenguaje requiere constancia, trabajo, y ganas de no dejar los proyectos a medias, lo escucho en todas partes; pero hay ocasiones en que la vida me sobrepasa y no le dedico tiempo ni cuidado a las palabras y termino por abandonarlas.

            Cuándo es que las mujeres que son madres terminan de desocuparse para comenzar a habitarse. Cuándo voltean a verse y deciden que es tiempo de reanudar su camino sin ser interrumpidas, ni arrebatadas. Cuándo dejarán de tenerle miedo a las caídas y a las rodillas raspadas. Cuándo volverán a tener la seguridad salvaje que tuvieron a los 17 años. Cuándo es que el mundo les deja de doler. Cuándo se apropian de sus cuerpos. Cuándo el cuerpo deja de llover, de ser torrente, maremoto, derrumbe, y todas las tempestades que las atraviesan a lo largo y ancho del tiempo. Cuándo las mujeres dejarán de tambalearse porque las culpas les cimbran los talones. Cuántos son los miedos que aprenden a reconocer en toda su vida y cuándo sabrán enfrentarlos. Cuáles serán los conjuros que mis amigas rezan esta noche para protegerme de todo mal, me pregunto mientras leo a Olivia Teroba. Cuáles son los lugares seguros que habito cuando camino por una ciudad que nunca fue mía, y aún me niego a aceptarlo.

      Las mujeres arraigamos las violencias a nuestras vidas, y nadie dice nada. Nadie nos enseña a habitarnos a nuestros tiempos, anhelos y necesidades. Siempre es al revés, y si queda algo de nosotras servirá para vernos fraccionadas en el espejo roto de una casa vacía, observando las posibilidades de lo que no seremos más. Aun así, las mujeres hemos apostado por la creatividad: contando y bordando historias, pintando dolores, escribiendo tragedias. Durante siglos hubo quienes dijeron que esto no era importante, pero descubrimos que solo nos embaucaron, aprendimos a medir y nombrar nuestras tristezas.

Si hubiera sido Juan, ahora no tendría este nudo en la cabeza, mi garganta no se llenaría de agua, y los ácidos no reventarían en mi estómago como lo hacen a menudo. Mis pies ya no se atorarían en el fango, porque aprendería a caminar sobre las aguas, y todos aplaudirían, y cantarían alabanzas en mi nombre, porque sería un hombre.

             No puedo escribir cosas bellas, no me sale, no quiero. Escribo cuando estoy cansada, molesta, indignada, cuando el sistema, el trabajo, y mi jefe me dicen qué tengo y cómo lo tengo que hacer. Escribo cuando me siento chiquita, y navajas corren por mis mejillas. Lo hago cuando mi hijo duerme o se enferma, porque esos son los momentos de silencio donde puedo prestar atención a mis pensamientos, que como ratas ocultas en las alcantarillas esperan la noche para comer.

            Me preguntan cuándo escribo, respondo con un “no sé”. Sí lo sé, siempre lo he sabido, pero prefiero no recordar: una sala de espera en urgencias, el transporte público a reventar, inventándome oficios para pagar la renta, caminando en el sol porque me quedé sin dinero, con un hueco en el estómago para que mi hijo nunca se quede sin comer, con una abuela en el sepelio, con una madre que siempre duerme porque la tiroides no la suelta, con los monstruos que una que otra vez se asoman por debajo de la cama, con el cansancio instalado en mis hombros.

         Escribo las memorias, el conjuro amoroso de mis amigas, el lugar seguro que habito: mi cuerpo, mi cuerpo sigue de pie, y pienso que la vida me dio un regalo complejo, ser mujer, porque hay una fuerza que todo lo transforma y que se niega a desaparecer. Escribo cuando puedo, no cuando quiero.

Gloria Rivera. Poeta, actriz y activista. Licenciada en Sociología y maestra en Ciencias Sociales, con énfasis en estudios regionales, por la Universidad Autónoma de Sinaloa, cuenta con trabajos de investigación bajo las líneas: violencia, género y feminismos. Es autora de Una casa que se cae, plaquette publicada dentro de la colección Timonel Ediciones, en el Instituto Sinaloense de Cultur

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