Por: César Ernesto Hernández
En retrospectiva, quizá mi primer acercamiento con el periodismo cultural fue a través de Cristina Pacheco en su programa Aquí nos tocó vivir; mi primer acercamiento al periodismo ‘a secas’ habrá sido con los reporteros Bizbirije. Curioso que ambos hayan sido en la televisión pública del Instituto Politécnico Nacional.
Ahora que lo pienso, también fue en Canal Once donde por primera vez un documental logró maravillarme. Uno que mostraba la tradición musical del huapango en un pueblito de Veracruz llamado Santiago Tuxtla.
Aún sin saberlo, estos ejemplos de periodismo en verdad me hicieron ver y vivir mundos desconocidos. Mientras el documental me acercó a la música y su riqueza como aglutinante de comunidades, las ocasiones en que incidentalmente me tocó ver las entrevistas de Cristina Pacheco, una sensación muy agradable me llenaba al observar la dignidad con la que la periodista se dirigía a sus entrevistados. Una cosa que, se supone, es valor compartido y que actualmente parece ya no un asunto ganado o incluso deseable. En contraste con la adolescente crueldad mía y de mis compañeros de secundaria, Pacheco despertaba en mí un profundo respeto al considerar que estaba ante mí una persona con una voluntad sin fin para abrirse y recibir al prójimo.
Aunque significativas, de todos modos estas primeras experiencias no fueron detonadoras en mi llegada incidental a los medios de comunicación y mi pronto involucramiento con eso que se cataloga como periodismo cultural.
Fue trabajando en la sección de economía y negocios del periódico El Debate que surgió la oportunidad de editar un suplemento dominical de cultura alternativa que se imprimió por algunos años en la década del 2010. Surgida como una plataforma para los creadores locales, la Tónica había nacido con el músico Javier Angulo como primer editor. Carolina Valverde me pasó la estafeta y yo, tercer editor, me hice cargo de la publicación por alrededor de un año hasta que el proyecto finalizó. En esa época mi interés en la cultura llegaba a través de la música indie, de un reciente gusto por la fotografía y de una gran curiosidad por conocer y ordenar en mi cabeza el panorama cultural alternativo de los culichis y, en menor medida, de los sinaloenses.
Con testimonios del quehacer de artistas, músicos, poetas, pintores, bailarines y demás creadores, considero que la Tónica fue un interesante ejercicio nuestro, de los jóvenes creativos de aquellos años.
Mientras duró, el suplemento operó con gran libertad editorial y lo mismo publicaba proyectos cinematográficos, arte contemporáneo, poesía y diseño de modas, entre otros, que bien valdría la pena sacar del archivo y ponerlo a disposición de los sinaloenses.
Tras el cierre de la Tónica, seguí haciendo periodismo desde Revista Espejo, y aunque de inicio acá mi enfoque fue la fuente local (política, territorio, violencia, economía), creo que la experiencia anterior no me permitió verla como una fuente distinta a la cultural.
Dicho de otra manera, entendí verdaderamente el periodismo cultural cuando dejé de hacer solo periodismo cultural, y pude observar como los hilos de nuestra cultura conectan la totalidad de la experiencia sinaloense, sin que lamentablemente estos se revelen en los contenidos informativos que desde las secciones de cultura ofrecemos a nuestros conciudadanos.
Fue con el surgimiento de los estudios antropológicos en los albores del siglo pasado, que Franz Boas puso sobre el banquillo de los acusados a un viejo concepto de cultura cuestionado de una vez y para siempre. En lugar de algo hacia lo cual avanzar, la cultura dejó de ser una meta para pasar a ser la comprensión particular de la vida en sociedad de las comunidades humanas. En lugar de baja o alta cultura, ahora había culturas distintas, sin que por esto tuviera una que estar por encima de otra. Es una historia de más de cien años.
Sin embargo, desde la fuente cultural en Sinaloa sigue predominando una visión en la que se confunde cultura con folklore o entretenimiento y que, al igual que con el periodismo ambiental, se le relega como la ‘nota de color’ buena onda para relajarnos y distraernos de nuestra implacable realidad.
Bellas artes, tradiciones, efemérides y espectáculos deportivo; reseñas de novelas, agendas culturales y entrevistas con genios creadores y jóvenes promesas orgullo de una sociedad urgida en presumir a sus ciudadanos ejemplares, pero sin dejar de reconocer, como cosa natural, que la ‘producción’ de estos ciudadanos es más una excepción que una regla.
No busco con estas palabras desestimar el esfuerzo de aquellos que con voluntad han logrado moldear su mundo a imagen de sus deseos y ambiciones; solo creo necesario reconocer que decidir mostrar solamente los éxitos de una comunidad con infinidad de carencias es colocarse una careta que solo nos deja ver una parte de lo que somos como sociedad para, quizá, ocultar con pena nuestros secretos a voces compartidos. Y hay que recordar que, tanto en lo privado como en lo social, de lo que no se habla no puede encontrar solución.
Es aquí cuando la edición de una sección de cultura se revela como un acto político donde decidir qué mostrar y cómo, es señal normativa de lo deseable y lo indeseable. El periodismo cultural, por su característica particular de representar la vida simbólica de una comunidad, termina también influyendo en la confirmación de esos símbolos. Se muestra la vida, pero también se la ejemplifica, norma y juzga.
Pero en realidad, el periodismo (no solo, pero sobre todo el cultural) debe ser reflejo de las muchas realidades que conviven en una misma sociedad.
Fue ese el aporte de un programa como Aquí nos tocó vivir. Un periodismo cultural que, a través de los elementos constitutivos de cultura, los ciudadanos ‘de a pie’, nos enseñó más sobre nosotros mismos y nos invitó a cuestionarnos ante el otro, un otro desnudado a través de un ojo y un oído atentos que aprendieron a ver lo único en lo cotidiano y lo hermoso en lo particular de cada hombre, de sus símbolos, de sus palabras, y de sus cosas.
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Como en la vida nunca todo es malo, quiero mencionar brevemente proyectos periodísticos que, desde lo local, considero han adoptado está visión amplia de cultura y que, cada cual bajo sus propios límites y términos, nos han enseñado a conocernos un poco más a nosotros mismos. Diría así gracias al programa Reflejos de Sinaloa, al proyecto Tus Buenas Noticias y a iniciativas como la Revista Timbre y Nada Magazine, que en su tiempo buscaron ampliar los límites de lo que en su momento se entendía como periodismo cultural.
César Ernesto Hernández Padilla. Periodista y editor con trayectoria en medios sinaloenses como El Debate y Revista Espejo. Licenciado en Economía y maestrante en Historia por la Universidad Autónoma de Sinaloa, con formación especializada en geografía ambiental, historia ambiental latinoamericana y periodismo climático en el CIGA-UNAM, FLACSO y la SEP. Fellow del noveno ciclo de Climate Tracker Latam, integrante de la Red de Periodistas del Mar de Causa Natura A. C. y delegado de Sinaloa en la Cumbre Climática de la Juventud (RCOY). Se considera, antes que nada, artesano y recolector.

