Por Iván Rocha Rodelo
En Psicoanálisis del fuego, Gastón Bachelard escribió que el fuego es un fenómeno privilegiado: a su alrededor se reúnen para calentarse quienes padecen frío; también, cuando su flama se expande, destruye todo a su paso. Las llamas suben confundiéndose con las estrellas del cielo nocturno; a veces descienden, contenidas en los leves destellos de una brasa, esa forma diminuta de incendio. El fuego es una imagen viva sobre la página del mundo:
El fuego es lo ultra-vivo. El fuego es íntimo y universal. Vive en nuestro corazón. Vive en el cielo. Sube desde las profundidades de la substancia y se ofrece como un amor. Desciende de la materia y se oculta, latente, contenido como el odio y la venganza. Entre todos los fenómenos, verdaderamente es el único que puede recibir netamente dos valoraciones contrarias: el bien y el mal. Brilla en el Paraíso. Abrasa en el Infierno. Dulzor y tortura. Cocina y apocalipsis. [1]
En El órgano, nueva novela de Diego Sánchez Aguilar (Cartagena, 1974), editada por Candaya en 2025, la presencia del fuego evoca esa complejidad: se trata de un símbolo que entreteje la memoria de personajes cargados de culpa y de visiones sombrías. El personaje central es un organista cuya genialidad trastocó la vida de la comunidad, una comunidad amparada desde el horizonte por tres montañas —las Tres Hermanas— que se erigen como testigos del relato que se urde abajo, en el pueblo.
En El órgano, un funcionario proveniente de la ciudad llega al pueblo para elaborar un informe sobre la muerte del organista, quien había muerto entre las llamas que consumieron la iglesia del lugar. Tiempo antes, en esa iglesia, el arte sonoro del organista había cautivado, hasta el éxtasis, a los habitantes, con una música que reunía las voces, gritos y gruñidos con que el mundo armoniza su canto; una especie de obra absoluta, similar al lenguaje de un dios que se deleita con el dolor de sus descendientes; una obra que el propio organista había anhelado encontrar, inspirado en sus lecturas matemáticas del fenómeno musical y sus rigurosas aproximaciones al arte del sonido. En esta novela hablan el idiota, el maestro, el herrero, el padre, el tabernero, el borracho. Pero también hablan las Tres Hermanas, quienes, cual Moiras, inscriben el relato en el pasado, presente y futuro, dando consistencia a los acontecimientos que ellas —imperturbables en su altura, con sus ecos gélidos de nieve y hielo— atestiguan.
Este encuentro de personajes sitúa a El órgano como una novela compuesta a muchas voces. Sánchez Aguilar construye un relato cuyo centro no es la voz en primera persona del informante, quien permanece invisible al lector. En El órgano, la escucha sostiene la trama: el funcionario atiende, en silencio, el testimonio de quienes tienen algo que decir. En ese ímpetu narrativo que acompaña a todo acto de confesión —y que fundamenta, también, todo ejercicio de rememoración— resaltan, sobre todo, aquellos resquicios de la verdad que el discurso omite o distorsiona cuando las palabras son movidas por la culpa, el dolor o el trauma. Son los recuerdos de los pobladores los que permiten reconstruir lo que pasó; sin embargo, ninguno de esos recuerdos es fidedigno si se contemplan bajo el prisma de la objetividad, salvo los del idiota, quien logra penetrar en la entraña del asunto desde su aparente inconsciencia, desde su marginalidad; así lo consignaba la Hermana del futuro:
Dirá la verdad el idiota porque sus palabras no tienen sentido, y es en lo que no tiene sentido donde se posará el buitre de la verdad.
Y sobre ese cadáver extenderá sus alas.[2]
Lo que tenemos en El órgano es una historia que combina elementos sustanciales de la novela negra —un crimen, una pesquisa y los referentes testimoniales de los posibles implicados— acompasados por una polifonía faulkneriana que se plasma con cuidado y eficiencia en la arquitectura de la narración, permitiendo que los pasajes se desenvuelvan con dinamismo; a esto, se incorpora un amplio y consistente abanico de metáforas y estructuras rítmicas que dan cuenta de la potente imaginación poética de Diego Sánchez Aguilar. Es en ese panorama narrativo donde Sánchez Aguilar ensaya una simbología del fuego sustentada por arquetipos medievales: la guerra inscribe su impronta en el espíritu del organista y en la vida del pueblo. Desde ese momento, esa distorsión existencial que supuso la guerra los llevan, al pueblo entero, hacia las fauces del fuego: las llamas se manifiestan como aquella melodía de redención que se alza cuando un grito abarca el escenario. Es el grito de todos los horrores posibles; un grito que propicia el triunfo del absoluto, la verdadera música de dios: la melodía de los órganos —las vísceras— desde donde habla una trágica divinidad cuyo rostro es demasiado humano: en un principio fue el cuerpo, el cuerpo herido. Es por eso que el fuego, en El órgano, consume y redime. Así describe el idiota la ascensión del organista, desde cimientos conceptuales e imaginarios de cuño dantesco:
y entonces las chispas se elevaron hacia el cielo y hacia las estrellas más que nunca millones de chispas volaban y daban giros en el aire y subían bailando y así supe que el organista estaba subiendo al cielo, envuelto en esa música y en esas luces que brillaban como estrellas así subió el organista y entonces el fuego, después de haberlo subido hasta allí arriba, empezó a hacerse más pequeño[3]
En ese sentido, El órgano funciona como un mito que expone la experiencia de la intemperie, cuando su violencia salvaje abrasa lo que insiste en vivir: el artista entusiasta, tocado por las sublimes palpitaciones de la vida, de pronto es sometido a la metamorfosis de quien se ve afectado por la muerte, una muerte irracional y esperpéntica: la que queda sobre el paisaje cuando termina la guerra. Eso fue lo que dijo el maestro al funcionario en su intervención:
¿Qué habría pasado si no hubiera llegado la guerra? Esa es una buena pregunta. Quién sabe. Quién sabe por qué llegan las guerras, por qué aparecen así de repente, como una tormenta, para llevarse a los jóvenes a morir y luego desaparecen como si no hubiera pasado nada. Y se olvidan, eso es lo peor: tantos muertos, y no recordar ya por qué, qué era tan importante en ese momento como para que tantos jóvenes murieran, ¿sabe? Eso es lo peor, que ya nadie recuerda para qué lucharon, lo único que se recuerda son los muertos, y los escombros, y el dolor.[4]
Quien vuelve de la guerra ya no es la misma persona. En este aspecto, El órgano mantiene una fecunda cercanía con la película Come and see, filme de 1984 del director Elem Klimov. La película incursiona en la historia de los partisanos, ejércitos civiles de resistencia, formados durante la Segunda Guerra Mundial, ante el avance de las tropas encabezadas por los nazis. En la película, un niño llamado Flyora Gaishun —interpretado por el actor Alekséi Krávchenko— es incorporado a los partisanos y la experiencia del horror lo transforma. Su cambio no es solamente anímico, interior: el rostro del niño comienza a envejecer; la degradación de su espíritu se perpetúa en cada gesto; la visión de la guerra atraviesa su cuerpo y su experiencia del mundo. Pero algo vital, finalmente, resiste y permanece: Flyora descubre su circunstancia descarnada, su fragilidad infantil, justo en el instante del disparo, en una suerte de irrupción de conciencia que devela una penúltima bondad. Con el protagonista de El órgano ocurre algo similar, con un desenlace diferente: cuando el protagonista volvió al pueblo, transformado por los horrores inenarrables del campo de batalla, encontró su redención tras el hallazgo de una música donde se perpetuaba la vitalidad que la guerra le arrebató. Ese descubrimiento, sin embargo, tuvo un costo: la melodía inspiró la rememoración del trauma de la guerra entre los pobladores, y en ese acto ocurrió un trance, un éxtasis; éxtasis que los obligó a encender antorchas para acallar la memoria culposa de aquella melodía diabólica, sobrehumana. Es ahí cuando el organista completa su sacrificio, su eterno retorno a la música del fuego.
Candaya es una editorial catalana que sigue contribuyendo a la creación de nuevas comunidades de lectores en México; una editorial que se ha distinguido por su calidad, originalidad, y por su sentido crítico. En Sinaloa, permanecemos atentos a sus propuestas. Nos entusiasma la llegada de El órgano, una novela breve que desborda los géneros del terror y las historias policiacas; donde colindan los mitos y la poesía; donde la memoria es un instrumento de sobrevivencia y un cadalso; donde la música es total, como el abismo; donde el lector podrá reconocer lo que ocurre cuando el incendio del horror se adhiere a la vida. Con El órgano, novela que fue acreedora del VII Premio de Novela Corta “Ramiro Pinilla”, Diego Sánchez Aguilar se consagra como narrador. Adentrémonos, pues, en su obra.
Iván Rocha Rodelo. Poeta y ensayista. Autor de Nosología imaginaria (UAS, 2024) y Bitácora para nombrar la locura (ISIC, 2025). Forma parte de las antologías La liebre es ligera (ISIC, 2018) y Álbum Rojo (ISIC, 2018). Obtuvo la Beca de Estimulación Artística “Antonio Haas”, en la categoría de Poesía, por El Colegio de Sinaloa. Ha publicado reseñas, ensayos y poemas en revistas como Nexos, Timonel, Trazos Pedagógicos (UPES), Aequitas, Revista de la Universidad Autónoma de Sinaloa, entre otras.
[1] Gaston Bachelard, Psicoanálisis del fuego, Madrid: Alianza, 1966, 17–18.
[2] Diego Sánchez Aguilar, El órgano, Barcelona: Candaya, 2025, P. 36.
[3] Ibíd., 212.
[4] Ibíd., 53.

