“Fragmentos de un discurso poético” de Ernestina Yépiz

Fragmentos de un discurso poético

1

Tal parece que no importa cuánto me esfuerce por escribir el poema. Después de innumerables intentos —días de trabajo inútil— sigo sin obtener los versos que deseo. Como testimonio dejo —me siento culpable por ello— miles de palabras expuestas sobre blancas hojas de papel arrojadas al cesto de la basura. La musa se niega a obsequiarme esa primera línea que requiero para dar pie al des y encadenamiento de otras líneas. Me queda claro que la poesía es como una de esas puertas que resguardan las casas abandonadas que cuando llegan a abrirse nunca es por completo y apenas si nos permiten atisbar un poco hacia el interior, pero es posible que en ese atisbo algo se nos revele como a los buscadores de oro; quienes, después de revolver un río, suelen encontrar una o dos pepitas y eso los mantiene en la búsqueda del gran filón. Así el poema se guarda en un mar de niebla y hay que navegar y de ser necesario naufragar sólo para encontrarlo, en el supuesto caso de que quiera revelársenos.

2

Quien pretenda escribir debe saber que hay poemas que crecen como un árbol y es suficiente un primer verso para delinear todo el follaje; pero hay otros que son como pájaros y al querer asirlos para ponerlos sobre una blanca hoja de papel, ya no están; y hay también los que después de leerlos o escribirlos nos dejan como si una colmena de abejas nos aguijoneara el cuerpo. Quien escriba habrá de tener presente que todo poema es una criatura casi etérea y suele anunciarse sutil e impredecible, por lo que tiene que ser escrito no un segundo antes ni un segundo después, sino justo en el instante en que apenas se percibe: esta vez digamos que como el brote de una nueva hoja en las ramas del árbol. Es por eso que nadie debe subestimar a las musas y suponer que puede escribir sin convocarlas o hacer como si no existieran. Cierto es que el poema no llegará, si quien pretende escribirlo es incapaz de sumergirse y bucear en el lago de niebla que lo guarda..                                                          

3

A veces me sueño en la terraza de un café en Montmartre, el mismo que pintó Van Gogh. El caso es estoy ahí y lápiz en mano intento escribir un poema en un pliego de papel estraza bastante ajado que tengo extendido sobre la mesa, en la que está también un plato con una hogaza de pan de centeno, añejas tiras de jamón serrano y un trozo de queso que despierta mi apetito con su intenso aroma; pero eso no es todo, el mesero trae para mí una botella de vino y pido un ajenjo con aceituna negra que sólo con olerlo comienza a embriagarme. Es octubre y el robusto otoño se desnuda y lo desnuda todo: hace caer las hojas de los árboles y una alfombra de amarillos, ocres, grises, naranjas y rojos cobrizos cubre por completo el suelo. La tarde juega con las sombras y yo que soy proclive a los resfriados sigo ahí sin poder concluir el poemita. Empiezo a creer que tal vez es cierto eso de que un poema nunca se concluye y creo que un sueño tampoco.

Ernestina Yépiz. Poeta y narradora. Sus libros más recientes son el poemario Los conjuros del cuerpo y la novela El sueño de Paloma Sanlúcar.

Arte de María Vez.

María Vez carboncillo mujeres

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